Trabajo sobre el esqueleto, no sobre la carne    

por Silvia Gurfein
dibujo por Celina Eceiza

Empecé dando clases en mis épocas de teatro y danza contemporánea. Durante los 80 hice teatro con Vivi Tellas; cuando ella decidió dejar de dictar el curso que daba en el Centro Cultural Rojas en la carrera de formación de Teatro Danza, me propuso continuarlo y ese fue el primer momento en el cual tuve que pensar un programa. Para armarlo seguí la línea de lo que se venía planteando, pero le di mi impronta personal. Siempre lo pensé como la oportunidad de brindar algo de mi propia experiencia, de mi propia práctica.

En lo que respecta a las artes visuales soy autodidacta, siempre fui muy curiosa y aprender siempre me pareció una aventura. Hay algo muy creativo en ese tipo de aprendizaje que requiere una cierta tenacidad y voluntad, porque no es el otro el que te organiza y demanda, sino que es tu propia necesidad o tu deseo lo que te hace avanzar. Creo que aprender es una actividad que no es pasiva y el autodidactismo es el colmo de eso; es ir a la búsqueda de los conocimientos o de las herramientas que necesitás y encontrar dónde o quién puede brindártelas; ya sea un libro, un maestro, una lectura, una película, una búsqueda de Google.

Cuando en 2009 pensé y organicé el taller de escritura El texto de la obra, lo hice con más años de vida y de artista que en aquella etapa del Rojas y con mucha más conciencia de mi singularidad como docente.

Observé primero mis propias dificultades y eventuales virtudes a la hora de escribir. Estructuré y sistematicé los materiales que la práctica fue ofreciéndome y eso fue modificando y mejorando el taller, pero hay algo sustancial que pensé desde el origen: siempre hacerlo desde el punto de vista del artista que está haciendo una investigación, nunca ubicarme en el lugar del saber jerárquico; lo concibo como una experiencia que precisa de la interrelación para existir. Lo construí desde la mirada de la artista que soy, me pregunté qué hacía yo para resolver ciertas cosas y desde ahí pensé cómo convertir ese camino en ejercicios. Porque el taller es como un instrumento, una suerte de artefacto práctico de ejercicios. Luego mezclé mis observaciones con lo que había aprendido del teatro experimental, con lecturas de John Cage, con las ideas de Brian Eno, con los nuevos paradigmas de la ciencia, especialmente de la física cuántica y con todas las influencias posibles, de cualquier origen, pero siempre ligadas a la experimentación y en general aquellas que incluyeran de algún modo saberes intuitivos, aleatorios y azarosos combinados con búsquedas más sistemáticas. Todos éstos han sido y son asuntos de mi propio interés como artista porque pienso la docencia como una extensión de mi praxis. Es por eso que para mí el taller es un lugar vital, porque me permite valerme de muchas disciplinas y tomar de ellas el hueso.

Gradualmente pude detectar la angustia y la dificultad que produce la escritura en los artistas; y en relación con el campo del arte contemporáneo y la creciente demanda de textos, observé el fastidio que produce el pedido de statement y proyectos, es decir de palabras en relación con la obra y entonces con todas esas consideraciones, pensé y creé ejercicios que realmente facilitaran el acceso a ese otro lenguaje y así convertir la irritación en una posibilidad de responder de modo singular a esa demanda. Creo que esta experiencia ahuyenta fantasmas y empodera a los artistas. Me pienso a mí misma como sujeto posible de aprendizaje, identificando con mucha conciencia cuáles son mis dificultades para escribir y cuáles son los beneficios que tiene hacerlo junto al obrar: la escritura habilita un área del cerebro o del alma o de la sensibilidad a la que solo se llega escribiendo. Hay cosas que solo se piensan si se escriben. Y como consecuencia, el taller no solamente es un facilitador de la escritura para los participantes, sino que brinda un instrumento único para pensar su propio trabajo. Además, tiene algo encantador para mí y es que es un espacio para pensar lo visual pero eludiendo las imágenes. Yo evito ver imágenes en el taller, esquivo la solución de resolver con imágenes. Deliberadamente procuro no tener información de la producción visual de los participantes e intento conocer su trabajo a través de las palabras. Creo que en esto reside uno de los secretos de la efectividad de El texto de la obra, eso me gusta muchísimo y me desafía permanentemente. Es como estar situada en un estado paradojal todo el tiempo. Y no solo yo, sino todos los que asisten. Es precioso ese estado para aprender.

El taller de escritura es casi como una lucha política; es mi aporte político-ideológico: quiero que los artistas recuperen la palabra, tomen la palabra y dejen de ser hablados por otros. Que sean parte del cuerpo teórico contemporáneo. Para eso hay que superar un montón de instancias y tener acceso a la escritura, que pareciera una tarea compleja, pero al mismo tiempo es más accesible de lo que realmente se cree. Es transformar una herida en un valor, que finalmente es lo que hacen siempre los artistas; dar poder a lo que parece una anomalía, un error. Ver en esa herida el origen de la potencia. Esa es la diferencia que hay que aumentar para tener una mirada propia (y una escritura propia), de ahí viene la singularidad, ese mirar único; en ese hacer único es donde reside la fuerza.

Me doy cuenta que inventar un método es parte de la actividad artística y que esa es la gracia de enseñar; no reproducir algo aprendido sino inventarlo. Inventarles una forma a las cosas, trabajar sobre el esqueleto, no sobre la carne; trabajar sobre algo estructural. Lo que yo pienso, lo pienso como huesos y los contenidos, la carne, es lo que aporta cada uno de los humanos que viene al taller y es lo que lo va cambiando.

Finalmente, lo que hace que se sostenga mi vínculo con el taller, es que es un espacio para desarrollar mi propio pensamiento, un lugar de experimentación de mis ideas, donde verifico, me permito dudar. No transmito una información, sino que más bien habilito herramientas, zonas, produzco efectos y yo estoy ahí presente pensando con ellos. Es por eso que se puede sostener; porque está vivo, es un organismo vivo. Cuido mucho la atmósfera en la que se va a producir una clase; concibo una especie de clima de confianza que permita la entrega a la experimentación, un ambiente poroso que me permita entrar a mí también. Yo soy atmosférica; en mi taller lo soy, para trabajar lo soy. Abro las posibilidades de recepción.

* Gurfein, Silvia. Texto procedente de la publicación Un Libro de Actividades. Experiencias en primera persona sobre la educación en el arte, Argentina, Ed.S/N, 2019, pp.191-194.

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