Atrapados en libertad: crónica de la 61 Bienal de Venecia

por Cinthia Kazez y Daniel Basso

dibujo por Lino Divas

Viajar por las sedes de la alta cultura europea con una credencial de El Flasherito es, antes que nada, una lección acelerada de geopolítica aplicada. En un continente obsesionado con los filtros, las listas y la validación, las palabras mágicas «siamo journalists» destraban portones palaciegos y colecciones privadas, saltando de taquito los molinetes de la exclusividad.

Llegamos a Venecia un día antes del pre opening de la Bienal. El primer test del pase flasherito fue en el Palazzo Manfrin, donde se inauguraba para prensa e invitados una exposición de Anish Kapoor. Afuera se empezaba a vestir una mesa con sobradas botellas de Aperol. Adentro, el choque entre las piezas y el palacio era la puesta en escena de la distinción sin pudor. La muestra tenía algunas de sus conocidas obras monumentales con una presencia física aplastante y también muchísimas maquetas de proyectos no realizados: ensayos sobre cómo doblar el espacio, perforarlo, expandirlo, etc. Kapoor andaba por ahí mezclado con la gente y eso nos regaló un breve y vergonzoso sentimiento cholulo.

Esa misma tarde pasamos por AMA Venezia, una colección nueva que resultó ser bárbara. El montaje era preciso, con pocas pero contundentes obras. Nos gustó en particular una pintura de Ed Ruscha hecha para la ocasión que contraponía, espejados, los cielos de Venecia, Italia y Venice, USA. Nos sorprendió también una performance de Tino Sehgal: entrabas a una sala totalmente oscura y recién varios minutos más tarde la vista se adaptaba y te permitía, muy de a poco, empezar a divisar dos cuerpos femeninos desnudos en el piso recreando besos icónicos de la historia del arte. Una situación inesperadamente hot de la cual era extraño ser parte, pero el negro casi total te daba la tranquilidad del anonimato.

Para cerrar la jornada cruzamos a Spazio Punch en Giudecca, un lugar clave de la isla gestionado por el argentino Augusto Maurandi, lo cual ya de entrada nos devolvió el relax del idioma. Ahí el Moderno inauguraba Darkness Visible: The Long Shadow of Dictatorship, curada por Patricio Orellana y Victoria Noorthoorn. Entre el tumulto, la obra de Nicanor Aráoz te ponía el cuerpo en tensión con esa forma suya de herir los materiales: cuerpos mutantes, collage, resina y violencia encarnada. Desde esa densidad, la muestra te iba llevando hacia un registro cada vez más íntimo. En el primer piso nos encontramos con una escena hogareña y cálida: un pequeño living dedicado al Archivo de la Memoria Trans. Esos álbumes de fotos rescatados de la persecución se sentían como un acto de resistencia real y no como el fetiche teórico de un catálogo europeo. Terminamos la noche ahí, charlando con amigos y entregados a un maridaje ítalo-argentino tan impensado como glorioso: empanadas con prosecco.

Ese primer día funcionó como sintonía fina: el ojo y el oído calibrados antes del bardo.

Al día siguiente llovió sin parar. Antes de encarar Giardini, un desvío al Pabellón del Vaticano resultó ser uno de los mejores momentos de la semana. Los cupos estaban agotados, la inscripción previa era obligatoria, pero –siamo journalists!- y adentro. La propuesta ya era hermosa de entrada: recorrer con auriculares el jardín de un convento entre aromáticas, rosales y árboles frutales, con pistas de Brian Eno, Dev Hynes y compañía. Masticar las plantas aromáticas bajo la lluvia fue la capa curatorial que Hans Ulrich Obrist no calculó y que terminó de elevarme el espíritu. Salimos flotando.

Lo que vino después fue la Bienal con todo lo que eso implica: un dispositivo de sobreestimulación. Ver demasiado, caminar demasiado, procesar demasiado, o intentarlo. Y todo bajo el agua: sandalias fashion embarradas y revistas promocionales devenidas papel maché.

La muestra central, In Minor Keys, fue el último trabajo curatorial de Koyo Kouoh antes de su muerte. Su apuesta era llamativa y hasta osada para una megaexposición: bajar el volumen, correrse de los grandes gestos y trabajar desde los márgenes. Pero había algo trágicamente contradictorio en verla ahí, adentro de la maquinaria bienalista. El montaje estaba saturado, el formato te empujaba a seguir circulando y la sensación era incómoda: aquello pensado para frenar terminaba absorbido por el mismo acelere que intentaba cuestionar.

Esa tensión por momentos era todavía más descarnada en los pabellones nacionales.

Entramos a uno cualquiera buscando refugio de la lluvia. Arreglos florales gigantes, barra libre, un músico ejecutando armónicos hipnóticos que salían del fondo de la garganta. Champagne helado. Estábamos en pleno goce cuando caímos en que estábamos en Rusia. El pabellón funcionaba como una demostración perfecta de anestesia política: todo hospitalidad, jolgorio y cero fricción, como si el contexto pudiera quedarse afuera con los paraguas mojados. A pocos metros, el edificio histórico de Israel seguía cerrado desde la edición anterior, convertido ya involuntariamente en otro monumento de esta Bienal: puertas clausuradas y discusiones bajo candado como un recordatorio de que incluso una maquinaria experta en representación tiene asuntos que prefiere no exponer. Al día siguiente, protestas de las Pussy Riot y FEMEN frente al edificio ruso obligaron a cerrar sus puertas también.

A Alemania llegamos ya siendo fans de Henrike Naumann, su muerte nos había golpeado meses antes. Por un lado, Sung Tieu intervino la fachada fascista de 1938 con un trompe l’oeil de venecitas que reconstruye el bloque prefabricado donde creció en la RDA. Adentro, Naumann convirtió el interior en un living arqueológico: muebles, cortinas y objetos cotidianos de la Alemania del Este como evidencia de cómo una ideología sigue habitando el espacio doméstico mucho después de colapsar. Salimos cebados pero tristes. La primera obra suya que pudimos ver en vivo, y la póstuma.

Al pabellón de Japón caímos siguiendo un hilo de bebés de plástico en brazos de personas que charlaban como si nada. Ei Arakawa-Nash montó algo que funcionaba como un club social relajado: gente hangueando entre plantas, bebés a upa. Muñecos de juguete que pesaban exactamente lo mismo que uno real. Dani agarró uno y de repente los dos nos descubrimos sonriéndole, completamente entregados a la fantasía. El simulacro duró lo que tardaron en doler los seis kilos en los brazos y nos quedamos con la extraña sensación de haber adoptado una responsabilidad inventada.

En Grecia, Andreas Angelidakis convirtió el pabellón en un boliche de ruinas: bloques de foam con formas de templos clásicos que los visitantes arrastraban por el piso mientras la música y la luz hacían lo suyo. Al fondo aparecía montada una escena tipo local de Fiorucci en los noventas, exhibiendo remeras diseñadas por artistas queer de distintas décadas. Recorrimos el espacio como si fuesen las 2am, estimulados, un poco perdidos. En un rincón, gente sentada en la oscuridad con cara de quien ya dio todo lo que tenía. El mito de la Caverna de Platón pero con resaca.

Austria fue el pabellón que nunca llegamos a ver. Florentina Holzinger llenó su templo de performers desnudas colgadas de campanas, andando en jet ski, nadando en orina purificada. Nuestro primer intento fracasó por dos horas de cola bajo lluvia torrencial. El segundo, por la huelga masiva de artistas y trabajadores en favor de Palestina. El pabellón más transgresor de la edición quedó para nosotros como una leyenda oral.

Luego de esperar más de una hora para comer un sánguche, nos metimos en el pabellón de Estados Unidos sin mucho ánimo. Y lo que vimos no ayudó: monumentos solemnes en mármol y bronce, exceso de materia sin sustancia. Una apuesta por la permanencia que terminaba sintiéndose vacía. El antídoto exacto apareció una vez fuera del predio oficial desde un vaporetto, cuando vimos movimiento en la puerta trasera de Fondazione Prada y nos mandamos. Había una pre inauguración a la cual evidentemente no estábamos invitados, pero la credencial flasherita resolvió eso en dos minutos. Adentro: Helter Skelter, el cruce entre Arthur Jafa y Richard Prince propuesto por Nancy Spector. Exceso visual, apropiación y violencia al límite. En Love Is the Message, the Message Is Death, un archivo del gozo negro y la represión policial corre durante siete minutos sobre un tema gospel de Kanye West. Me quebré frente a la pantalla. La pieza es de 2016 y me descubrí calculando fechas, preguntándome si el delirio posterior de Kanye y el colapso de sus propias prédicas devaluaban lo que estaba sintiendo, o si tal vez esa interferencia temporal hacía que me pegara más fuerte. Fue la única muestra que me hizo llorar en toda la semana. Salimos con los ojos quemados y la sensación de haber visto un Estados Unidos, por fin, crudo y honesto.

Antes de cerrar la jornada decidimos meter una muestra más: la residencia recién inaugurada de Vincenzo De Cotiis, que por primera vez abría al público su colección privada de arte minimalista dentro de un palazzo del siglo XV. Ahí entendimos algo bastante obvio pero que Venecia te obliga a aprender varias veces: en esta ciudad prácticamente no existen los cubos blancos. Minimal Legends reúne pesos pesados del minimalismo junto a muebles escultura del propio De Cotiis. Donald Judd, Agnes Martin o Richard Serra aparecían atravesados por el edificio y funcionaba perfecto: el minimalismo se volvía inesperadamente cálido al chocar contra quinientos años de arquitectura veneciana.

Esa noche, caminando a casa, atravesamos un mini pasaje y tropezamos con el pabellón de Georgia, escondido fuera del circuito oficial. Hay que decirlo: la muestra era francamente mala, pero la onda era espectacular y había comida y bebida de sobra. Funcionó como el refugio perfecto para bajar la intensidad de una jornada demasiado larga y ya completamente desarmada por el cansancio.

Al día siguiente encaramos para Arsenale con la intención de recorrerlo todo. En ese galpón infinito los pabellones se pegan uno tras otro, sin grandes carteles, borrando las fronteras hasta que el mareo te hace perder la noción de en qué país estás. Para cuando llegamos a la segunda parte de la muestra general ya estábamos completamente disociados. Por suerte, unos ristrettos de cortesía y unos dátiles que nos regalaron en el pabellón de Omán alcanzaron para remontar el colapso. Con ese envión decidimos enfilar al pabellón Argentino, que se percibía distinto incluso antes de entrar. No era una cuestión simbólica: había algo en su peso material, literal y logístico, que se imponía.

Monitor Yin Yang, de Matías Duville y curado por Josefina Barcia, ocupaba el suelo del espacio con treinta toneladas de sal y carbón que obligaban a caminar más lento sobre un paisaje inestable que, por momentos, nos devolvía la sensación física de estar caminando por las playas de Mardel. Las paredes enteladas hundían el espacio en una noche artificial y un paisaje sonoro compuesto por el propio Duville y su hermano terminaba de convertir el espacio en algo menos parecido a un pabellón expositivo y más a un ecosistema. Producir una instalación de esa escala y sin un peso del estado es un acto de obstinación colectiva. El equipo lo celebró con emoción genuina, el logro era grupal y se sentía así. Lo que también se sentía, con una claridad desoladora, era el contraste.

En medio del festejo, la inauguración se fue llenando de funcionarios en modo safari institucional. La escena terminó de condensarse en el brindis posterior, cuando Leonardo Cifelli interrumpió a la camarera que acababa de servirle vino para exigirle, con desprecio visible, que le llenara aún más la copa, mientras ella intentaba servirme a mí.

-Ese es nuestro secretario de cultura- le dije.

La piba me miró con una lástima infinita. Me apoyó la mano en el hombro y me dio el pésame con un contundente «condoglianze».

Diplomacia cultural argentina: llevando lo peor de la ranciedad local a escala global.

Necesitábamos aire. Mientras nos alejábamos de la fiesta en dirección a la costa, metí la mano en el bolsillo y encontré la credencial. Luego de tantos días abriendo puertas con ese pedazo de plástico, empecé a sospechar que esa había sido la perfo más eficaz de todo el viaje.

Aterrizamos de vuelta en Buenos Aires agotados, cruzando el free shop medio dormidos, cuando desde los parlantes empezó a sonar «Preso en mi ciudad» a un volumen ridículo para las siete de la mañana. 

Después de una semana entera viendo países discutir quién tiene derecho a representar qué, atravesando puertas blindadas y protestas, el regreso ocurrió con una precisión que ningún curador habría podido planear: atrapados en libertad. Los Redondos sonando en zona franca.