Intimidad con el río

por Leopoldo Estol

Me levanté temprano y terminé de armar la mochila. Primero colectivo, luego tren, último lancha colectivo. Me deja en la boca del Rama Negra, no entra porque el agua está baja. En el camino me cruzó a Ludmila, una de las organizadoras de Nado colectivo que también gestiona el rancho donde me quedo. Voy leyendo el entorno ribereño a cada paso hay algo distinto: la basura ungida por la sudestada, las baldozas separadas, las maderas erosionadas por la acción del agua, pedazos del suelo del río acumulados en bloque, se ve que hubo saneamiento en el arroyo. Muchas casas cerradas, las nubes se mueven, una familia hace un asado, cruzo el puente de los enamorados y encaro para el fondo del arroyo Gaviotas, los mosquitos se ciernen sobre mi, perezoso tardo en sacar el repelente. La casa está abierta, ha pasado casi un año desde la última vez que estuve aquí. Del otro lado del arroyo han sacado el cañaveral, las bases de los árboles se ven carbonizadas pero las copas no están dañadas. Me tomo un respiro, saco algunas cosas de la mochila. Me cuelgo con la casa, sus recuerdos y la luz del Sol entrando por las ventanas, hay ventanas en todas las paredes. La cama, la mesa nueva, la heladerita, la cocina y alacena todo repartido en un mismo ambiente. Respiro profundo, llegué.

Al rato vuelvo a salir, más ligero, de vuelta al inicio, a la boca del Rama y más allá la Capitana, el parador donde se reunen las personas que vamos a nadar. Es un poco psicomágico, nadar en el río para luchar de alguna forma, para expresarle a otras personas que defendemos los glaciares, que nos gusta transitar las orillas sin que nos miren mal, que tenemos serias dudas de que hacer más profundo el Paraná –como promueve el gobierno– no dañe el ecosistema. Para expresarlo vamos a nadar pero también vamos a ser parte de un río. Apuro el paso, apenas conozco a Ludmila de otras veces que vine a Tigre pero como vuelvo de un febrero de nadar mucho en el lago Lacar, me mueve la curiosidad de conocer otros acuiferos ¿Cómo es nadar en el río? ¿qué tipo de interfaz se generará cuando lo haga con muchas otras personas? Llego un poco tarde, ya pasó la charla y el calentamiento en la playita, todos cuerpos con malla, con boyas y plástico rojo baywatch, antiparras y gorra y yo, ¡todavía vestido de civil! Me anunció ante una de las organizadoras, ella también lista, en traje de baño debajo de unos banderines busca mi apellido, Estol y le pone un tic. Me saco la remera, busco mis antiparras. Boya no traje, gorra no me gusta pero entiendo que si es de un color chillón sirve. Me meto rápido al agua, con los pies siento el barro alfarero que se adapta a mi presencia. La veo a Amalia que se sorprende. Pensé que no iba a venir gente de la city. Acá estoy. También está Vero, mi pequeña tribu del arte dice presente. A Amalia no le gusta nadar en grupo, prefiere llevar su propio ritmo, ir descubriéndolo. Hacemos un tramo de calentamiento, se trata de ir hasta un muelle vecino, es una buena idea porque así podés dimensionar mejor las distancias. Yo salgo con un grupo de compañeras que me superan en edad, quizás tengan 10 o 20 años más que yo. Hacemos chistes sobre romper el hielo y chapotear pero un nadador despistado que está volviendo colisiona con una de ellas que se agarra la cara con sorpresa y desazón. Yo no entiendo hasta después, cuando me toca volver, que la fuerza que hace el río te obliga a nadar a crol y ver para adelante en ese estilo es difícil, es parte del desafío. Yo intercalo un poco de crol con otro tanto de pecho.

Asi que volvemos al inicio y ahora va en serio, vamos a nadar hasta el muelle que está justito antes del Rama negra, las personas que se animen pueden seguir hasta donde está el destacamento policial, son 300 metros más. Salgo con Amalia vamos relojeandonos, respetando la intimidad con el río pero también viendo como lo lleva el otro. Ir es hermoso, nos lleva la corriente, solo hay que corregir un poco la dirección y hacer la mímica de las brasadas para no parecer que uno está desconectado de los demas. Cuando llega el muelle público hay que decidir, volver desde aquí, subir a descansar o seguir. Es un calculo raro. Yo sigo porque quiero ver cómo es más allá y también me cuesta darle un cierre, no quiero que se termine. En el Rama negra hay un bote apostado es un punto clave porque una lancha rápida viniendo por ahí podría lastimar a alguien pero las organizadoras están en todo. Nos acompañan botes, canoas y una guardavida. Yo sigo mezclando estilos de nado, a veces hasta hago un poco de patada de espalda, la guardavida me pregunta como voy, le digo que bien. Sigo. A la distancia veo que muchas personas ya llegaron a la mitad del recorrido y se sacan una foto grupal frente al destacamento. Hacen un sonido ritual como los indios, están en el medio del recorrido, yo ni llegué igual no me quiero apurar, quiero estar con el río. No sé lo que es pero es lo que quiero. Con Vero hacemos conjeturas sobre lo que falta para llegar, le pregunto en broma ¿estás para una lancha taxi? Cuando llego a la mitad y emprendo el retorno siento que es cuando realmente empieza el desafío de nadar en aguas abiertas. El río te rodea, te empuja un poquito para allá, otro poquito para acá, la guardavidas me dice que vaya más cerca de la orilla porque ahí hay menos corriente. Le digo gracias pero en la orilla hay más tránsito. Me refiero a que hay más nadadores y nadadoras y por lo tanto tenés que estar más alerta de no chocar con nadie. Más abierto hago más esfuerzo pero también estoy más seguro de mis brazadas. ¿Comí bien? Pienso si tengo la energía suficiente para este desafío, nadar contra la corriente. La sensación es que casi no avanzo. Me cambia la percepción del tiempo y el espacio. ¿El tiempo es avanzar? ¿El espacio en el que me despliego es la respiración? ¿Cual será el mejor ritmo? Tengo que evitar hacer pecho porque me empieza a doler el cuello y las cervicales, puede ser malo para el día de mañana. Subo la entrega y me comprometo con un crol más fuerte. La pierdo a Vero pero como tiene su baywatch naranja estoy tranquilo. Estoy conmigo y a la vez formo parte de este colectivo, que somos las personas que nadamos pero también somos el río, los pedazos de camalotes que me tocan los pies y la corriente. Una fuerza relativa hecha de un volumen de agua enorme y de la gravedad terrestre que saca este caudal y lo lleva al mar. Ser parte del colectivo me permite nadar con más confianza y la confianza me ayuda a conocerme más. ¿Me da vergüenza salir antes del río? ¿Enfilo para el muelle aquel? No, no, no, ¡pará!, siento que puedo llegar de nuevo a la playita Capitana: entro en trance. Quizás son las hormonas que se liberan o la excitación mental que me genera sentirme tan parte de este conglomerado vital. Así que esto es nadar en el río, una dimensión nueva, esta fuerza que siento, que me quiere llevar. Mejor dicho que quiere llevar mi cuerpo hacia otro lado y también estoy yo, el nadador, que resiste, doblega y aguanta y por fin llega, llega con lo justo, sin gorra, sin boya, con estos brazos increibles gestados en la panza de mi mamá hace tanto que el día de hoy me sorprende tenerlos y que funcionen tan bien. Lentamente llego al poste, la gente aplaude, ¿no me aplaudirán a mi? Volver a pisar el lecho es confuso, lleva un rato volver a ser bípedo mientras soy testigo de cómo mi respiración se apacigua de nuevo.

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Foto: Leandro

Foto: Pablo Martinez