Eterna llama de amistad

por Redacción de El Flasherito
ilustración: Marcelo Iglesias

Los embates de la crisis y las inclemencias del clima no pueden con MANTA: el proyecto de encuentros y residencias artísticas basado en San Martín de los Andes agita sin parar desde hace seis años y a esta altura no es exagerado decir que logró convertirse en el espacio artístico independiente más importante al sur del Río Colorado. Artistas de todos lados del país aplican año tras año para pasar una temporada entre los cerros que rodean al lago Lacar gracias al corazón y el ingenio de Suyai Otaño, alma mater del proyecto.  “La amistad es la manera de sortear las condiciones de explotación actuales”, dice uno de los textos inaugurales. Como evidencia de ese espíritu MANTA acaba de organizar, en diálogo con la curadora y crítica Eva Grinstein, el último de una serie de encuentros llamados Fuego en la torre. El Flasherito habló con Suyai y otros dos artistas que participaron de los encuentros, Horacio Occhi y Daniela Rodi, para conocer las coordenadas de su galaxia.

– ¿Cuál fue el puntapié para comenzar esta serie de encuentros?
Fuego en la Torre surgió un poco del deseo de una exposición que luego se fue desarmando y al final resultó en esta celebración, un cierre de procesos para que todo explotara.

Una necesidad personal pero también una muestra colectiva. Suyai quería mostrar su trabajo pero no hacerlo como siempre, sola en un espacio convencional, sino ver qué pasaba cuando todo un grupo participa de decisiones y  procesos. Una necesidad personal que se abre a otros artistas con los que ya existían ciertos vínculos: afectivos y de trabajo, así como también con la frescura de personas nuevas.

En el primer encuentro nos fuimos sin pagar del bar ( un poco sin querer y un poco por borrachera). La moza era amiga de un amigo, y él nos contó que a ella iban a descontárselo de su sueldo (no sé si era tan así) pero volvimos la noche siguiente y entramos así: todxs sosteniendo a Mercedes (Schamber, otra de las artistas participantes, llevaba en la mano el total de lo que habíamos consumido más propina: 1900 pesos). La llevamos hasta la caja flotando por el lugar y en simple gesto con su mano hacía atrás dejó el dinero en la caja … la gente aplaudía y tocaron unas campañas… Salimos del bar de la misma forma y recién en la esquina la bajamos. A los días me enteré que todo el dinero lo habían dejado para las propinas.
Funcionamos como una arenga colectiva. Guiados por Eva Grinstein, por su experiencia de trabajo con grupos en proyectos alternativos fuera de Buenos Aires.

– ¿Se identifican como un colectivo de artistas patagónicos? ¿Qué piensan sobre ser artistas patagónicos (en relación a artistas de Buenos Aires, Córdoba, etc)? ¿Les importa nombrarse de ese modo o francamente no?
No nos identificamos como un “colectivo de artistas patagónicos”. Funcionamos bajo un acuerdo, nos encontramos para “hacer esto”. Conformamos un grupo a partir de una invitación a ser parte de un proceso. Artistas que ya tenían un proyecto de obra iniciado, en el que venían trabajando. Reunirse a trabajar dudas, compartir inquietudes y formas más experimentales. Animarse a cosas que quizá individualmente no nos animaríamos si no estuviéramos sostenidos por el trabajo y el acompañamiento de los otros. Nos reunimos a pensar, pero también fue una contención afectiva, donde siempre hubo un lugar amigable donde fuimos bienvenidos, alguien nos alimentó y nos dió cobijo.

La palabra colectivo es muy de las capitales, acá no es por hacernos les pijes, pero vamos casi siempre caminando, emponchados y siempre hay algún lugar calentito para juntarnos a beber, comer y terminar bailando muy incentivados. Después taza taza cada uno para su casa, kiloooometros hacia la reclusión, trabajar, hasta que llegue el nuevo encuentro. Nos garpa el nombre de “artista patagónico” porque crea un imaginario muy particular: una persona solitaria, tierras lejanas, aire puro, un bosque, una obra oxigenada…
Cada espacio, cada región tiene características particulares que te condicionan. Vivir y producir en Patagonia tiene muchas cosas positivas, un imaginario ya construido, que puede sumar a la propia obra y también tiene condicionamientos particulares, las distancias para vincularse, para capacitarse que nos obligan a movernos continuamente entre distintas ciudades. Pero también es verdad que por alguna razón nos quedamos viviendo en estos lares, a veces viajamos y nos miramos de lejos, volvemos con imágenes nuevas y más fuerzas, necesitando nuestro entorno para completarnos.

También se podría hablar más de artistas exóticos, extremos… que de artistas patagónicos. Porque siempre el rótulo viene de un otro, que necesita ubicarte en el mapa. No sé si necesitamos necesariamente definirnos… aunque tampoco es dejar que nos asocien con las velas, el suéter de lana, el río, el lago, el caldén, el hongo, el pino, el desierto, el ciervo, la trucha, el chocolate y la nieve… igual, un poco lo van  a hacer. Patagónico también es quedarse encajados en la nieve por temporales y tener que cambiar fechas de los encuentros, o mirar todas las temporadas de una serie por retiro voluntario. Nos nombremos o no, mucho no va a resonar, lo que si resuena en la zona es cuando armamos algo, ¡arde!

– ¿Cómo es la relación de este espacio independiente con las instituciones artísticas de la zona (si es que la hay)?
Cierta precariedad de las escenas locales es lo que al mismo tiempo nos impulsa y moviliza, provoca que las cosas sucedan. Artistas gestores, en este caso MANTA, organizan  actividades y mueven una región. Artistas comprometidos existimos, vínculos de amistad también, de disfrute, la tranquilidad… El tema que si estos pilares se caen, como todo es muy frágil, como pocas personas trabajan en la gestión, nos dispersamos y nos quedamos un poco solos. Igualmente, los condicionamientos están en todas partes, solo son diferentes.
La gestión es siempre autogestión, vinculándose con instituciones públicas, privadas y sumando los recursos propios de los grupos. No es por hacer cartel, pero históricamente hubo espacios autogestionados o de educación no formal para el arte contemporáneo como Estudio 13 en General Roca, la Sala de arte SOSUNC en Neuquén, Vermú en La Pampa  o la Asociación de artistas de Bariloche, entre otros, que abrieron, cerraron o algunos siguen trabajando, es difícil sostenerse. Por suerte contamos con MANTA que siempre encara con mucha fuerza la primavera para bancarse todas las estaciones en estos seis años.

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