El paño de la libertad

por Flor Cugat

dibujo por Lino Divas

En la galería Mite se presentó hasta hace muy poco “Monte Criollo” la última muestra de la artista Marcela Sinclair. La muestra transformó la galería en un un paisaje lúdico y surreal, del verde del paño de los juegos de azar. Ese que remite al dinero fácil, al dólar, al límite entre ganar o perder. 

La puerta de la sala estaba tapada, como están tapados los lugares de juego clandestino. En la vidriera, rodeadas de brillo dorado se instalaron unas casitas de cartas que se fueron arqueando por la humedad. Algo precario, del deseo, la posibilidad y el derrumbe. El piso contenía 400 dados, que inevitablemente te invitaban a lanzar, porque los pateabas o para una jugada contra la pared sin poder distinguir el resultado. A un costado, una única pieza; una escultura, que ensambla una silla, una rueda, la estructura de una mesa y un mate, en formas de líneas, caladas. Lo estable, lo inestable, lo etéreo y lo fantástico, como la idea de fortuna. Unos pasos más allá, en la trastienda de la galería, se disponían algunas obras icónicas de las distintas producciones de la artista. 

¿Acaso ser artista, sostener una producción, un compromiso diario,  no es una apuesta muy grande? En la mayoría de los casos se trabaja sin rédito asegurado. Producir, entrar en esa conversación, implica una  diferencia sustancial con otros trabajos, se lanza una moneda en el aire, un puñado de dados. El contexto recrudece, vender una obra tiene algo de golpe de suerte. Pienso en esa canción, de una banda local de los dos mil, que sonaba en el contexto de un plan neoliberal ya resquebrajado, en plena crisis económica: “y toda mi vida aquí, estoy apostando” del disco Verde paisaje del infierno.  Olvidable, pero viene al caso.

La coyuntura, claro, también termina siendo la de la apuesta, la toma de deuda ilimitada, la vuelta al modelo neoliberal, el pluriempleo, un país endeudado con ciudadanos endeudados. El caso libra, las apuestas online, el verde dólar, el sistema financiero como única posibilidad. Un terreno poco fértil en el que sólo nos podemos salvar por una apuesta lanzada al azar. 

Entrevista a Marcela Sinclair 

¿Cómo surgió la idea de esta muestra?  

Por un lado, había un impulso de hacer una muestra temática, y el tema que se me ocurrió fue la timba. Por el otro, tenía un deseo de hacer una muestra de sitio específico, que partiera de características del microcentro donde está ubicada la galería, que está al lado de un lavadero de ropa que estéticamente es un local raro, particular.  Esta zona de la ciudad después de la pandemia y el cierre de muchas oficinas hoy resulta ser más accesible para alquilar, para vivir, poner una galería o tener un taller de arte. La obra de la vidriera es la que más tiene que ver con ésto, con la construcción del castillo de naipes que emula la construcción de las viviendas populares, enmarcadas en un cartel inmobiliaria y con el brillo dorado atrás. A la vez, la puerta estaba tapada como los lugares clandestinos o que no son del todo claros.  Con respecto a la temática, está latente, con esto de la timba financiera o el carry trade y la cantidad de jóvenes ludópatas, las apuestas online. Algo de todo esto lo conozco desde muy chica, ya que me tocó atravesar distintos periodos económicos de nuestro país, en los que este fenómeno de la timba financiera y las apuestas se hizo más presente. 

F: ¿Qué impacto tiene esto de  la apuesta o la timba a nivel personal?

En mi historia personal esto de la timba tuvo distintos impactos. Si bien, como todos,  estoy marcada por la historia de las deudas económicas en general, la idea de la apuesta estuvo siempre en mi entorno personal. Mi abuelo era burrero y tuve una familia que iba al casino de Mar del Plata todos los veranos. Jugaban a la lotería y llegaron a ganar el Gordo de Reyes. También viví peleas a la salida del casino y vi cómo mis papás volvían del casino, a veces con sweaters, discos y chocolates y otras veces secos y serios. Esto de la apuesta es algo que tengo incorporado como educación y que me rodeó a lo largo de mi vida, vi a la madre de mi mejor amiga jugar incansablemente a la quiniela, y también otro tipo de apuestas, hubo gente que apostó de distintas maneras, abriendo negocios. Eran todas situaciones que ondulaban entre ganar y perder. Historias que en general terminaban en pérdidas.  Para mí elaborar el tema de la timba tenía que ver con cómo se incorpora esto de la apuesta en mi vida. Porque perdimos en el menemismo, en el macrismo, estamos perdiendo ahora. Y a nivel familiar siempre se lo vivió como algo malo. Ahora bien, hay otro tipo de apuestas. En mi caso, con los recursos que tuve en determinado momento, pude apostar a mi actividad como artista. Ojo, tengo otras actividades laborales también. Pero bueno, esa fue una de las apuestas buenas. Apostar no es necesariamente malo. 

F: ¿Encontrás una relación entre el trabajo de los y las artistas, las condiciones en las que producen,  con la idea de apostar?

No me animaría a hacer una declaración sobre el trabajo de los artistas en particular, porque hay tantísimasas ocupaciones que incluyen esa idea. Y además hoy en día el trabajo cada vez está más difícil de entender como algo que ofrece garantías de estabilidad y de posibilidad de supervivencia estable. Está muy debilitado ese rasgo del trabajo que se pudo tener en algún momento de la historia. Decir “los artistas apostamos”…  bueno, hay muchos que apuestan. Y además implicaría realmente ver al artista, o la actividad artística, ligarla al emprendedurismo, que también es una apuesta. Pienso en la película “Los guantes mágicos”, de  Martin Rejtman.

Pero si pienso la actividad artística desde otro punto de vista, ahí puedo pensar en que la apuesta está en si eso que vas a hacer va a ser efectivamente arte. Una lectura más romántica del arte, como algo trascendente, como algo que ilumina aspectos de la existencia y que puede llegar hasta a cambiar su signo. Te diría que en eso sí,  siempre hay algo de apuesta ahí. Porque hay un riesgo de que eso que se hace no sea arte, dado que hay una idea del arte como un inefable. Como algo que siempre se está convocando, no como algo que se puede llegar a aprender y saber hacer. Es una visión entonces del arte que a mí sí me interesa ligar con la apuesta porque siempre hay un riesgo de que por más que una trabaje, por más que tenga todas las condiciones dadas, no necesariamente va a salir arte. Por eso hay siempre tantos intentos y por eso existen las obras fallidas, aún de artistas que han hecho otras obras no fallidas.

F: ¿Qué continuidades hay entre “Monte Criollo” y tus trabajos anteriores?

Trabajar esta temática viene de una intención de invocar desde el arte  algún tipo de nueva mirada, como de refilón, a ver si aparece alguna idea nueva o si se ilumina esa práctica desde otro lado, cambiando el sentido, porque hasta ahora nos viene perjudicando muchísimo. Los que apuestan son otros y pareciera que sólo nosotros pagamos esa deuda. 

Este es un pensamiento medio mágico u homeopático sobre el arte, como si alguna idea en el arte pudiera de algún modo reverberar en una situación político-económica, mucho más general. Esa es mi apuesta. Una apuesta inverificable. Mi método de trabajo tiene que ver con tomar un objeto conocido y alterarlo, al estilo de como algunos nenes desarman un juguete. Me interesa poner cierta imaginación sobre lo que hay, lo que ya existe y se puede modificar; ahí se incluye mi obra de la alacena, las reglas de dibujo técnico, el sillón calado, etc. Ese mismo proceso apliqué en relación a esta temática. 

F: ¿Por qué “Monte Criollo”?

El espacio conformó algún tipo de paisaje, como la pampa con su horizonte lejano, una caja verde con 400 dados en el suelo que habilitaban muchos tipo de acciones; la posibilidad de patearlos, quedarse, ponerse en juego. El único objeto de la sala era la escultura, que daba algo de tranquilizador, una pieza alegórica o metafórica, equilibrista; una figura misteriosa pero más claramente objeto de arte. Mi interés fue poner en juego algo de lo identitario argentino, desde mi condición de persona que vivió siempre en Buenos Aires. De muy chica escuché la expresión  “perdí todo en el monte”, y ahora tuve contacto con el tango “Monte Criollo” que habla justamente de un juego de naipes en el que se gana o se pierde, haciendo un paralelismo con el amor. Este tango es de Homero Manzi, compuesto para el film Monte Criollo de Arturo Mom. La película se estrenó en 1935, una época que resuena en los vaivenes económicos de la actualidad. En la década del 30 estuvimos signados por el pacto Roca-Runciman, por la falta de soberanía, por el endeudamiento. Algo que, como país, estuvo presente hasta que el gobierno de Néstor Kirchner pagó la deuda con el FMI (2006). Y para mí eso fue increíble, sentí que pasó algo que era imposible que pase: ser un país desendeudado.