La afrenta cuantitativa

Por Martín L. E. Wasserman

Dibujo por Lino Divas

Alimentar, limpiar, construir, reparar. Tareas constitutivas de  la humanidad, sus acciones fueron relegadas a una opacidad que  las vuelve inasibles, difusas, invisibles a los ojos de una  ciudadanía anclada en los epicentros urbanos. Si las formas del  mercado hegemónico delimitan un paraíso terrenal contemporáneo,  aquellas tareas fueron expulsadas del Edén tras incurrir en un  pecado originario: la preservación de los lazos domésticos. Sus  formas no participan de aquellos cánones y tanto sus acciones,  como sus relaciones y sus productos son, desde entonces, informales. 

Antes del advenimiento del primer liberalismo en Hispanoamérica  (ocurrido entre fines del siglo XVIII y comienzos del siglo  XIX), para que los intercambios materiales resultaran legítimos  era necesario representarlos en base a un conjunto de reglas  propias del ideal doméstico. Dichas normas surgían de un  imaginario conformado por la caridad interna a la familia, la  reverencia debida al pater familias, o la correspondencia entre  los miembros de la casa. Así, para que las transacciones fuesen  legítimas y sus obligaciones resultasen vinculantes, debían  representarse adecuando sus formas a aquellas reglas ideales de  la casa. Para ser legítima, la economía preliberal tomaba su  lenguaje de la órbita doméstica.1 

Consolidado en Hispanoamérica durante el primer cuarto del siglo  XIX, el liberalismo deslindó a la economía de la casa: desde  entonces, lo económico y lo doméstico pasaron a constituir  significantes para dimensiones socialmente diferenciadas. Para  legitimarse, la economía dejó de referir a las pautas de un  idealizado orden doméstico y comenzó a apelar a otras pautas:  las de un mercado idealizado. Presentadas como leyes inexorables  por naturales, las leyes del mercado se presumieron  indisponibles al humano, cuya intromisión sólo podría  contaminarlas al intervenirlas. La casa pasó a conformar entonces una instancia social ajena y diferente a la economía:  la administración de la casa quedaría en manos de la mujer,  recluida en el ordenamiento doméstico como ecónoma, mientras que  el varón pasaría a ocuparse de la economía, con legitimidad para salir de la casa.2 La persistencia de rastros domésticos en el  mercado es, por lo tanto, una aberración en el paradigma liberal:  es un motivo a la vez que un síntoma de la expulsión hacia los  márgenes del mercado, en cuyo epicentro anónimo e impersonal no  hay lugar para formas que se correspondan con la casa.  

En 287.5 Kilos, Lucía Reissig rescata esos rastros y los repone  visualmente. Los detecta, desde luego, en los márgenes del  mercado, allí donde la lógica mercantil sigue impregnada de las  reglas domésticas y los vínculos de la casa: en los tamales  ofrecidos por los tianguis periféricos, en los embutidos  colgantes de ferias que desbordan los perímetros urbanos, se  advierten trazas de la informalidad doméstica, de las manos con  nombres propios y de tradiciones que subsisten a expensas de la  rentabilidad. 

Reissig recupera las formas de la informalidad económica. Al  hacerlo, revierte simbólicamente algunos de los elementos  distintivos de una economía informal: su ausencia en los  registros fiscales computados por la autoridad pública, su  resultante desaparición de los sistemas previsionales o de  seguridad social, su invisibilización como sujeto de crédito en  los sistemas financieros formales. Es que Lucía Reissig registra  las formas de esa economía y visibiliza sus texturas. Enfatiza  la iridiscencia de las relaciones -domésticas tanto como  económicas, pero siempre interpersonales- que se materializan  en cada uno de los huevo-papa-piedra de resina, posados sobre  maples que procuran un orden cuantificable. Ocurre que también  en esta economía hay cálculo y racionalidad, aunque los rastros  domésticos atraviesen su aritmética y la vuelvan menos  decodificable para la ciudadanía urbana occidental. 

Mientras aquel primitivo liberalismo se consolidaba, una Revolución Industrial tomaba forma. Con ella se consolidaba la  estandarización de los productos, y la homogeneidad hoplítica  de la masa mercantil permitió identificar una falla en cada  pieza que se corriera de la norma, expresando una irregularidad. 

La obra de Reissig permite observar la persistente impronta  humana en los márgenes de la economía industrial. La  irregularidad de la manufactura artesanal se inserta en un mundo  que ya no le corresponde plenamente y del que se ha visto  parcialmente excluido. La singularidad de cada unidad, o la  heterogeneidad del conjunto, no se presentan como síntoma de una  falla sino como su aspecto constitutivo. No hay «imperfección»  posible: la obra se encuentra plenamente realizada,  precisamente, cuando la mano humana no ha quedado  invisibilizada. Nuevamente, el énfasis de Reissig toma forma en  la representación procedimental: manufacturar artesanalmente al  producto industrialmente prefigurado. Una serie de contenedores,  que debía responder a la homogeneidad del moldeo por inyección  de plásticos, es invocada mediante su producción artesanal con  cemento de papel, procedimiento que deja entrever orificios,  relieves, surcos y otras irregularidades que la máquina habría  decomisado. Junto a los contenedores manufacturados se hacen  lugar los productos industriales que huyeron del epicentro  urbano para llevar su factura maquinizada al margen, como el  hule estampado o redes de nylon. Materiales plebeyos, genuinos  por subalternos antes que por nobles. Crepita en la obra de  Reissig una aversión al estándar fabril.  

La arquitectura efímera, que dispone la ingeniería de un altar  para cinco pilones de tamales, evoca la perpetua fragilidad de  la economía popular: la transición inminente de las formas  reconocidas hacia el espectro de la informalidad y sus  irregularidades, denuncia la imposibilidad de toda asepsia económica. Ya en la periferia, ya en el centro, la mano humana  gobierna al mercado y su intervención es inevitable, se  encuentre institucionalmente visibilizada o informalmente invisibilizada. No hay mercado sin humanos. 

En el papel morado que embala la fruta, en la luminosa presencia  de raíces comestibles, en las estampas y las redes, se adivina  un activismo cromático. 

En los saberes del margen existe una matemática que calcula,  evalúa, compra, transforma y vende. Que no oculta la mano humana que orienta todo mercado.  

En la obra de Reissig se susurra un grito, una consigna por  descubrir, una propuesta escondida: que las mayorías tomen los  números por asalto.

1 Véase Brunner Brunner, O. (2010). “La «casa grande» y la y la «Oeconomica»  de la vieja Europa”, en Prismas, Revista de historia intelectual, número 14,  p. 135; Zamora, R. (2017). Casa poblada y buen gobierno. Oeconomia católica  y servicio personal en San Miguel de Tucumán, siglo XVIII. Buenos Aires,  Prometeo, p. 84).

2 Wasserman, M. (2020). «Oeconomica, o la economía pensada históricamente”,  en Sisti, P. (Comp.), VII Jornadas de Enseñanza de la Economía de la UNGS:  ¿Por qué y para qué enseñar Economía? Contribuciones, reflexiones y desafíos  para la enseñanza de la Economía en la escuela secundaria y el nivel superior.  Los Polvorines: UNGS, pp. 294-318.

Fotos de Nacho Iasparra

* 287.5 KILOS de Lucía Reissig en Móvil con curaduría de Guadalupe Creche y Solana Molina Viamonte se puede visitar hasta el 16 de diciembre.

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