Teoría de la militancia en el espacio

por Malena Low

dibujo por Ana Wandzik

Estoy contagiada por una idea confusa, por lo ridículo que puede ser querer tomarse en serio una mezcla. La tentación empezó con el cruce de dos lecturas, La posibilidad del Siglo de Damián Selci y el programa estético-político de los cosmistas rusos. El ensayo de Selci se trata de una nueva teoría de la militancia dentro de un libro colectivo que lleva el mismo nombre. En pocas páginas despliega toda una teoría política hecha desde nuestra realidad histórica pero proyectada en una ambición enorme, transportable a otros territorios. Quienes piensen o discutan esta filosofía política tendrán que hacerlo bajo el juego de citas que proponen estxs militantes  licenciadxs en letras. Habrá que pensar a Cristina con Rimbaud, a Lenin con Máximo, Brecht, Cristo, etc. La idea sería algo así: si “yo es otro”, dejemos de pensar la política en términos de representación sino de responsabilidad. Todxs debemos ser militantes de nuestras vidas y hacernos cargo del otrx en tanto militante. 

La casualidad hizo que leyera este ensayo al mismo tiempo que algunos textos del programa político del cosmismo y biocosmismo ruso. La filosofía de Fedorov empieza con la idea de una injusticia primordial: que lxs vivxs están en deuda con lxs muertxs, gracias a quienes viven pero a quienes dan la espalda, olvidadizos, en la fila del progreso. La formulita “yo es otro” acá sería “yo es todos los muertos que vivieron para que hoy esté acá”. La propuesta es increíble: una resurrección de las almas por medio de la museificación de la vida de todos aquellos que vivieron, una inmensidad tal que la humanidad estaría obligada a expandirse por el cosmos más allá de la Tierra. Fedorov llama al museo “la esperanza del siglo”, aunque esta coincidencia parezca una mentira inventada por mí. Años más tarde, en los comienzos de la URSS, el biocosmismo llevó el programa espiritual de Fedorov a una materialidad biológica enmarcada en el programa científico soviético. Siguiendo la concepción de la museología de Fedorov para lograr la resurrección corporal, el cuidado y conservación de las obras en los museos darían el modelo de cuidado sobre los cuerpos de las personas a resucitar. Cuidar a lxs enfermos y revolver en los cementerios fueron parte de las consignas básicas. La búsqueda de vida eterna colectiva derivó en un problema obvio de la cantidad de gente, y por eso la obligación de tener que poblar el espacio se tomó muy en serio. Ahora, después de las carreras espaciales y el desastre ambiental en la Tierra, esa fantasía es cada vez más verdadera.  

Es muy fácil parecer poco seria ante Damian Selci y compañía, pero también sería un delirio que se ofendan si una entra, como ellxs, en el libre juego de asociaciones y uso de fuentes. Se me ocurrió que las ideas de La posibilidad del siglo se pueden llevar a cabo dentro de un nuevo programa cosmista como una praxis extraterrestre de la teoría de la militancia. De combinarse podría ser una especie de plan que mezcle tecnologías del cuerpo y organización social para una nueva utopía. Pensar utopías tiene algo de futurismo anticuado, pero hay una sensación dando vueltas de que es un momento oportuno para fantasear con otros mundos y que esas formas nuevas podrían instalarse en otro planeta o en estaciones que orbiten la Tierra. Estarían pobladas por militantes vivxs y batallones de resurrectxs. Devenir militante implica involucrarse en un imaginario común, y los cosmistas, con todo lo desmesurado de su planteamiento, ayudaron a vencer ciertos límites imaginativos en los que suele atascarse la militancia. Por el momento, como preparativos antes del despegue, me imagino unas jornadas en un museo que pueda tener sede en el Planetario(1) donde se experimenten distintas propuestas. La utopía se pensaría en diferentes escalas. Las personas caminan entre maquetas de ciudades modelo, estaciones, espacios asamblearios. Hay laboratorios en vivo o demostraciones médicas con tintes de fantasía cyborg, taxidermias de animales nuevos, momias de futuros habitantes y pruebas de resurrección sobre moribundxs o cadáveres. Concentrar en este espacio diferentes escalas o ensamblajes permitiría pensar material y técnicamente cómo queremos vivir. 

Las obras, el archivo y la historia que ocupen lugar físico tal vez tengan que optimizar su tamaño asi que lxs artistas más objetualistas podrían encargarse de realizar suministros-souvenires, obras portátiles y con capacidad de síntesis que recuerden el mundo terrestre. Esto podría reemplazar las prácticas clásicas de conservación de obra y archivo por otras, porque sería imposible mantener el mazacote histórico de todo lo que pasó. Sería necesario un ímpetu destructivo a la vez que goloso, un acumulacionismo que termine por romper los archivos en pedazos y vuelva a pegarlos con otros, volverlos información compacta y constelada. Los últimos cuadros de Santiago Villanueva, las “mesas revueltas” actualmente expuestas en El vómito, serían un ejemplo de este procedimiento, pero habría que pensar si los puede hacer para vestir, tipo remera o llavero. Yo podría extender mi colección de zapatos para calzar a la nueva población, siguiendo el modelo de los tacos adornados con la medalla de Mundo Marino, la de Mariquita Sánchez de Thompson, Atlanta o los zapatos con imágenes turísticas de Chapadmalal. Se los podrían llevar puestos -nada indica que los trajes de armatoste blanco que usan los astronautas ahora sean para siempre- y darían pie a conversaciones entre las personas, cada cual con su pedacito de historia.  

En cuanto a la organización social que propone la teoría de la militancia, se podría llevar a un plano literalísimo. Si yo es otrx, la nueva civilización espacial podría fundarse a partir de un sorteo en el que a cada unx le toque una persona a cargo. No habría un orden distributivo más que el aleatorio, lo que ocasionaría que alguien que haya sido pobre en la Tierra quede a cargo de unx millonarix, por poner un ejemplo. El hecho de hacerse y estar a cargo de otrx significaría, por una parte, una atención civil personalizada diferente del afecto familiar, de lxs amigxs o amantes. Además, sería algo así como una regulación del poder de lxs unxs a lxs otrxs sin ordenamientos de clase, género, capacidades físicas, etc. En tercer lugar, velaría por la salud y la posible vida eterna de su persona a cargo. Aparte del aspecto puramente médico o biológico, me gustaría que ese militante tenga como tarea registrar la vida de quien tiene a cargo, como si fuera un biógrafo, para conservar la inmortalidad espiritual. 

Santiago Villanueva


(1) El ejemplo sólo lo pongo por la relación simbólica del edificio, pero de tener su sede en Buenos Aires también podría ser el tercer piso de la CGT, donde conservaron el cuerpo de Evita. Cada ciudad pensaría su lugar, pero tampoco tendría que ser que ser sí o sí presencial, se podrían diseñar experiencias virtuales de recorrido de espacios y demostraciones de videos en vivo en plataformas globales.

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