Próxima estación

Por Lucas Olarte

Dibujo por Lino Divas

PRÓXIMA ESTACIÓN

Mi espacio ideal para las lecturas es el subte de la ciudad de Buenos Aires. Miras a los pasajeros con la cabeza gacha mientras scrollean alienados. Y vos: un simple alien que saca un libro de la mochila y se adentra a profundidades más subterráneas que el servicio de mierda de EMOVA. Terminar un libro es el frenazo repentino del subte deteniéndose a mitad del túnel. Dejar colgado un libro es el soplido de la boca del subte bajando por las escaleras. Una vez terminé un libro y lo dejé al costado del asiento, me bajé del vagón, abandonándolo, sin darme cuenta, a un destino incierto para que un lector pasajero lo agarre. 

Durante mis viajes en subte en el 2023, devoré dos novelitas. Una tras de la otra, Cris y Cris y Cosa Negra. Ambas editadas por De Parado. La línea E, estación Belgrano, me llevó a comprar la novela de Maria Felicias Jaime y la línea B, estación Dorrego, me llevó para comprar la novela de Andrés Asevís. 

Siento cariño por esta editorial. La conocí en 2017, cuando presentaron su primer libro impreso, “Gualicho” de Gael Policano Rossi. En la terraza de la Galería UV, escandalosa casa del arte marica frente a la cancha de Atlanta. Dos trolitos guapos se pusieron en cuatro, apoyaron una tabla en sus espaldas arqueadas de gatas, y formaron una mesa homosexual dónde pusieron ejemplares. Gael, sentada con su melenón iluminado por la luna comenzó a leer su novelita.

Podríamos pensar que una editorial es como una formación de subte. Las choferes son Fram Visconti y Mariano Blatt, y cada libro publicado es un vagón nuevo que se adhiere. Los pasajeros, somos sus lectores. La línea editorial, es el recorrido que hacemos y con la publicación de estos dos últimos títulos, parece que estamos llegando a una estación más libre y llena de combinaciones. 

TORTAS FABULOSAS 

“Cris y Cris” me divirtió demasiado, Mariana es una torta renegada, que si no está fuera del país cubriendo noticias internacionales, está en su departamento de Retiro comiéndose a la próxima chica que va a descartar. Hasta que le vuela la peluca una abogada que nada que ver con ella. Somos espectadores de un romance lésbico en pleno peronismo neoliberal. Esta novela es una crónica íntima de entregarse visceralmente al amor en un país que se está yendo al re carajo. 

“Amo a las mujeres porque las entiendo, las comprendo, las vivo, las siento. Porque no necesito ser superior o inferior, somos pares. Pero además de todo eso, nunca estuve enamorada, ni siquiera de Cris. En fin, que la vida sigue en esta primavera porteña y yo la vivo como puedo.”

Leer estas líneas fue un sopapo en la jeta sobre el asiento afelpado y roñoso de la línea B. Mariana está escrita de una manera fresca, actual, no es funcional a discursos pegadizos, desde su lugar, cuestiona al género, la identidad, su clase y su sociedad. La voz narradora en primera persona, funciona de espejo para su autora, como al país del cual huyó. María Felicitas Jaime publicó esta novela en 1992 en España. Logra desnudar una Argentina en crisis.

BEMBA COLORÁ

Cosa Negra” fue otro disfrute. Lo que me calenté con Eliel, este negro trolo que vive solo en su departamento en La Havana. Por las páginas de esta novela, salta de culo en culo, con torpeza y calentura. Trabaja en bares como mesero y gana más que su familia de doctores. Su tararira de ébano me amamantó con leche y lágrimas. Un relato crudo por su agudeza documentalista sobre Cuba y, al mismo tiempo, un relato extasiado de juventud que disfruta al sensual zoológico queer de la isla.

“En Grindr pareces un producto de un color específico. Como los zapatos: los quiero negros. El negro pega con to’. Ay qué rico, me encantas como el café: negro, fuerte y oloroso. Quiero un moreno pa’ esta noche. Papi, con ese color debes andar mal mandao. Ahí te dejo foto del pozo, enséñame una de tu explorador.

No te enredas con las ideas. Muchas curvas, es fácil accidentarse.

Sabes que eres un tipo grande, fornido, oscuro: un mangón, un papirriqui, un machote, como tanto te han dicho.”

La voz narradora mantiene distancia con su protagonista, se coloca en segunda persona pero casi no pierde foco en él (excepto por un capítulo). El ‘como tanto te han dicho’, ese peso de la mirada de la sociedad, sobrepasa la experiencia racial, política o sexual. Andrés Asevís se arriesga al escribir sobre un negro puto siendo un blanco de ojos claros, la persecución de la corrección política está a la vuelta de la esquina, pero como respondieron los de la editorial a un tuit que criticaba la sexualización y objetización de los cuerpos negros: La novela trata de eso!

CLASE BANANERA

Ambos personajes son de clase media, pero de distintos lados del espectro. Mariana es clase media argentina en la fantasía del macabro 1 a 1, con ínfulas de cheta, vive en un barrio bien, familia que supo ser bien, trabajando de lo que le gusta, libre de horarios y restricciones. Pero no habita la nube de pedos, se hace cargo de su contexto, está comprometida, se contradice todo el tiempo, pero al menos se ríe desde su postura política progresista. Puede analizar una guerra en Europa del Este y tener miles de dudas con su enamorada. 

Eliel es de una clase media mucho más obrera, en la Cuba contemporánea, que no será el cliché de las cajas de alimentos entregada por el régimen o la familia hacinada en una casona cayéndose a pedazos, pero no deja de ser una áspera realidad para habitar por un jóven negro gay y todos los altibajos de una isla dónde sus habitantes parecen soñar con irse corriendo de ahí tanto como quedarse y disfrutar. Lo poco que tiene Eliel, lo reparte.

“-¿Vos compartís con los pobres del país, no ya del mundo, tu departamento en Florida y Santa Fe? Te recuerdo que no vivís en una barriada pobre, marginal, abandonada de la mano de dios y la oligarquía…

-Yo soy de la modesta y puta clase media que ha levantado la Argentina. Soy una laburante…

-Sí: te levantás todas las mañanas a las cinco para ir a la fábrica, cobras un sueldo miserable que apenas te alcanza para el diez del mes, no sabés lo que son las vacaciones, viajas como una vaca en los colectivos…¡Mariana, cuidate de tu propia hipocresía típica de los pseudointelectuales latinoamericanos…”

Esta conversación se da entre Mariana y la segunda Cris del título. En La Margarita, la estancia de campo bonaerense de la familia de Cris dónde Mariana, con su progre ímpetu, se indigna ante el desayuno a todo culo que Adela, la ama de llaves, les sirvió. Este diálogo no envejeció ni un minuto, es una postal nuestra discutiendo con la panza llena en revistas de crítica, muestras de arte o bares de moda sobre la realidad argentina. Cris desarma el progresismo de Mariana enseguida con su sequedad y humor crudo. Es verdad que ante nuestra sensibilidad creemos saber qué les sucede a las clases trabajadoras sin embarrarnos tanto las botas. 

“Cuando el viejo regresa al baño a orinar el mojito, finges que vas a poner los platos en el fregadero y te sacas algo de dinero de la billetera, a espaldas de las dos que abren las manos y se las miran para debatir sobre colores para las uñas. Le cuelas unos billetes entre las tetas a tu mamá. Los agazapas con el sostén.

-¡Niño!- ella se divierte con la sorpresa monetaria. 

-Calladita- le adviertes. Alina sube la mirada y te suelta mientras abre una mano:

-La caridad aquí.

-Agarra- le das también. Te place ayudarles. Es el fruto, la compensación y reafirmación por haber dejado la universidad.

Vas al baño y compartes con tu padre un poco de lo que reservas de tus ganancias. Él insiste en negarse, pero termina cediendo.”

Este pequeño momento familiar, muestra con ternura la contradicción de demostrar cariño a través del dinero en un país comunista, su radiografía resuena en cualquier país latinoamericano en dónde los hijos pueden ir un paso más allá que sus viejos sin soltarles la mano. Las bajadas de línea no son explícitas, el tono comedia costumbrista y drama político se mezclan constantemente que la isla parece estar cruzando el charco del Río de La Plata, dónde una familia del barrio de Flores parece compartir mucho con una familia en La Havana. El estilo de la novela no deja de ser sexy hasta en la ternura de ponerle plata en las tetas a su madre.

ASÍ DESEO

Ambas novelas son lo más sexy que hay, lograron varias erecciones en mi lectura. Formas más intensas y menos explícitas de contar el acto mundano de coger, tocan el territorio de la poesía, expresan la crudeza de la carne, para elevar su narración y hacernos sentir en la cama con nuestros personajes. 

Los encuentros de Mariana y Cris se hacen desear, acumulan deseo infrenable bajo sus discusiones, y llegamos al clímax de verlas culminar su calentura en un intercambio pegoteado e intenso. 

Eliel y Jordi ya arrancan mete y saca la tercera pierna por el hoyito apretado. Se mezcla la vulgaridad, los detalles más líricos, el abanico de sensaciones entre ligeras y perversas. Ante el bombardeo onlyflanero de los gays en las redes, dónde se repite la narrativa del porno convencional una y otra vez, la novela toca una arista que es importante retomar: la ternura. 

“Definitivamente iba a tomarme la tarde libre. Entre el cansancio y la voz de Cris. Entre sus manos, que ya desprendían mi camisa, y su boca, que se metía en la mía, entre sus ojos, que no pierden nunca ese fondo autoritario y tierno, yo, Mariana, dejo de ser yo, Mariana, y me transformo en este instrumento de su placer, del mío, así como ella se transforma, deja de estar interesada en el orden, los horarios, la vida prolija y sanita. Sólo le interesa darme más, exigirme más, sentirme más, que la sienta más.

-¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Te quiero! -fue lo último que dije, y me quedé amarrada a su piel, a su olor entrando en un sueño profundo en el que sólo escuché la voz de ella diciendo «¡Te deseo! ¡Te deseo! ¡Te deseo!».”

No hay nada más sexy que presenciar el lesbo-despertar de Cris junto a Mariana. Casi adolescente. Es el destape del misterioso personaje que María Felicitas nos fue presentando de a poco, aún sabiendo el título, engancha la tensión de estas minas que se gustan, con su aleteo de cortejo antes del zarpazo placentero. Nos merecíamos nuestro propio drama hot lésbico “The L World” mezclado con la telecomedia femenina argenta “Como pan caliente”, dónde el goce de sus chicas contagia y te dan ganas de salir a jugársela como Mariana con Cris. Como Cris con Mariana. Y coger conectadísimas por horas y horas.

«Ya sin ropa, en el suelo, te tiras boca arriba, Él sigue agarrado a tu botella de carne. La próxima pista de la selección musical inicia con otros acordes de synth pop. El teclado parece respirar con agitación en lo que sus nalgas descienden hasta la altura de tus ojos, en cámara lenta, como sucede en las películas antes de que algo contundente cambie el giro de la trama. […] La mole de glúteos rasurados se posa en tu cara. Tus enormes y oscuras manos agarran el níveo manjar. El contraste de colores es hermoso. Te abandonas al frote animal de tu lengua contra todas las terminaciones nerviosas presentes en la ranura rosada y pequeña, que reta y engaña.»

Eliel le come el orto a Jordi. Al contrario de Cris y Cris, en esta novela, vemos cómo estos personajes arrancan su historia furtivamente y luego se van despegando. En esta escena de anilingus, en la segunda cita de los personajes, se ve la ternura con la que se comen y se entregan. Al meterse en la cabeza de Eliel, se puede conectar en esa torpeza que tenemos al estar con alguien que nos empezó a gustar mucho, quién es más que sólo un polvo pasajero. Su garcha de brea es la flecha de la brújula que guía a nuestro negrito lindo hacia la salida de su país natal. También es su condena, su castigo divino, ya que la tentación no distingue entre genuino e interesado. Problemas de pijudos.

SOY CLICHÉ

Nuestros protagonistas no escapan a los clichés. Mariana es una tortona que de la primera mujer que se enamora se entrega enseguida a la convivencia, a los celos y reclamos, a descuidar su trabajo, y si la novela siguiera, a lo mejor ya adoptarán mascotas. El lugar común de las lesbianas que juegan al papel de las esposas jubiladas tan rápido como saltan a su próxima novia. Eliel es un negro puro activo que le encanta penetrar blancos. Y, gracias a uno más rico, logra irse de Cuba. Otro cliché puro y duro. Pero acaso, ¿Por ser disidentes no podemos ser cliché?

«Cris, pensé. Cris…. ¡Cris!, y su olor llegó a mí con una violencia desconocida, con una urgencia sin fin, sin remedio. ¡Cris!, y en ese nombre, en esa imagen, en sus anteojos, en su severidad, en sus desayunos, en su recientemente adquirida costumbre de decir malas palabras, en su recientemente adquirida costumbre de hacer el amor con mujeres, me vi proyectada hacia un futuro posible, hacia algo que había rechazado toda la vida más con entusiasmo suicida que con convicción profunda.»

Mariana está hasta las tetas con Cris. La pose anti-heteronorma se la tiene que meter en el culo, porque no desea más que estar en la cama con su novia. Cuando te creíste diferente por no repetir la historia de tus viejos, cuando sos tan progre que no seguís esas normas pakis, llega una señora más seria que te da vuelta como una media y sólo querés ser su devota jermu. 

«-No me digas nada más. Mira, a mi los clichés me dan igual. Todos somos parte de algún cliché. Mi historia es simple: soy un ser humano al cual le gusta otro ser humano. No soy racista ni acomplejado porque sea un negro que sexualmente prefiere a los blancos. Es mera preferencia. Si me centrara en estar nada más con negros o mestizos en plan gueto, estaría arrastrando otra complicada rama con la que no tengo deseos de lidiar. ¡Que un negro y un blanco se deseen, se unan y se apoyen, así, con naturalidad, sin comer tanta mierda!, es ideal, ¿Y cuántas veces alcanzamos lo ideal? No voy a permitir que nadie manche mi relación con complejos. Ya bastante hemos tenido. Yo también fuera un cliché si no hubiera sido gay, hubiera embarazado a una mujer, fuera un robot revolucionario y un títere que creyera en Dios. Pero no soy nada de eso. Estoy por encima de cualquier criterio en blanco y negro.»

Eliel embate a su hermana que le plantea, ante la despedida del país, la idea que es un cliché de negro salvado por un blanco. Sus lectores, sabemos que su camino nunca estuvo dirigido a ese destino, al contrario de Jordi, fue el azar el que se encargó de llevarlo al viejo continente. Eliel no repite frases panfletarias ni es militante racial, ni limita su vida a la moral del deber por su piel o dónde mete su racializado salchichón. Más bien cuestiona todo, desde su lugar desnudo de intelectualidad forzada.

MARIANA ELIEL

Ambos protagonistas no están de acuerdo con los gobiernos de sus países. Además, la sociedad en la que viven pareciera disfrutar de su sufrimiento. Para sobrevivir, construyen comunidad de resistencia con sus lazos cercanos. Con un grado de cooperativismo colectivo y con un grado de comodidad trepa. Estas novelas se convierten en guías de supervivencia para este libertario 2024.

El escenario de Cuba es el gran terror de los liberales y conservadores. Viven una paranoia que el comunismo es un apocalipsis a evitar. Gracioso sería mostrarles Cosa Negra y lean las desventuras calientes, el goce que respira la novela en el régimen del horror. El gran mal del 53%  de los argentinos del bien se desarmaría ante los placenteros romances de Eliel con media isla. Es un superviviente, en el final de la novela podemos verlo ya cansado de tanto golpe, la imagen que tiene al despedirse de Cuba es el linchamiento en manada de un vecino que no apoya el régimen y coloca salsa prohibida a todo volúmen por su balcón. Eliel se promete no olvidar, y nosotros tampoco deberíamos olvidar todos los horrores que suceden y sucederán bajo este gobierno. De hecho, es el olvido en masa el que trajo a estos pelafustanes a ocupar cargos de poder. 

El escenario de la Argentina en los ‘90s es el gran terror de los progres y peronchos. Viven en una paranoia que el neoliberalismo es un apocalipsis a evitar. Gracioso sería mostrarles Cris y Cris y lean las desventuras calientes, el goce que respira la novela en el régimen del horror. El gran mal del 47% de los argentinos que no la ven se desarmaría ante las ocurrencias geniales de Mariana con la Argentina. Es una superviviente, en el final de la novela podemos verla cansada de tanto ir y venir con Cris, pero entregada completamente a su novia terrateniente, igual que su abuelo, sabe que su país está agrietado (no sabes lo que vendría después Marian) pero ¿qué mejor forma de conciliar que hacer el amor con la persona que consideras tu anti? La lucha está en la calle y el disfrute en la habitación.

Miro la portada de estos libros desde mi asiento de la línea C, antes de bajarme en la estación San Juan. Una pintura naif de la Plaza San Martín, dónde soy vecino, de la artista Aniko Szabo. Nuestra ciudad parece lejana al caos, la calma de un amanecer, un horizonte que no se puede distinguir y la oportunidad de que sea un gran día se respira en el parque. En la otra portada veo el dibujo de Toto Dirty, unos trazos coreografeados diabólicamente, ese hombre negro salta de la tapa directo a tu culo, una Cher Guevara ilustra con burla la contratapa. Sé que Toto estuvo en Cuba y me pregunto qué aventuras habrá vivido y si habrá probado algún Eliel. Pongo los dos libros juntos y pienso que tengo que escribir sobre ellos y los pensamientos que me dispararon. Parecen tan distantes, pero se tocan tanto. Aunque me encargaron escribir una reseña, prefiero desplegar este mapeo de novelas queer, este recorrido que nos propusieron Mariano y Fram. Ni Maria Felicitas ni Andres pudieron publicar en su propio país, entonces hay un acto de justicia detrás de estas decisiones editoriales. A ver cuál es la próxima estación a la que nos llevan estas cuatro locas.

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