A mover el esqueleto

por Manuel Quaranta

dibujos por Marcela Sinclair

La crítica de arte siempre contiene un plus, un extra, ilumina una particularidad de la obra que no podíamos, no sabíamos o no queríamos ver. En todo caso, hablo de la crítica que pretendo ejercer, la que me interesa, si en efecto mi práctica puede denominarse crítica. Crítica significa dar un paso más, como cuando en un partido de fútbol se dice de un jugador que hizo una de más. En fútbol, la expresión es peyorativa, en tanto el exceso individual aleja al equipo de la concreción de la meta última, el gol. Ese es el límite irreductible del deporte colectivo, hacer una de más implica perjudicar a otros. En la crítica de arte sucede lo contrario, el exceso abre la puerta para entrar a un pasillo oscuro lleno de espejos, y sin metáfora, construye un sentido impensado, contingente, arbitrario, que no estaba en la cabeza del crítico ni del artista antes de encontrarse con la obra (ningún sentido preexiste al encuentro con la obra).

Estas elucubraciones me alentaron a escribir sobre Algunos órganos poseen dobles esqueletos, de Marcela Sinclair, tratando de prescindir del texto de sala firmado por Emilia Casiva y de las referencias de la artista. Dispuse a tal fin dos reglas: demorar una semana la escritura para verificar si las obras volvían, sin que yo las buscara mentalmente, en un ejercicio de resistencia memorístico, sensible y cognitivo. La segunda regla: me largaría a escribir, como quien se tira a la pileta, privado del escudo protector de una conceptualización a priori.

Dicho sea al pasar, visité Mite el miércoles y estaba cerrada. El inesperado obstáculo triplicó mi deseo de volver, y ahí surgió la regla de escribir si y solo si las obras regresaban. Y regresaron, pero no según lo reprimido en Freud, sino que volvieron porque ellas ocupan el lugar de una ausencia. Las pinturas de Sinclair no sólo remiten a un objeto o sujeto real, a una pieza de museo, a otra pintura, tampoco suturan la herida entre presentación y representación, entre el lenguaje y la cosa, ellas son lo real.

Tomemos La danza de Henri Matisse, una pintura sólida, de franco contraste entre colores cálidos y fríos, calma y altiva; la versión de Sinclair, además de ser una remisión desviada a la historia del arte, en su sencillez monocromática anula el original, volviéndose ella misma pieza única, pero sin perder su condición de copia (o monocopia). Llamo a esta trama (no pude sostener la segunda regla), dialéctica homogéneo-heterogéneo. El tenso contraste entre la homogeneidad de la pieza de Sinclair y la voluptuosidad contenida en la de Matisse. Quiero decir, Sinclair hace con mucho, poco. Repasemos el procedimiento. La artista transforma las diversas verduras para preparar el puchero en múltiples sellos-pinceles a partir de los cuales cubre la superficie del papel con formas, en más de un sentido, simples. ¿Se acuerdan de la pregunta, cómo se puede hacer tanto con tan poco?, bueno, Sinclair la invierte, ¿cómo se puede hacer tan poco con tanto? Debe aceptar el lector quitarle a poco la carga de pobreza y minucia, aquí la inversión operada devela en el conjunto un elemento misterioso: constituirse a la vez en el todo y en la falta.

Hago notar un detalle. En el texto de sala (fracasé de nuevo) ocurre una torsión similar a la que acabo de proponer; Casiva descubre un “estilo pretencioso” en Sinclair, aunque recomienda al lector entenderlo “como un halago”. Lo anoto porque parecería imposible escribir sobre la muestra sin percutir los significados originales, tanto de las palabras como de las cosas.

Con respecto a la falta. En el centro de Mite hay una mesa servida, una especie de última cena sin comensales, donde la representación se ejecuta sobre papel de cocina (Roli-sec) que porta en sí arabescos semejantes a los producidos por la pincelada-sello de algunas verduras. Es la última cena, pero habiendo llegado un rato después de que Judas traicionara a Jesús o antes del inicio del convite.

El par homogéneo-heterogéneo se comprueba también en los temas de las pinturas, geishas, bailarinas flamencas, gauchos, tradición pictórica europea. Sinclair condensa las tradiciones y expande los materiales, hace de la mezcla su materia única; no es casual entonces el elemento duplicador en el título. Lo múltiple en lo uno y lo uno en lo múltiple. Esto se reafirma con sendos episodios que tuvieron lugar el jueves, día efectivo de mi visita, que coincidió con la presencia de Sinclair y de otros tres espectadores. La artista expone, precisa, nos guía por su universo y en un momento pregunta, casi jugando, qué figuración veíamos en una forma específica y los cuatro dimos respuestas diferentes. La respuesta correcta, según su criterio, era un canoero, y me felicitó por acertar. Acto seguido, nos mostró en la trastienda obras relegadas de la selección, entre ellas, una insiste por incorporarse a este texto, era el negativo exacto de las piezas exhibidas. Un dragón estampado con tempera blanca sobre papel negro. ¿No es esa obra, fuera de selección, el epítome de la muestra?        

Al inicio del texto, Emilia Casiva remarca que Sinclair es maestra de primaria. El dato me sorprendió, y mientras escribo se convierte en revelación, porque creo que primaria puede ser la palabra justa para definir Algunos órganos poseen dobles esqueletos. Primaria, en el sentido de original. O primario, como cuando se dice que el agua y el fuego son elementos primarios. Primario, lo primero en un orden: algo esencial.

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