Entre la erosión y el fulgor

Una exploración de las formas en que los cuerpos feminizados resisten el mandato de pureza.

por Bárbara Midley

dibujo por Marcelo Pombo

1. Hay obras que nos detienen. Operan sobre nuestra sensibilidad movilizando una experiencia estética que, sí, interpela desde lo visual, pero también activa una respuesta sensorial y afectiva. Las de Josefina Labourt me producen ese efecto. Son piezas inquietantes, magnéticas, imposibles de pasar por alto. Un torso, sin brazos, hecho con tela, pintura acrílica, gasa y vellón siliconado compone una pintura-escultura. De él cuelgan pechos estirados, deformados, asimétricos. Se llama “Este es mi cuerpo haciendo esta cosa”. Un retrato frontal suspendido sobre una pared exhibe un rostro femenino lleno de arrugas y pliegues. La piel deteriorada cae por su propio peso desde la frente hacia los ojos, atravesando las mejillas, la boca, hasta acumularse en el mentón. Se trata del óleo “Máscara de Señora”. Un montón de toallas, esponjas de mar, cáscaras de huevos bañadas en resina mezclada con mica brillante crean un ser antropomorfo del que asoman pestañas. Sus protuberancias, surcos y dobleces dan la impresión de ser un fragmento cárnico que muestra el impacto del devenir en el cuerpo. Se titula “Iluminada y eterna, endurecida y tranquila”. Un lienzo rasgado —mezcla de óleo sobre tela, tela teñida y lijada, cubierto por una cortina de tul con cera— deja entrever un cúmulo de granos de pus que brotan de la superficie a punto de explotar. Se inscribe como “Granos y Harapos”. Miro absorta estas obras. Son manifestaciones viscerales de lo corporal. Y a pesar de que no veo una mimesis explícita de la vejez o la decrepitud, puedo advertir su intención: hacer visible cuerpos feminizados tal y como son. Lo que preferimos ignorar pero sabemos que existe.

2. Lo que me interesa de la obra de Josefina es justamente eso: su negativa a reproducir las formas normativas de representación. Mediante procesos que combinan múltiples soportes, lenguajes y materiales sus piezas ensayan respuestas a preguntas urgentes: ¿Cómo se lee una fisicalidad cuando no se ajusta a los modelos dominantes? ¿De qué modo los mandatos de género modelan no sólo los comportamientos corporales, sino también los malestares emocionales y físicos, especialmente, cuando se trata de mujeres? El resultado es aún más provocador: una poética de lo informe. Una crítica sensible al binarismo estético que separa lo deseable de lo abyecto.

3. En este punto, me pregunto sobre la recurrencia de la piel en sus obras. ¿Acaso actúa como una prótesis performativa? Creo que Josefina Labourt toma este órgano sensible como recurso para indagar sobre la capacidad que tienen ciertas expresiones o acciones de producir un efecto, modificando la forma en que se percibe. En un contexto plagado de contenidos visuales optimizados, rostros filtrados, vidas perfeccionadas para la pantalla, obsesionado con la belleza y la juventud como únicos modelos deseables, su producción cobra especial relevancia porque celebra exactamente lo contrario. Manchas, pliegues, estrías, granos, venas, arrugas, cicatrices dan cuenta de esta superficie como punto de encuentro e intercambio con otras corporalidades, otras materialidades, otras espacialidades. Su obra elogia la autenticidad, resiste la estética del retoque y recupera una humanidad tangencial, casi extinguida en la lógica virtual. La piel se convierte así en un archivo vivo de la historia de cada mujer y sus experiencias subjetivas. Capaz de evocar las trayectorias vitales y, con eso, el irreversible paso del tiempo.

4. Ahora bien, ¿por qué resulta tan difícil mirar estos cuerpos sin desvío, sin rechazo, sin incomodidad? Creo que la respuesta está en la crítica que Monique Wittig dirigió al “pensamiento heterosexual”: ese contrato social implícito que organiza la realidad en base a la diferencia sexual binaria —hombre/mujer—, jerarquizando esas posiciones (y sus diferencias) como si fuesen naturales. Aunque pueda resultar un poco abstracto, en realidad, la heteronormatividad se materializa en la producción de cuerpos, identidades, roles y discursos. Y, en este sentido, impone qué debe ser mostrado y qué debe quedar fuera de campo. Justamente, ese es el pensamiento dominante que construye una sociedad en la que la existencia femenina siempre debe ser validada por un otro —masculino, claro—. Así las mujeres quedan sometidas a un deseo femenino marcado por el patriarcado, que las deja despojadas de sí mismas. Claro que no estoy diciendo que todo hombre o toda mujer domine, o sea dominadx. Lo que intento señalar es la potencia artística y el efecto práctico que tiene la obra de Josefina para cuestionar este sistema. Ella desnuda los cuerpos femeninos, expone metafóricamente su multiplicidad de formas y aspectos, y en ese acto poético, político y visceral, exhibe las relaciones de poder que silencian todo aquello que ponga en cuestión el órden dominante de lo que las mujeres deberían ser. En otras palabras, Josefina no oculta; absorbe, reinterpreta y revela. Y lo hace desafiando las retóricas visuales hegemónicas asociadas al género femenino.

5. Judith Butler lo dijo sin ambigüedades: el género es ficción. No porque no exista, sino porque se construye. No obstante, crea un efecto de verdad porque tiene una existencia material: se encarna en gestos, prácticas, comportamientos, roles y discursos. Y cualquier experiencia de corrimiento que implique desafiar sus imperativos supone castigos sociales. Sin embargo, hoy el castigo social no necesariamente proviene del afuera. Uno de los signos más marcados de nuestra época quizás sea el hecho de que las sanciones no pretenden tanto reprimir un accionar, como instaurar una lógica de autocensura. Las redes sociales, la moda, la publicidad, el mercado operan como condicionantes culturales y afectivos que aseveran la reproducción del orden dominante. Cuerpo, industria y mercado conforman la triangulación de este sistema que refuerza la idea de que la apariencia debe ser permanentemente corregida o mejorada. Por eso, insisto, la búsqueda de Josefina por exhibir la fricción, la imperfección, lo discordante, lo distinto tal vez sea el camino de retorno hacia lo auténtico, lo humano, lo artesanal, lo tangencial. Ese podría ser el territorio discursivo que provoque alteraciones en diferentes planos de la conciencia, que emocione y sensibilice. Sin lugar a dudas, sus prácticas artísticas van en esa dirección. Y nos invitan a acompañar ese rumbo participando activamente. Instándonos a desnaturalizar la forma en que percibimos y a promover nuevas formas de experimentar nuestra corporeidad y la de quienes nos rodean.

6. Me gusta pensar que en las piezas de Labourt se cifra algo que me excede, pero también me nombra. Sus obras me recuerdan que no hay una sola forma de ser cuerpo. Por el contrario, pueden leerse como un interés profundo por la autenticidad, capaz de desestabilizar y problematizar el órden estético normativo. Muchas de éstas presentan algo del órden de lo grotesco, lo kitsch, lo repugnante. Incomodan, sí. Pero es una incomodidad sensual. Seducen porque advierten algo que no solemos ver pero sabemos que está ahí. Generan vértigo, también. Pero eso es un vértigo que está más cerca de los efectos del cuerpo extrañado que del que provoca el estilo gore. Por eso sus criaturas raras y amorfas nos enfrentan a una verdad que se intenta negar: que no hay una esencia femenina, que toda feminidad es una construcción performada.

7. Descubrí también que algo de su energía, su fuerza física, su ánima quedan materializadas. Cada pieza condensa una vivencia, una intensidad, un pulso; está lista para revelar —desde su interior— la complejidad de su propia creación. Y por eso conmueve: porque no representa, sino que actúa. Josefina no muestra el cuerpo; lo performa. Y al hacerlo, nos involucra. Nos arrastra con ella en esa búsqueda hacia una sensibilidad menos domesticada.