Sobre Gracias por elegirnos
Dibujo por Lino Divas
El disco nuevo de Mailen Pankonin y Antuantu, actitud admirable (este adjetivo lo vi usado por ahí para una virgen María), se mete en el bosque del agradecimiento. En canciones como “fan”, órganos tipo canon de Pachelbel y coros serenos que cantan cuestiones intensas, por momentos son oraciones cantadas por muñecas o por voces que salen de celulares de juguete. Ser fan, como si fuera ser creyente de algo terrenal —un amante, una esquina—, es una maldición, pero la batería afirmada en sus pasos la admite sin drama. Gracias por elegirnos aprecia cada tragedia. Como en la canción infantil clásica “Antón Pirulero”, cada cual atiende su juego. A cada rato, tenemos nuestras pequeñas y medianas tragedias y quizá una de las misiones de la música sea la investigación del tono correspondiente a cada una.
De la fidelidad a esa intriga de investigadorx imagino que salen la tapa, el bar Río del barrio porteño de Almagro, y las apariciones del universo del espionaje en el disco. En un país que vuelve a repartir las escarapelas de la paranoia, cada quien, en cualquier barrio y cualquier café que se vuelve misterioso, espía un poco, se espía a sí mismx en la caminata solitaria, en los reflejos, espía lo conveniente y lo extraño, se subjetiva mientras anda. Pero trata de tirar la melancolía y no aparece un tacho. Especie de terapia consigo mismx cruzando la avenida, y en ese momento, en algún sentido de sí mismx, da gracias a la ciudad por ser tal cual es o se aterra. A cambio del sentimiento, lx caminante ofrece un poco de voluntad de caricia dolida hacia un porvenir. El disco (poema) explora, en parte, el estado de la pareja que se forma entre la rumiación mental y el ambiente urbano moderno: autos, alarmas, teléfonos, expectativa, indiferencia, auxilios.
En estas canciones se escuchan todas las capas, sin subestimar a ningún instrumento y así se presenta elegancia y honestidad de terciopelo. Se podría jugar a decir rápido y sin soplar ni cerrar bien la mochila, una parte de su atlas, traer cosas así: cliché incisivo como Miranda, oscura goma atlética como Javiera Mena, provocación prolija como Ceretti.
Pero Pankonin viene de cantarle a sus célebres “billetes” en el disco anterior y ahora Antuantu con ella y la imagen del plástico flotando hacen crecer el camino del pop casi asexual, el de las cosas, los cachos materiales que hacen bajar del pedestal a la personalidad. Floto como un plástico, claro, ¿cómo qué más? ¿Qué metáfora más precisa? Cruel, enamorado de manera sospechosa por tan visible, como pasaba en un cuento clásico de detectives con aquella solitaria carta robada, que estaba a la vista y por eso era difícil de encontrar. Así es el plástico, así es internet.
Esta vez, Antuantu y Mailen descubrieron un registro parecido a la sobriedad que hace de llave para convocar al encanto, que en el disco anterior de Pankonin aparecía con más forma de locura canchera, precisa pegadez de melodía argentina producto de la saturación inflacionaria. Esta vez, ante la súper máquina que los dominantes supieron conquistar, en cambio, el dúo mecánico de este disco nuevo anima a los cables de su propio alrededor, les pregunta: ¿qué tienen para dar? ¿Qué maniobra o combinación de enchufes podemos hacer para hackear el sentido, el sentimiento?
Estas preguntas las hace un disco que podría salir en CD para el auto, aunque sería fetichizarlo de más. Pero juguemos a asumir a veces esa idea de Eno de “música para…” (en este caso, para el auto o el colectivo que está por aventurarse en…). Creo que puede escucharse cualquier cosa en cualquier situación según el interés o la disposición de quien escucha. Pero este disco se dispone especialmente para escucharse de principio a fin por su continuidad a la vez que la diversidad fuerte entre las canciones. Tiene algo de novela con trama poco clara, de tránsito, también tiene algo de “variaciones sobre un tema”, que está cerca del intento de dar las gracias con sátira (porque se sabe perdedorx, ¿gracias por elegirnos en qué?), pero sin poder escaparse del misterio, la búsqueda del horizonte en el microcentro.
Las pompas alegres mezclan luces y bocinas dosmileras con módulos de prudencia y seriedad, narraciones y neurosis dichas con la ironía justa que lleva puesto el peso que puede tener un pacto de silencio con las propias pantomimas o un pedido de buenas charlas. Acá está ensayando una “maldita generación de pobres sentimientos”. Lo desconocido y contemporáneo se escucha en susurros que mueven las texturas que se fueron apagando en nuestras calles cuando todos los autos empezaron a fabricarse blancos y grises. Gracias por elegirnos consigue un sonido con componentes de nitidez y a la vez de rugosidad: peluquería, trabajo, tremenda fantasía en la barrialidad que pone lejos y cerca a la amistad.
Hay ajuste, dice la canción con más onda de bandita de romanticismo ingenuo, guiño político con sentido ambivalente, directo, no grosero, en un pasillo, tocando, de un lado, una pared de acordes de guitarra y, del otro, la mano apoyada en el riff simple y querido. Este tacto da la intuición de que no podemos consumir mucho más que lo que tenemos acá en este espacio que a veces es el espiralado de la mente y a veces el limitado del planeta. Se conmemoran las coordenadas de la deuda en una melodía inesperada que se encastra a las formas del resumen de la tarjeta afectiva de un “mal caballero” —papel que vuelve a su formato tangible y entonces corta, sangra.
En un instante sube una iluminación porque la canción se acuerda del cuerpo, sus gestos, el sol. Como para ver un despelote de juguetes y hacerlo escultura, o no. Cierto animismo hacen estas canciones que pasan por diferentes versiones de la voz. Una voz risueña con grano de máscara y picor, de chiste humilde. O la voz punki hauntológica (en el grito fantasmal al fondo, la canción se bardea a sí misma por errores en el amor, mientras la vida sigue por los rayos láser fuertes que el sintetizador activa con sus perillas como un villano). Hasta una voz de profunda cueva.
Y también un autotune usado con maña para la canción pop de estructura clásica (ritmo accesible, línea tarareable, estribillo, etc.); un autotune que usado así, parecido al canto contra un ventilador, funciona perfecto. “intempestuosamente” sintetiza una idea central del disco, cómo combinar sentimientos y técnica. ¿Es posible comunicarle algo a alguien? ¿De qué manera las antenas servirán para una vida? ¿Cacho de cemento, qué tengo que sentir? Mirá, cemento, hablo como vos. Gracias, objetos, ¿será que alguno nos indicará qué gracia nace del derrumbe?

