Te parece más adecuado dejar el bolso en el hostel en Mestre para descansar un rato antes de ir para las islas. El dueño del hostel, Carlo, te informó por Whatsapp, en un inglés rupestre, la dirección: vía Giovanni Querini 23. Esquivando charcos para evitar mojarte, llegás finalmente al lugar pero para tu desconsuelo encontrás un local vacío. Golpeas la puerta, buscás si hay algún ingreso que no esté a la vista pero no hay nada. No tenés datos en tu celular así que no te queda otra opción que ir a un bar y mendigar un poco de wifi. Chorreando agua ingresás al Bar «Le Bollicine» donde se apiadan, te pasan la clave y te sirven un expresso del tamaño de un dedal que tomás de un trago. Te secás la ropa con las páginas de «Il Corriere della Sera» y lográs llamar a Carlo pero el celular se queda sin batería antes de que pueda decirte algo concreto. Cuando preguntás en un español italianizado si puedes enchufar tu celular te miran con cara desencajada. Te derrumbás en un sillón al borde del llanto cuando notas que en una mesa cercana una conocida curadora argentina toma un ristretto mientras habla por Skype. Por fortuna te reconoce y amablemente te ofrece usar su celular último modelo para llamar a Carlo, quien balbucea alguna incoherencia e insiste en que el hostel está en el «ventitré avanti». «¿Cómo avanti?» «¡Sì, il ventitreesimo in avanti!» exclama como toda respuesta. La curadora te ofrece olvidarte de Carlo y tomar un taxi para llegar a la isla. Parece una buena idea, pero también quisieras dejar tus bártulos en el hostel.

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