Tejer en wichí

Por Daniela Seggiaro

dibujos por Lino Divas

Las conexiones son una técnica de enlazado invisible con el que las tejedoras wichí empalman los hilos que tejen. Las conexiones bien hechas aseguran la continuidad de los tejidos y de esas narraciones que se lían en cada yica o en cada paño.

Se teje con chaguar desde siempre y ahora también con lanas industriales o hilos de plástico obtenidos del reciclado de bolsas de compras. Hace poco escuché de algunas mujeres que prefieren tejer con chaguar más que con la fibra plástica, dicen que el plástico es muy duro para trabajar, lo usan más los hombres para tejer redes o bolsas de pesca porque es resistente al agua.

Cuentan que de chaguar eran los hilos con los que llegaron las mujeres wichí desde el cielo a la tierra, cuando la tierra estaba habitada por los animales que después fueron hombres. Como los therians pero al revés, animales que se empezaron a auto percibir hombres y así quedaron. El tigre, el zorro,el quirquincho, el loro, la iguana, crearon la música y empezaron a vivir en comunidad. En esos tiempos, las mujeres eran las estrellas, las katetsel, estaban en el cielo y bajaban con hilos de chaguar al monte. Hacían travesuras, a los hombres los trastornaban, se comían sus comidas y volvían al cielo. Un día dicen que el loro consiguió cortar los hilos y así se quedaron en la tierra las mujeres wichí, se cree que es por eso que, hasta ahora, ellas siguen buscando chaguar para hilar. 

Buscar chaguar es cosa seria, me dijo Anabela Pérez, hay que encontrar las plantas que tienen las hojas más largas, a esas plantas las cuida Fwusas, la dueña del chaguar, a ella hay que prometerle tratarlas bien, hacer buenos trabajos con esas fibras, darles valor. Las plantas buenas se encuentran cada vez más lejos, a veces van en camionetas de algún conocido o alquiladas a criollos hasta esos lugares desde donde pueden entrar en las sendas. Se pasan el día en el monte buscando, contándose cosas, sanando penas, riendo, recolectando frutos, cortezas, raíces. Cuando encuentran el chaguar, lo sacan con palos y con mucho cuidado de no pincharse despinan las hojas, las unen en grandes atados y las trasladan con sogas anudadas sobre sus cabezas. Ya en la casa se machuca, se deja la fibra limpia, se la seca, se la tiñe. El hilado se hace torciendo y retorciendo sobre las piernas cubiertas por unas musleras hechas con caucho de pedazos de ruedas. Hacer los hilos lleva mucho tiempo. Hay gruesos, hay finos. Hay hilos preciosos.

Antonia Pérez, Analy Villagra y Mariela Segundo expusieron hace poco sus obras en la galería Remota en Salta, estas artistas y artesanas wichí conocen muy bien los hilos que eligen para sus tejidos, con ellos narran el mundo. Configuran, enlazan, traman, copian formas, buscan colores, inventan. Reproducen motivos antiguos: orejas de mulita, lomo de suri, piel de serpiente, semilla de chañar, ojos de lechuza, caparazón de tortuga y los combinan con esquemas de casas, árboles, mapas, tewok, lawo, tahñí, itäj. Así unen los tiempos, piensan en su propio idioma que va para un lado y para el otro, para arriba, para abajo, se sumerge y sale. El habitar es ser parte de este mundo en tiempo presente y las artistas saben narrar la experiencia a través de sus relatos-tejidos.

Volviendo al hilo, narrar este proceso hasta los tejidos actuales en un texto como este nos entusiasma, pero si prestamos atención, tenemos siempre una forma de contar que evidencia hasta qué punto nos persigue la idea de la línea. Asociamos de manera atropellada, como un flash, el hilo con la línea y de ahí con el límite, lo individual, la propiedad, el autor solitario, el artista, el genio. Lo lineal constituye el mundo que narra Occidente y limita su pensamiento, como un alambrado.

Pero el hilo es también ovillo, una forma que ocupa otro espacio, diversidad de volúmenes, de colores que no se tejen de manera lineal ni en el punto antiguo ni en el punto yica. Nunca es lineal ni aunque tenga un solo color. Cuando intenté aprender a tejer en wichí me sorprendió mi propia manera de concebir el tejido como algo rectilíneo. Y no. El sistema es otro. Otro pensamiento del que, si hacemos el esfuerzo de aprender algo, sospecho que vamos a entender mucho. Antonia, Analy, Mariela, Anabela y todas las katetsel lo saben, son pacientes, comprensivas, se adaptan a los caprichos de otro sistema, del sistema del arte, creo que les cae simpático, les interesa y tratan de entenderlo, de seguirle el hilo. 

El arte argentino parece estar ampliando sus límites para incluir de otra manera a las artistas indígenas, las katetsel llegaron con sus hilos para quedarse. El espacio que se les proponga debe ser muy amplio: toda tejedora wichí es una estrella, una gran artista. 

Salta, abril de 2026