La mirada encapuchada

por Gonzalo León

Es uno de los tantos días en los que hay convocada una manifestación en Santiago para las cinco de la tarde. Con un amigo fotógrafo nos juntamos a eso del mediodía y luego de ver frustrada por el momento una entrevista con uno de los consejeros del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) nos vamos a tomar un café. Estamos a unas cuadras del lugar de las manifestaciones, la Plaza Italia, y pese a que no hay actividad de ningún tipo, todavía hay olor a lacrimógena del día anterior, ya que con el viento se levanta y afecta a los ojos.

Mi amigo, al igual que su hermano, es un conocido fotógrafo de la época de la dictadura y aparece en el documental La ciudad de los fotógrafos, de Sebastián Moreno, y su nombre es Álvaro Hoppe. Con él trabajamos durante casi seis años haciendo la sección A Sangra Fría del extinto diario La Nación Domingo, extinto porque Sebastián Piñera lo eliminó del mapa en su primer mandato, dejando a más de 200 trabajadores en la calle, entre ellos a Pedro Lemebel, que hacía la columna de contratapa. Hoppe, que además trabajó con Lemebel y puso sus fotos en varios de sus libros, sufrió los rigores de la dictadura y una vez estuvo internado en un hospital por la furia de las Fuerzas Especiales de Carabineros. Hoy es un lujo ser su amigo y a veces nos comunicamos por wasap, pero no es lo mismo que juntarse, ya que ahí de inmediato aparecen las complicidades, las ideas, los proyectos irrealizables.

Por eso cuando me dice que bajemos hacia la Plaza Italia acepto, pese a mi reticencia inicial. No es que tenga miedo a los pacos, como le decimos familiarmente a Carabineros, lo que me incomoda es el gas lacrimógeno. Desde dictadura que no lo aspiro, desde la dictadura que mi asma no se reconcilia con él, y vaya que fueron amigos a fines de los 80. Tengo un vago recuerdo que sin embargo me ha acompañado hasta hoy: al derrotar a Pinochet en el Plebiscito de 1988 una tarde de 1989 dejé el pañuelo que me acompañaba en las protestas y junto a él mi cédula de identidad. Por eso en Argentina me costó salir con mi DNI cuando saqué mi tarjeta de crédito.

La forma en que funciona la mente es impredecible y a veces, para mí, inexplicable. Debido a eso quizá desde el momento en que sucedió el estallido social, aquel viernes 18 de octubre, mi mente viajó a esos años 80 cuando yo militaba, protestaba e inhalaba lacrimógenas. Me pregunté qué habíamos hecho mal como generación para que las violaciones de derechos humanos aparecieran nuevamente en democracia, porque lo que siguió a ese viernes fueron 21 muertos en 21 días, o sea un muerto por día, más ciegos parciales o totales producto de los perdigones de los pacos. ¿Por qué dejé de militar y me alejé de la política? ¿Por qué todo me chupó un huevo y me convertí en un “anarco” que estaba por la destrucción de las organizaciones intermedias?
Como yo no decía mucho, Hoppe aprovechaba mi silencio para ir tomando foto de las pintadas en las paredes. Según él iban a desaparecer. Aquí todo desaparece, dijo en un momento como no tomándole el peso a sus palabras. A mí el rayado que más me llamaba la atención era el “Piñera Asesino”, que hacía recordar al de “Pinochet Asesino”. Había ahí, para mí, una simplicidad que lo englobaba todo, como cuando alguien te dice que te ama y ya no hay nada más que añadir.

Mientras Hoppe sacaba fotos recordé que me había dicho que él no estaba tomando fotos en la primera línea de las manifestaciones, sino que su hijo, Juan Cristóbal, y sus amigos de Migrar, una plataforma documental muy interesante. Después de almorzar reafirmé su idea de que sería bueno ir a visitar a Juan Cristóbal, ya que la Plaza Italia quedaba cerca de esa agencia. Sentía curiosidad por estos fotógrafos de primera línea.
Conocí a Juan Cristóbal hacía diez años, cuando él era un adolescente, y en esa época jamás lo imaginé de fotógrafo, pero cuando vi una foto suya que era un encapuchado delante del afiche de Joker, me di cuenta de que quizá no había sabido mirar. Esa foto, que algunas redes sociales titularon como La rebelión de los esclavos, me parecía que sintetizaba las protestas de mi país: jóvenes hartos delante de un Presidente payaso.

Caminamos y ya estamos frente a Migrar, que ocupa una oficina del primer piso de una casa de la comuna de Santiago. Afuera tiene cámaras de vigilancia que parecen no funcionar y adentro parece que hasta hace poco funcionó un restaurante. Lo primero que me llamó la atención cuando subimos fue que de verdad eran bien jóvenes estos fotógrafos y bien atentos porque lo primero que hicieron fue ofrecernos café.

Migrar lo componen doce personas, pero en ese momento sólo había tres: Jorge Vargas, Paolo Rodríguez y Juan Cristóbal. Jorge había recibido tres perdigones de Carabineros: dos se los había sacado en su Isapre (300 dólares en total) y uno él mismo. Por lo que decía que no estaba tan seguro de seguir yendo a la primera línea. Juan Cristóbal, en tanto, estaba desilusionado porque muchos medios internacionales ocupaban sus fotos, pero decían que no tenían dinero, entre ellos me sorprendió que dijera que Infobae no contara con el dinero para pagar La rebelión de los esclavos. Paolo estaba fundido, muy cansado, por lo que ninguno tenía muy claro si aquella tarde iban a ir o no a la manifestación.

Migrar nace formalmente en 2014, pero sus experiencias se unen durante las movilizaciones estudiantiles de 2011, donde se conocieron y vieron cómo era la forma que tenían de fotografiar. El 2014 los unió en torno a proyectos como “familias aproblemadas por temas de salud, amores de grupos sociales marginados, la rutina de un travesti, circos de la periferia de Santiago”. En síntesis y más allá de lo familiar, había algo de la fotografía de los 80 latente, al menos en el tema, pienso en fotógrafos como Paz Errázuriz, Claudio Pérez y los propios Hoppe.

Pero sin duda la experiencia del 2011 fue fundamental para que en octubre de 2019 comenzaran a retratar el “estallido social”, podría decirse que era natural que lo hicieran y más en primera línea, ya que muchos de los manifestantes de primera línea tenían la edad de ellos o incluso menos: “Se fue aprendiendo a estar cerca de la acción, que estaba generalmente asociada a los enfrentamientos entre la policía y los ‘capuchas’”. Pero como no todo era sufrimiento y exponerse, también estuvieron en la segunda línea, donde la acción era distinta: “Se desarrollan otras formas de habitar la manifestación: hay baile, música, niños, familia”. De este modo fueron retratando la manifestación de la manera más amplia y colectiva posible: desde la policía disparando hasta los “capuchas” resistiendo, pasando por los vendedores y diversas manifestaciones culturales.

De los doce integrantes de Migrar no todos son fotógrafos, hay además diseñadores, como Catalina Hoppe, hermana de Juan Cristóbal, de ellos cuatro han sido heridos por balines. Por eso dicen que “es absurdo pensar que por estar en primera línea está bien que te lleguen balines al cuerpo. Uno sabe a lo que se arriesga, pero no pueden normalizarse formas de represión que atentan contra la integridad de las personas, al punto de perder ojos”. Al momento de terminar esta crónica más de doscientas personas han sufrido traumas oculares que han tenido como consecuencia la pérdida total o parcial de la visión. Agregan algo que ya ha señalado el INDH y es que los protocolos de Carabineros han sido desobedecidos en las manifestaciones, “desde las más pacíficas hasta las más violentas. Cerca de colegios y hospitales, afectando a las familias y a los jóvenes”.

Por eso, después de un tiempo, no les ha quedado otra alternativa que ir aprendiendo a estar seguros: “Es importante estar mirándonos entre colegas, conocernos y poder contar con el apoyo de nosotres. Por otro lado, actuar con seguridad significa ser responsable de andar con los implementos como casco, lentes antibalines y máscara. Cuidarse es lo primero”. Resulta sorprendente lo responsables que aparecen estos chicos, porque si se piensa bien, eso son: chicos, que quieren registrar un momento relevante de la historia política del país trasandino: el momento en que esta sociedad dijo “basta” al abuso del neoliberalismo. Un “basta” que, para ser sincero, nunca pensé que ocurriría. Y me alegra que las generaciones más jóvenes sean las encargadas de pegar este grito.

Los fotógrafos de la dictadura de Pinochet también tuvieron que aprender rápido: en los 80 y mucho más en los 70 el asunto era de vida o muerte. Recuerdo que Álvaro Hoppe me contó la historia de la primera protesta santiaguina: la imagen está en blanco y negro, pero el recuerdo de la anécdota de Hoppe es nítido: una manifestación no tan grande ingresa al centro de Santiago con un lienzo ínfimo en el que se ve la paloma de la paz y él hace clic, registra el momento. Fue para el asesinato del cura André Jarlan en 1985.

Después de eso Hoppe aprendió no sólo a capturar el momento, sino a hacer foco en lo que estaba pasando, cosa similar que les pasó a los de Migrar, que señalan que en estas semanas han aprendido a trabajar bajo presión, “a profundizar nuestras metodologías en edición o a cómo apañarnos en la rutina: cocinar, prestar equipo, dormir juntos en el taller, etc. Esas cosas suelen ser las más significativas en nuestro quehacer fotográfico. Además comienzan a aparecer conversaciones sobre la disciplina que abren nuestra búsqueda”. Al igual que en otras épocas de la historia de Chile, la prensa vive una crisis (hay cosas que no se informan y no se muestran) y en este intersticio se ha metido Migrar, “disputando las formas en las que el pueblo se informa. Es un reto interesante meter nuestra labor en esa disputa. Vemos medios utilizando fotos muy malas, cuando está lleno de imágenes potentes de fotógrafes independientes”.
En este sentido Migrar desafía a los medios de comunicación tradicionales y propone una manera de mirar una crisis desde un lugar colectivo. Migrar ofrece esta mirada y por ello, lo sabemos, sus fotógrafos han arriesgado la visión y la vida. Ese riesgo es el que se saluda. Obviamente hay más fotógrafos jóvenes que los de Migrar, pero esta es la historia que queríamos contar en El Flasherito y en ellos saludamos a todo el resto.

*Las imagenes que acompañan este artículo fueron extraídas de https://www.migrarphoto.com/

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