Distintos tamaños del arte

 

por Marcela Sinclair

Hay en el arte argentino una movida del rescate que tiene cierta historia y ha ganado fuerza recientemente. En el siglo pasado, Jorge Gumier Maier, introdujo al Rojas poéticas y estéticas confinadas a lo doméstico, lo artesanal o lo mersa. Fernanda Laguna y Cecilia Pavón, en Belleza y Felicidad, exhibieron obras sensibles y precarias. Luego, Marcelo Pombo abrió un museo virtual para obras olvidadas. Santiago Villanueva le propuso a la directora del Museo Nacional de Bellas Artes, en 2015, que la colección dejara de crecer, o se transformara en una de obras “pensadas para adquirirse por bajos valores, para acompañar las comidas o adornar las habitaciones, el chiquitaje”. Por la misma época, Juan Laxagueborde ensayó un elogio del Arte Chico en la revista Mancilla. En 2017 Josefina Carón publicó un libro sobre la obra de Calixto Mamaní. En 2018 mujeres artistas agrupadas hicieron afiches sobre artistas mujeres que no alcanzaron en su momento la fama merecida, Claudio Iglesias imaginó detalles para las biografías de unos Genios Pobres y la editorial Iván Rosado publicó otro libro con palabras inéditas de un artista local no tan recordado. Hoy, mientras Leandro Erlich muestra en MALBA, el museo Sívori exhibe a Mariette Lidys, cuyas obras están en millones de livings de casas de familia, pero no habían entrado al panteón hasta ahora.

Las formas grandes y silenciosas pasaron de ser armas de vanguardia a marcas de un corporativismo victorioso. Agentes que pretenden autonomía, entonces, recuperan obras y estéticas que sobrevivieron indemnes, en livings de parientes, el depósito de un museo municipal o casas bajas del conurbano. Las pinturas de mediano o pequeño formato, de artistas cuyos nombres hay que buscar, son un oasis para los ojos cansados de estrategia. Su candor hace brillar las pupilas, da lustre a la mirada forjada en el campo expandido del kitsch, la devuelve arriba y al centro de la escena. 

En el texto de Laxagueborde, lo chico coquetea criollamente con lo menor, opera con lo cercano, pero no refiere a escalas concretas. Sin embargo, observamos exposiciones que literalizan sobre la pared, en sucesión de pequeños dibujos, bidimensionales y figurativos, esta interpretación. La periódica resurrección, crisis mediante, de la estrategia de reducir escalas y precios, puede ser un indicador de lo que aquí es persistentemente diminuto: el mercado. Bajo esa óptica, cabe la pregunta sobre en qué medida una estética chiquista es una maniobra con potencial de libertad, o la celebración de un síntoma.

Las loas a este tipo de obras pueden revisarse desde otro enfoque: ¿Hay una proclividad de quienes escriben sobre arte hacia las formas que de algún modo ya contienen palabras? ¿Obras que participan de una narratividad próxima a la literatura? Una figuración nominalista, con tropos asociados a la inocencia infantil o a un primitivismo autodidacta, convoca a la elocuencia del hombre o la mujer de letras desde un lugar de deleite: el cuento maravilloso. En un contexto varias veces descripto como de preponderancia del discurso, la propuesta de achicamiento podría leerse como parte del mismo movimiento. Se achican las obras, se agranda el texto.

Les artistas románticos que practican el arte chico hacen su obra “en las soledades de sus espacios de trabajo,”, “puertas adentro con sus búsquedas personales, trabajando y trabajando” (Paola Vega, “El Club de los Artistas Ingenuos y Otros Socios”, Museo Genaro Pérez, 2019). Un tipo de autonomía parecida a la del pintor de domingo, o la de las señoras que durante siglos bordaron o tejieron, encerradas en sus casas. El ensalzamiento de prácticas productivas idénticas desde hace siglos, al mismo tiempo que desobedece a la orden de actualidad (el arte grande es un arte de profesionales), reproduce un mandato reclusivo y excluyente, amable con los hábitos más afirmados en esta provincia lejana.

Cada época (¿cuánto dura hoy una época?) elige qué arte, qué obras y qué prácticas señalar como propios, mejores o brújula. En el centro gaseoso de nuestra pequeña comunidad hoy se cuecen tácticas, diría, de supervivencia. Las más adaptadas a la norma internacional, aún con su corta historia, parecen demasiado sólidas para el estado ebullescente del corazón del volcán, y son empujadas a formar cáscara. Otras proponen recluirse en un pasado más o menos cercano, pintado con los colores del idilio por una mano solitaria y aislada, con una sensibilidad a la que con los ojos de hoy, y con cierta impunidad, se llama ingenua. Otras estrategias escapan al esplín, no reconocen derrotas históricas, y apuestan también al fuera de escala. Son las que encarnan quienes, también con los recursos del amplio catálogo del bajo costo, pero juntándose, hacen obras desmesuradas: Óperas (Lolo y Lauti; Misionera), películas (Básica TV), series de tv (Heller y Galindo), bienales (Misionera), festivales (Lolo y Lauti) museos (la ene), escuelas de arte (Secundario Liliana Maresca, CIA), historietas gigantes renovables (GPN), revistas culturales (Mancilla, Segunda Época, Jenniffer, El Flasherito), entre otres. Esta tercera vía cohabita en alegre promiscuidad con las dos anteriores, sin renunciar al riesgo de un big bang.

 

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