No importa cómo escribir


por Juan Gabriel Miño 

dibujo por Nahuel Vecino

Salí de casa apurado, saqué la basura y no agarré el cuaderno. No sudo, ya está; camino torpe mientras voy cruzando Warnes. Tengo el pelo con una capa de pegote graso, producido por la calefacción, de la estufa eléctrica, resbalándome por la frente. De cerca, se escuchan las vías del ferrocarril San Martín golpeando las chapas que conducen al tren. Estoy yendo al taller de Francisco Garamona. Me olvidé el cuaderno, otra vez. Ese en el que vengo anotando las cosas que me estallan en el cerebro. No tenerlo me hace dudar. Abre la desconfianza en mi memoria. Desde chico sostengo que tengo una amnesia frágil, no es notoria y  tampoco ningún profesional la pudo exponer, pero yo sí la observo. Me gusta patear así, sin tiempo; estar con prisa y hacer parecer que a mi vida la ocupo con las cosas que elijo. Vengo tarde pero le meto a la caminata. Doblo por Nicasio Oroño; y a las tres cuadras ya doy con la esquina de Maturín. Estoy acá. Llegué roto. Tengo los ojos trompeados por las pantallas del trabajo. Casi que me chorrea sangre por la membrana ocular. Estoy agotado y destemplado por chatear en las gestiones. Ningún miércoles logré ser puntual y hoy no es la excepción. Las horas no las controlo. Terminé la jornada en el laburo y caminé. Deambulé errático con un destino claro: La Paternal. 

En un sillón azul, de dos cuerpos, está Francisco; sentado con las piernas cruzadas, con el gemelo derecho que se sostiene sobre la rodilla izquierda. Este cuadro se me repite todos los miércoles, como un déjà vu del déjà vu: Francisco / sentado / con las piernas / así / moviendo los brazos / buscando cosas en el aire. La luz es fría. Viene de tubos peligrosos que no ceden calor, la calidez pareciera que va a supurar del vino, de nuestros labios y los dientes morados.

Asisto a este taller con un anotador, además de mi cuaderno amarillo que hoy no tengo. Se trata de una libreta verde, medio hippie, que uso en mi terapia personal. Entonces lo que hago es intervenir anotaciones que saqué de la sesión con mi psicóloga en un ft. de frases que me suministran Francisco y mis compañer#s. Cada encuentro lo tomo como una nueva forma de pensar el modo de vincularnos. Un revelado de la actuación entre quince monos que se encierran en un local, con piso de mosaico granito, para leer, reflexionar, amarse u odiarse. Es invierno y el frío se trafica en los dedos. La cabeza retumba. En algun#s hay cansancio, en otr#s hay enojo. En otr#s, quizás, asombro pero sin embargo tod#s estamos, nos juntamos arrimándonos a un fogón impalpable. El alcohol un poco nos iguala y, también, parece guiarnos hacia estados menos definidos. Algo nutritivo después de tanta vida orquestada. 

La sede de No importa cómo escribir se ubica en el Local de Artes Recientes, un espacio metido en el ojo de un barrio porteñoso, zaparrastroso y cool. Con la mirada contemplo a este barrio como una parte de la ciudad dañada, en un buen sentido lo digo. Dañar una ciudad, cortarle las piernas a la urbe feroz me parece la gloria. Cuando era adolescente era muy del conurbano, vivía en el conurbano y era tan del conurbano que no conocía la posta de la Capital. En esa época tenía una amiga bien cheta que iba a un colegio alemán, al Pestalozzi. Y otro de nuestros amigos era de Pater, por lo que ella todo el tiempo decía que su papá no la dejaba ir a lo de Julián. Porque ahí cerca quedaba La Isla, yo no sabía qué poronga era La Isla, dónde chota estaba La Isla. Sigo sin conocerla y sin la capacidad de poder ubicarla dentro de Paternal, pero ya no me interesa. 

Solo me interesan mis dramas y lo que estructuro para surfearlos. Salgo, hace un tiempo, con un chico que tiene problemas de adicciones. Esto aún no lo sé con certeza, en esta fecha, en donde se ubica la crónica de este taller, no lo sé; es algo de lo que me voy a enterar en un par de meses aunque ahora sí lo perciba, mi cuerpo lo nota y tensa. Y eso, más sumados unos conflictos familiares, me van llevar, en un tiempo corto,  a mi primera consulta con una psiquiatra. Lo que sí veo ahora es miedo, un miedo constante. Estoy en un momento en donde no me puedo hacer cargo de lo que me pasa y solamente me acecha un temor, una amenaza, palpitaciones que se perpetúan en el fondo del pecho; como un charco que empapa el suelo por el goteo de una canilla rota. Camino y sufro, como y sufro, tomo un mate y sufro, me río y sufro. Un constante acelere emocional con el que pareciera haber aprendido a convivir a lo largo de mis años. Venir a este taller me concentra, me ubica, lo tomo prestado como algo que me ancla para bien. Cumplir, escuchar a otr#s y hundirme en imágenes rotas que saben navegar dentro del humedal de la vid morada. 

LAR puso la base para que la cosa suceda. Francisco puso su cuerpo, su intelecto y emoción. Él no tiene ninguna retribución económica por hacerlo, algo lo colma y no es dinero. Él es medio sacadito y lindo;  se presta a que el quilombo suceda, un encuentro semi trash en un ritual de sentarnos en ronda, con un montón de otr#s, a tomar y a escribir o escucharnos. Un miércoles propuso, con una carcajada maldita, que estaría bueno hacer un taller de silencio, en donde podríamos darnos feedbacks pero solo a través de la telepatía. Lo dijo en chiste, con sarcasmo; siento que algun#s no lo entienden cuando hace chistes, pero a mí me encanta que los haga después de tanta solemnidad alrededor de la escritura. Francis un poco nos boludea y se boludea, algo sincero que en lo personal me calma. Lo veo y sonrío, siempre. Le miro los ojos y le sonrío. Para mí Francisco es un ángel bebé, y a este término se lo afané hace unos días; lo robé de una de sus propias canciones que está en el disco que sacó el año pasado, Hemisferio Aparte. 

Caro es una joven de piel muy blanca, tan blanca que parece una vampira. Esa noche, Carolina, nos lee en voz alta una cosa que escribió. Un poema que nació de otro poema, algo que improvisó en pocos minutos. No nos mira mientras va sacando su voz carrasposa, diciendo: El momento más triste de la vida / está lleno de viejas de pelo largo / tratando de peinarse. / Hay nudos muy fuertes / que sólo se sacan / arrancándolos. / No se pueden dejar en la ducha. / Es triste, pero / hay que agarrarlos, / armar una especie de peluche / -qué triste- / y tirarlo a la basura. / No tapar la ducha, / se tapa igual, / con el tiempo / se tapa igual / por acumulación. Francisco pregunta ¿Quién ganó?. Es obvio que Caro, nadie podría negarlo. En ese encuentro, Caro se lleva 900 pesos que vamos juntando entre tod#s. Sacando, lentamente, nuestros monederos roñosos para tirar algunos billetes un tanto manchados y otros un poco más decentes. Todos los miércoles juntamos guita para que algun# disfrute de un montículo monetario y para que haga con eso lo que quiera. Ese es el ganador y la ganancia. Con esa miseria “el ganador” puede viajar en taxi hasta su casa, si es que vive medianamente cerca, o comprarse dos porciones de pizza y a la cama. 

Francis. Francisco. Un hombre que planea atentados para generar lo disruptivo con la forma de un antitallerista y un antihéroe. No importa cómo escribir pero se escribe igual. Se le ponen palabras a lo que no tiene, a lo que todavía no fue nombrado o a lo que ultra-recontra-archi ya se nombró. Se lo hace con violencia, con una implicancia necesaria. Un museo de huellas, más o menos dignas, que aparecen en el intento de no morir o de aniquilar algún mal y sobrevivir, un día más, en este maremoto de la realidad.    

Hay preguntas idiotas que estrellan los vidrios del taller, preguntas incorrectas como si “¿Todas las putas son lesbianas?”. Alguien dijo que existe un odio profundo de las prostitutas hacia los tipos por el hecho de tener que cogérselos por guita. ¿Realmente eso se puede afirmar? ¿No la estaremos pifiando demasiado? Pareciera que escribir es como hablar y entonces cobra un valor pero no. Porque acá, en este taller, se afirma como un acto de fe, se juega con un límite que se fuga entre lo border y la libertad. Helena, una ex militante troska, tiene una metralleta literaria. Un pulso dislocado y terco. Nos vomita para bien, es necesario que alguien traiga la densidad y el trabajo. Porque ella se fija en eso, en trabajar. Exige novelas, las exige demandando esfuerzo, algo con lo que me gusta coincidir. Tanto las exige que impulsa un tono prepotente. Francisco le dijo que no pida tanto, que ella es una novelista infiltrada en un taller de poesía. Disfruto de las provocaciones que circulan y, también, me gusta Helena. Su statement se defiende en la insistencia. Es una empecinada con una dureza magistral que atrapa el sinsentido de much#s. Según el título de nuestro taller, la escritura, acá, no debería tener una relevancia fuerte, idea que suena perfecta pero a tod#s, de uno u otro modo, nos afecta escribir y ser leíd#s. Nadie no quiere ser amad#. Yo casi que no escribo, hago garabatos y anoto estupideces. Sonrío y me embobo con la bebida. No me importa estar escribiendo mal si por lo menos puedo distraerme un poco de esta angustia, dice Pablo Pérez, en su novela, Un año sin amor. Hoy me siento algo así: un tanto chanta, un tanto protegido. Una vez Facundo leyó un cuento de un burro en el que no me pude concentrar nada de nada y no me molestó, supongo que a él menos. 

No importa cómo escribir me trae a Vicente Luy con su Escribir no es importante, una asociación más que evidente y tonta. Reverbero en Luy mientras él me susurra, bajito al oído: Mi poesía no va a salvar a nadie. Y le respondo que tiene razón pero que recién ahora lo estoy entendiendo, eso de que nadie va a salvar nadie. Un miércoles, Francis dijo algo parecido. Se refería a que nadie puede cuidar a otr# más que un# a un# mism#, y no lo decía de un modo egoísta sino que se trataba de un cuidado que nos excede porque abarca el dolor ajeno. Y con todo esto no puedo dejar de pensar en el pibe con el que salgo y en sus mambos y en sus adicciones. Pienso en mi psicoanalista diciéndome: vos no vas a salvar a nadie. En mi psiquiatra recetándome, cada doce horas, migajas de clona. Pienso en mí mismo llorando en un almuerzo familiar y durmiendo la siesta en la cama que era de mis xadres.  

Abril es el mes más cruel, hace brotar lilas en la tierra muerta, mezcla memoria y deseo, remueve lentas raíces con lluvia primaveral dice T. S. Eliot en un lamento contra la vida, lo lee Francisco caminando en círculos, lo empuja hasta nuestros tímpanos. Yo anoto y Eugenia, con campera de jean, también anota. Vaya a saber un# qué poronga nos gusta puntear, en mi caso es un llamado a la concentración. Lautaro acaricia un cuaderno A5 que tiene motivos de animales de la selva, un cuaderno que obliga a viajar. Por un segundo me distraigo del texto y noto que Manuel está descalzo. Qué cómodo se debe sentir o cuánto deseo de arrojar la ropa tiene. Termina el poema y quisiera que me tumben. Ando con una agonía existencial insoportable, estos últimos años descubrí que tengo una melancolía escondida en forma de fiestero de los años 2000. Mis festejos los vivo como un menemista en un crucero que al otro día derrapa con la cara que se hunde en las almohadas de las que no logra salir. 

Nico está sentado en el sillón, al lado de Francisco; ayer fue su cumpleaños. Sol es joven y seria. Desirée nunca entiendo cuándo viene, cuándo llega, cuándo no está y cuándo está. Helena tiene una pollera cuadrillé con medias negras y camiseta negra. Alguien pregunta al aire si existen los poemas sensualistas. Nadie responde pero Francisco dice algo así como todo es escritura y nada es escritura. Lo miro a Nico y escribo: Qué lindo que es Nico. Después de eso escribo: Hay que domar la noche, aprender a dominarla y cómo cuesta. Cada encuentro tiene un final incierto, la oscuridad puede ser cooptada por Baco y empujarnos a atravesar las horas de la madrugada en La Internacional, lugar en donde algún extranjero se dio el placer de quebrar en el piso, o sino caer en un cumpleaños ajeno, en una galería, en donde siete ex se reencuentran con un actual o, tal vez, terminarla como pordioser#s en el bar que tiene el ping pong al fondo con un reggaetón antiguo sonando al taco. Siempre está la posibilidad de tomarse el palo, hacer bomba de humo y amanecer muerto al día siguiente. 

Ayer vi una foto en el Instagram de Francisco que me gustó mucho. En ella hay un cielo rabioso, con el atardecer cayendo y las copas de dos árboles secos. El aire, como un paraíso, se rompe entre nubes que no existen y todo se difumina en un rosa profuso. En el epígrafe de la foto, Francisco nos dice: Camino al taller. Y debajo, hay nueve comentarios que acompañan a este posteo:  

Waw | El cielo de Fran | <3 | Cielos de Paternal | <3 | <3 | Fuego -emoji- | Herramientas + Martillo + Tuerca + Tornillo -emoji’s- | <3<3<3<3<3<3 | Camino al cielo

No importa cómo escribir sucedió desde junio a septiembre de 2022, en el Local de Artes Recientes, espacio que coordina Belén Coluccio y Lucas Martinelli.

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