La realidad del mundo fotocopiada

Por Mariana Cerviño

Dibujo por Lucas Di Pascuale

En el espacio mundial del arte contemporáneo, las bienales son una escenografía estereotipada de la sumisión del arte a la nación. Lo que quiero plantear es cuáles son las condiciones en las cuales los artistas producen y muestran en esos lugares aparentemente transnacionales -que tienen algo de imaginarios y algo de materiales- y qué posibilidades encuentran ahí para sustraerse a las opresiones políticas que de muy distintos modos amenazan siempre la tarea intelectual. Veo un potencial en la posibilidad de movilidad para establecer uniones poderosas de los artistas frente al poder real, pero encuentro que los traslados no generan mayor libertad. Me baso para estas especulaciones, en algunas entrevistas que hice a artistas que tuvieron o tienen alguna experiencia en residencias, o bien en migraciones relativamente permanentes hacia ciudades en su mayoría europeas, a la luz del genial libro de Casanova, La república mundial de las letras (2001). 

La socióloga Pascale Casanova se ocupó de pensar el espacio mundial de la literatura. Pocos escritores intuyeron la existencia de ésta. Los/las que tuvieron cierta conciencia de éste, fueron en su mayoría quienes entraban a ese «comercio espiritual» en inferioridad de condiciones, lo que les hizo brotar una necesaria lucidez. Ella los define como dominados en cuanto a la escasez de recursos, debido a que sus lenguas son «poco literarias», es decir con pocos escritores prestigiosos en su breve historia nacional, carentes de clásicos universales. Otras causas de desigualdad tienen que ver con haber nacido en naciones subordinadas culturalmente, en su momento al poder de Francia o Inglaterra, como Goethe en Alemania, o en colonias o ex colonias, dependientes lingüísticamente de sus respectivas metrópolis, como el caso de Borges, por ejemplo. 

Lo bueno –y lo malo- es que para existir en ese lugar común donde el capital que circula es exclusivamente el literario, l*s escritor*es que vienen de regiones poco dotadas literariamente, deben revolucionar las leyes de la literatura mundial. Con distintas estrategias editoriales, lingüísticas y/o literarias, así lo hicieron además de los ya nombrados, James Joyce, William Faulkner, Gertrude Stein, Rubén Darío, Ibsen o Nabokov.

Los términos del intercambio se imponen de manera desigual a sus eventuales ingresantes. Cuentan y mucho las pertenencias a Estados nación; no necesariamente el poder económico y político coincide con su peso intelectual, en todos los tiempos, aunque en ciertos casos tienden a coincidir, gracias a la capacidad del dinero para comprar espíritus. 

Hay cada vez más artistas que viajan a ciudades allende los mares, a lugares que despiertan mejores expectativas que las locales. Suelen hacerlo en las llamadas «residencias», habitáculos donde, desprendidos de sus lazos afectivos y creativos, se las ven a veces negras cuando frotan sus cerebros convocando al aladino imaginativo. Es difícil vivir pero mucho más crear en un laboratorio humano, porque la producción artística, aunque no lo parezca, es grupal. Los y las más sociables, tienen ventajas, como así también son l*s más san*s mentalmente los y las que pasan mejor la prueba. También ayudan las redes sociales, compartir lo que se está haciendo, mostrar los enormes talleres, los paisajes nevados, las cervezas que acá no hay y esas cosas simpáticas de los viajes.

Mientras «residen», asisten a cursos y cursetes donde administradores internacionales, contratados por instituciones, les dan sus opiniones. Al menos en Europa, algunas instituciones del arte son fuertes y es ahí donde están los recursos a los que pueden acceder los viajantes, al menos al principio. Estas miradas ofrecen nuevas claves de lectura y valor para las obras. Imponen sus discursos, en general pedagógicos y moralizantes, propios de instituciones que permanentemente deben justificar su existencia, reemplazando los contextos y referencias de origen por los que imaginan que deberían ser, desde sus propias categorías cognitivas. Este sistema de anexión etnocéntrica, produce, conscientemente o no, una división del trabajo mundial artístico, de intereses válidos por regiones o poblaciones (o por lo que desean que esas regiones y esas poblaciones sean), asignando a las mujeres o varones latinoamerican*s determinadas preocupaciones legítimas, a los y las afrodescendientes las suyas, y así. Fotocopian en el lenguaje artístico, la realidad ordinaria. Tal como ocurrió con el famoso envío de Antonio Berni de 1962 a Venecia, se quiere que si venís de una región pobre, te ocupes de los y las pobres: arte tonto ya tenemos, gracias. 

Las categorías de acogida se basan en prejuicios distintos a los que sustentan la percepción en los lugares de origen. Los marcos interpretativos encarnados en los viajeros, necesarios para comprender esas obras, no son conocidos allí. Si los artistas se integran bien, lo más probable es que los vayan modificando, dando lugar a una hibridización que puede parecer una buena noticia pero también puede ser que la producción naufrague en el equivalente al «español neutro» que se habla en las novelas. Es normal entablar entonces nuevos diálogos, adaptarse a ese código. La obra muta, yo muto, tu mutas, tod*s somos mutantes. Por el contrario, hay quienes se ubican en el casillero asignado, y su obra comienza a exaltar la particularidad supuesta de un origen «distinto».

¿Por qué irse? Se cuenta que cuentan allí, en primer lugar, con algún tipo de soporte material que, pasajero o no, otorga tiempo para dedicarse a trabajar en la obra. Esta es una de las razones principales de su atractivo. Un sueldito, un taller, una vivienda y a veces la financiación del viaje. 

Otra razón no menor que es frecuentemente mencionada, es que lejos, se liberan de la exigencias del grupo de pertenencia. Es increíble la fuerza que tiene en Buenos Aires el campo del arte hacia su interior (no así hacia su exterior); la mirada de los pares está siempre ahí juzgando, evaluando, considerando. Ejerce así un control que puede resultar opresivo a ciertas personas que por su manera, su herencia, en fin, por motivos varios, no se encuentran a gusto en los modos de la intensa sociabilidad que se propone. Pero, también es cierto, que lazos sociales fuertes, tienen la capacidad de generar poder y creencia. Decía Gramsci que la fe en el mundo es la fe en el grupo. Y que el grupo es poder.  Sin esos lazos, puede sentirse por momentos la libertad de quien no está siendo inquirid* por las expectativas de otr*s. Pero…cuando a casi nadie le importa lo que estás haciendo, te quiero ver. Puede llegar la pregunta fatal por el sentido y puede también no estar el cobijo frente al poder de turno.

Lo que no parece abrirse muy fácilmente a los y las jóvenes conquistadores a la inversa, es el núcleo más autónomo del arte mundial. Casanova pone como ejemplo de lo que fue la capital de ese paraíso de libertad creativa, el París de los años 20. Se dio entonces un círculo virtuoso entre mito y realidad, donde, a raíz de la invención literaria de una ciudad mítica donde escritores y artistas hacían su ley y vivían de acuerdo a ella, éstos venían de todas partes a jugar ese juego, y así lo hicieron. Un caso de profecía autocumplida, como diría Max Weber. Los “años luminosos” fueron la consecuencia de migrantes desde otras partes de Europa, latinoamericanos y norteamericanos que creían que la ley de la literatura era revolucionar la literatura. Como en toda religión, la fe promovió una práctica que, grupalmente, materializó la idea de emancipar la creación de sus Estados nacionales. 

Pero la inseguridad que promueve el estar solos contra el mundo, en cambio, debilita las voluntades de artistas, curadores y compradores y les impide formar una alianza entre pequeños países frente a las imposiciones de los grandes. Aunque viajen, en las condiciones de parcelación que se les ofrecen, los y las protagonistas del espacio artístico mundial, en lugar de emanciparse de la dependencia político-nacional, son arrojados a otra, aún más fuerte, la de los países ricos.

*Texto publicado en el Flasherito Diario n° 17, 2019.

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