Ucronías de Malvinas

Por Andrés Aizicovich

Dibujo por Lux Lindner

1992; Tengo siete años y dibujo. Una peculiaridad; dibujo las noticias. Mientras mi familia mira el noticiero a la noche, yo ilustro lo que veo. Pero en abril del año 92 hay una excepción. Motivado (al parecer) por el décimo aniversario de la guerra de Malvinas, dibujo al ejército argentino volviendo al continente tras la contienda, triunfales. Curiosidades de mi imaginación, los soldados (algo maltrechos, pero con la frente en alto), descorchan champán, tiran disparos al aire (¡!), otros arrojan confeti celebrando la victoria sobre los británicos. Sin saberlo, sin tener idea de quién es Philip K. Dick, soy un adelantado de la ficción ucrónica, contrafáctica. Tengo siete años y en mi irreverencia infantil me le animo al tema más urticante para el arte argentino ¿qué se puede hacer con Malvinas? El tema Malvinas destila incomodidad. Parece un imposible abordarlo sin caer en lo panfletario, lo didáctico, lo denuncista, lo patrioteril. Como tema provoca rechazo y magnetismo por su incorrección. La lucha por la soberanía de las islas forma parte de la agenda progresista y a la vez es vindicada por lo más rancio del nacionalismo. Es el tabú absoluto de nuestra cultura, la guerra que no aconteció.

Por una casualidad, llega a mi conocimiento la existencia de un Fondo Malvinas: esto es, una colección de pinturas, collages y dibujos donados por Jorge Glusberg y la Asociación Argentina de Críticos de Arte en 1988 para el acervo de lo que sería un futuro museo dedicado a las Islas (el cual tardaría otros 26 años en inaugurarse). Los años pasan, perezosos. Las obras quedan olvidadas, el proyecto queda trunco. Por cuestiones burocráticas, el museo proyectado queda paralizado y las piezas son donadas a su vez al patrimonio del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, esperando su momento para salir a la luz, no ya como un paquete de obras malvinenses sino como una incorporación corriente a la colección. Los pasadizos y bodegas de las instituciones públicas me hacen pensar en las trincheras de Los Pichiciegos. Reviso las obras y sorprenden las firmas y las imágenes, de lo más eclécticas. Ahí donde esperaba encontrar alto impacto dramático, denuncias gráficas de los horrores de la guerra, sentidos subrayados, encuentro más silencios que declamaciones. Hay surrealismo y metafísica pampeana en Mildred Burton, Liberando Claride, Lucía Pacenza, Rafael Bueno, Alfredo Spanpinato. Un paisaje barroso rioplatense de Juan Doffo. Figuración con alguna fuga fantástica en Renata Shussheim, María Raffaele. Pura abstracción lírica en Kenneth Kemble, Mabel Eli, Hugo de Marziani y Rogelio Pollesello. Pinturas intimistas y melancólicas, rascadas del fondo de los talleres. La propia colección emana el escozor, la alergia que provoca asumir el tema. Y después, las excepciones, donde la saña se centra más en la figura de Margaret Thatcher que en Galtieri: en las tapas de la revista Tal Cual intervenidas por Carlos Uria (con titulares como “La Dama de la muerte” y “La Thatcher, peor que Hitler”) y en el más conocido anteproyecto de Marta Minujín para una escultura monumental de Margareth Thatcher en latas de Corn Beef. Las metáforas directas parecen agotarse en un Grito de Elsa Soibelman y en el camuflaje militar de una pintura de Ernesto Bertani, para volver al silencio austero de los paisajes, la abstracción, el surrealismo. Temáticas sumarias del arte que circulaba comercialmente en la época, obras que podemos encontrar reproducidas lujosamente en los fascículos de Pintores Argentinos del sXX impresos por la editorial Seal y por el Banco Velox. El llamado Fondo Malvinas, como ¿colección?, ¿mero rejunte? es un conjunto que piezas aunadas originalmente con el objetivo de formar parte de un museo que quedó durante décadas en un estado flotante. La colección como un limbo dentro de otro limbo. Las tramas burocráticas e institucionales, el rechazo a afrontar el episodio traumático de una guerra a la que todos le dieron la espalda con el advenimiento de la democracia, todo conspiró para la omisión, la apatía o la indolencia.
Para el arte argentino, Malvinas permanece tras un manto de neblinas, en un estado vaporoso, gaseoso e inaprensible, en el que solo algunas contadas aventuras foquistas se le atrevieron a la inercia del olvido (la Falklands Crush Saga de Lux Lindner, las pinturas del ex combatiente Daniel Ontiveros, el Teatro de Guerra y Campo Minado de Lola Arias, la muestra clandestina de Santiago DePaoli en Puerto Argentino, el caso del pintor kelper naturalizado argentino James Peck, cuyas obras se pudieron ver en algún arteBA lejano).

Imagino ahora mi propio Fondo Malvinas con artistas de mi generación: me prefiguro pinturas y objetos desorbitados de Toto Dirty, de Laura Códega, de Martín Legón. Como a los siete años, vuelvo a la ficción ucrónica. La imaginación repara lo que no existe en la Historia pero puede existir en el arte.

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