miércoles, julio 17, 2024
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Quise quedarme pero me fui

por Andrés Aizicovich

“Es un artista que viaja mucho; es exitoso”. Las dos ideas unidas como si fueran hermanas homocigóticas, separadas al nacer pero destinadas por la fuerza de los imperativos a ser una sola. El viajar no es un placer, es un éxito. Basta hacer un recorrido masoquista por las redes sociales para obtener imágenes donde el viaje y la buenaventura se toman de la mano, postales en loop repetidas hasta el hartazgo de los puntos ineludibles de cualquier guía turística. Viajar es una idea de consecución similar a la conquista del espacio (los astronautas fueron pioneros en el fino arte de la selfie, después de todo). Viajar es, para los artistas, signo de superación y profesionalidad, de cosmopolitismo; quitarse el polvo provinciano para estar en diálogo con las Ciudades Fosforescentes que resplandecen el firmamento con la Luz de la Razón. ¡Y si son europeas o norteamericanas tanto mayor es su fulgor! Un pasaporte lleno de sellos es un feliz prontuario que devela un devenir promisorio hacia… más viajes, más sellos en el pasaporte, más kilometraje… La relación directa entre la cantidad de despegues y una carrera ascendente. El artista radicante, globalizado, multicultural, políglota, adaptable y moldeable. El artista que se va de gira. El que sobreactúa sus identidades localistas para fetichizar su origen. El que se funde en las redes globales y se desentiende de las tradiciones autóctonas. El ciudadano del mundo. El trotamundos que carga en su equipaje fragmentos identitarios trasplantables a nuevos suelos.

¡Artistas! Esos especialistas en fletes y mudanzas. Rollos de pluribol, stretch, cinta de embalar, cartón corrugado. ¿Cuánto sale la hora de la Traffic? ¿Y de la F100?, ¿con un peón?, ¿cobran la vuelta? Artistas con la ciática resentida de bajar obras enmarcadas por la escalera, de descargar bloques minimalistas de concreto. ¡Artistas! Esos peritos versados en la artesanal labor de embalar y empaquetar, especialistas en las habilidades diplomáticas de lidiar con las aduanas, esos alquimistas que ante la sospecha de los oficiales de aeropuerto trasmutan con un pase de magia una pintura enrollada haciéndola pasar por un telón de escenografía o un decorado de vidriera: -“No se confunda, agente, esta noble pintura al óleo sobre lienzo de una figura geométrica danzarina y flotante es solo una cortina excéntrica que llevo de regalo a mi tía Esther, ¡de ninguna forma es una obra de arte!”, -“¡Ah! Disculpe la confusión caballero, que tenga un buen vuelo”.

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¿Y hacia donde viajan los lugares?
Lo opuesto al viaje es la casa. Y cerca de mi casa, en San Telmo, está el edificio donde vivó Gombrowicz en Buenos Aires; hay una placa que así lo conmemora. Hay una placa y no hay nada más, fuera de eso podría ser un edificio anodino como cualquier otro. Pero ahí vivió Witoldo, devenido porteño por accidente ante la imposibilidad de volver a su Polonia natal cuando estalló la segunda guerra. Como tantos otros, fue un porteño por accidente. Me gustaría pensar que alguna presencia fantasmal de su paso por la calle Venezuela al 600 persiste ¿en las manchas de humedad de la pizzería de enfrente está Witoldo?, ¿en el moho que se juntó entre las cerámicas del frente del edificio? Ya no es la casa de Gombrowicz, donde redactó las páginas de su Diario Argentino, donde rayó la obsesión traduciendo al español Ferdydurke con un diccionario polaco-español de bolsillo y complotado con una patota de entusiastas. Ese lugar ya no existe, es otro. Por Airbnb se ofrece actualmente ese departamento para turistas (vaya paradoja). El anuncio reza “Gran terraza, wi-fi, cerca de bares y restaurantes, zona turística, todos los medios de transporte. Apartamento cálido y luminoso donde vivió el famoso escritor polaco Witold Gombrowicz, a partir de 1945 a 1963. Yo le haré ver la casa y el dormitorio donde vivió ¡Usted no puede aburrirse!”.

En Mi enemigo íntimo, el estupendo documental sobre la tormentosa relación entre Werner Herzog y Klaus Kinski, el director vuelve varias décadas después a la pensión donde ambos convivieron fugazmente. Mientras recorren los ambientes, Herzog recapitula las andanzas desorbitadas del actor, quien llegó a cubrir su habitación con hojas de árbol secas, se paseaba desnudo practicando sus líneas y destrozó el baño en un rapto de delirio y vanidad. El burgués matrimonio que recibe a Herzog y su equipo parece sonrojarse de incomodidad ante la idea que semejante barbarie aconteciera en su toilette decorado con volados rococó y jabones con esencia de lavanda.

En la misma calle Venezuela donde habitó Gombrowicz supo estar la galería Appetite (ahora es un local de juegos de rol). A pocos metros, estuvo Wussmann (ahora es un gimnasio donde se practica Cross-Fit), y enfrente estuvo Zavaleta Lab (ahora es una tienda de antigüedades). En un elocuente signo de los tiempos, en el espacio palermitano donde estaba la galería de Braga Menéndez ahora hay un supermercado Día%. En la misma cuadra, sobre la calle Humboldt, hay dos locales de Milo Lockett. ¿Qué hay ahora en el emblemático subsuelo de Florida al 1000?, ¿una extensión del estacionamiento? Díptico, la reciente muestra de Jorge Macchi en el nuevo galpón de Ruth Benzacar propuso un juego metafísico y espacio-temporal similar: la incrustación de una suerte de maqueta de madera en escala 1:1 del viejo recinto subterráneo de Retiro en el cubo blanco de la galería actual, en Villa Crespo. Antes, la muestra de Juan Reos en Atocha enarbolaba cuestiones afines; los fantasmas nostálgicos de las translocaciones, flujos y movimientos espaciales. ¿Dónde era exactamente el Instituto DiTella, cuna de los lenguajes que aún nos empeñamos en desentramar?, ¿en qué baño del microcentro Alberto Greco escribió Greco puto?, ¿y el Bar Moderno, donde en largas tertulias se planearon las aventuras vanguardistas de la desmaterialización de la obra?, ¿qué hubo en esos sitios antes de ser espacios neurálgicos de la mitología del arte argentino? La voltereta espacial de estas preguntas conlleva a la idea de la memoria no solo como una misteriosa sinapsis eléctrica de nodos neuronales, sino como espacio físico; un volumen tridimensional y tangible que habita este plano y cuya presencia reticente es palpable aun cuando desaparecen las marcas que lo volvieron significativo. ¿Qué quedó de todos esos lugares? Aunque ya no están, siguen ahí, como miembros fantasma. Todo lo sólido se esfuma supieron coincidir Marshall Berman y Roberto Jacoby desde la inmortal voz de Federico Moura en Polvos de una relación.

Como Gombrowicz, Marcel Duchamp vivió en Buenos Aires (aunque por un lapso mucho más breve). Destino recóndito y exótico, antes de embarcarse en el trasatlántico SS Crofton Hall, dibujó un mapa donde una línea zigzagueante conectaba Nueva York (ciudad donde habitaba tras su exilio) con la capital argentina, demarcada con un enorme signo de interrogación (?). Poco se sabe de su estadía en la calle Alsina al 1700. Con espíritu de expatriado, ocupó su tiempo jugando al ajedrez, compró lentes para sus experimentos ópticos, trabajó en una obra que regaló a su hermana como obsequio de bodas. Es posible imaginarlo recorriendo la calle Florida e indignándose al ver relamidas pinturas telúricas en la galería Witcomb. Sí es sabido que al llegar a la ciudad que, en sus palabras, n’existe pas (no existe), llevaba entre su equipaje algunas notas para El Gran Vidrio y una obra portátil que podía ser instalada en cualquier parte; la Sculpture de voyage (Escultura de viaje): unas tiras de goma de gorro de baño que se elastizaban formando redes y tramas que bien podrían asociarse a los actuales gráficos donde las aerolíneas trazan los recorridos de los vuelos internacionales.

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Y ahí están Viaje al Fin de la noche de Cèline, El corazón de las tinieblas de Conrad, En el camino de Kerouac y las crónicas de Hunter Thompson. Están Julio Verne y Tintín. Jack London y Melville. Charles Darwin e Indiana Jones. Están las road movies y la senda Voyager. Están Ulises y su Odisea y los paseos turísticos por el Infierno en la Divina Comedia y el bebé de ojos saltones viajando por el espacio al final de 2001. La magdalena de Proust. Preparación para el amor de Leticia Obeid. Zama de Di Benedetto. Francis Alÿs y Cándido López. El holandés errante. Están Thelma y Louise. Peter Fonda y Dennis Hopper en Easy Rider. El viaje a la Luna de Méliès. América (o El Desaparecido) de Kafka. Moritz Rugendas, el pintor viajero, en la novela de César Aira. Los diarios de motocicleta del Che. El pueblo de Israel guiado por Moisés vagando cuarenta años por el desierto durante el éxodo.

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Ahora estoy por viajar y no sé qué esperar. Viaje accidental, deseado pero no buscado. No precisamente forzoso, pero tampoco del todo fantaseado. Me embarco hacia el viejo continente como hizo Pettoruti, para importar a mi regreso al país las nuevas tendencias, ¡para iluminar a este continente de bárbaros con los lenguajes modernos!, ¡a cubificar Buenos Aires! ¡Futurismo para todos y todas! ¡Hop! ¡Iconoclastia, manifiestos, ideas radicales! ¡Hop Hop!
La fantasía de una vida móvil y mutante, del nomadismo, de la transformación, de la reinvención. La vida del bohemio y del forajido, del desterrado, del vagamundo, del marinero. Viajar es también el desarraigo, las inmigraciones forzadas, las deportaciones. Viaja el flaneur urbano, el turista, el exiliado político. La diáspora es una forma desangelada de viaje. Vivir sedentariamente en Buenos Aires implica también de por sí una plétora de viajes.
Viajar para conocerse, viajar internamente, viajar para mudar de piel. Viajar para vaciarse, para despojarse de lo que ya no sirve, de lo que acarreamos. Viajar para tirar papeles viejos. Viajar para volver. Lo mejor de irse es volver. Lo mejor de viajar es la imposibilidad de volver, porque siempre se vuelve transformado.

Volvemos a Duchamp y su viaje inverso; de la Nueva York que hace un siglo desplazaba a París como ciudad faro, epicentro cultural de los lenguajes renovadores del arte a Buenos Aires, metrópolis en ciernes, aún en búsqueda de su identidad entre vanguardista y tradicional. ¿Pero por qué Buenos Aires? No se sabe qué buscaba en la capital más austral de Sudamérica, pero sí que planeaba volver irreconocible; «La próxima vez que me veas», le asegura en una carta a su amigo Jean Crotti, «habré cambiado bastante». Quizás encuentre ahí la vocación final del viaje: la transformación, la porosidad al cambio, el modelarse internamente como la más etérea de las esculturas.