Maresca: mientras tanto

por Santiago Villanueva

dibujo por Pablo Rosales

Venimos pensando colectivamente a Maresca desde hace mucho, este libro instala eso. Se podría llamar “Mientras tanto, mientras tanto”, cuando lo lean van a saber por qué. Juan escribe oraciones cortas. Investigando, mientras escribe, qué le pasa -o que nos pasa- con Maresca. Historias con finales a medias, dice. Una biografía sin miedos. Sin miedo a ser cariñoso, a decir cosas de más, a volver a Maresca otra cosa. Un lugar hecho, o que pensamos un lugar común: ¿qué es saber vivir? Este libro trata sobre eso, y su hipótesis es: Maresca supo vivir.

Parece que Juan conoció a Maresca y luego de un black out vuelve a recordar. Recuerda a través de otrxs, o con ayuda de otrxs, lo que también le hubiese gustado que ella sea. Maresca rescata a Juan de algo, que no sabemos muy bien qué es (Juan no rescata a Maresca). Rescatar condena, ser rescatado empuja. Maresca lo empuja, ella es para él su auténtica vanguardia. En el proceso de ligar pasado y futuro Juan dice  “lo que me cuesta decir”. Repite “me doy cuenta”, como si frente a la computadora fuera reaccionando a cosas que todavía no había imaginado. Dice: “queda lo que descubrimos sin querer o lo que curioseamos”. “Tuve que escribir este libro”, dice Juan. Su testimonio tenía “un rincón tapado por una lona imaginaria”. ¿Qué pasa cuando las obsesiones no se pueden explicar del todo? Se escribe un libro como éste, para hacerse una idea, como dice Juan. Es un libro de los que se piensa escribiendo, los grandes datos y las pequeñas anécdotas son el ancla para que Juan pueda delirar un poquito más y entrar en “estado Maresca”, que no es más que un estado inventado por él, con sus propios límites, con todas sus ganas. Un estado de bolsa de consorcio o de bolsa de compras. 

La mirada se distrae y va a murales que dicen “vigor y ternura”, a bares de la época que todavía funcionan, a los que iba Quinquela, a los que también iba Maresca y que hoy están. El libro es también una guía de lo que está y de lo que no está, los edificios que se tiraron abajo, los parques en los que hoy se hacen fiestas. Un libro sobre hacia dónde hay qué ver, sobre la posibilidad de decir grandes cosas, tocar grandes temas, y seguir. Eso es perder el tiempo. Un libro sobre gastar el tiempo, un manual para gastar el tiempo, como Maresca. Agregar nada a la nada, diría Maresca, que es lo mismo que “durar en la ilusión”. La obsesión de una época, de un grupo de personas dentro de una época, que también quieren escapar de su época, inventando algo de épica en otrxs que no están, que no se pueden defender. Cansados de escuchar sobre Maresca, pero con muchas ganas de hablar de ella: eso es una obsesión de época. Obsesiona quien no se entiende del todo, quien abandona algo, quien deja cosas sin terminar, quien cambia todo el tiempo de perspectiva, quien usa la palabra de una manera somnolienta.

Este libro, aunque no lo dice directamente, pone a Maresca como artista popular. Con esto quiero decir varias cosas. Juan le dice una “anarco-barrosa con procedimientos antropológicos”. Yo le sumo también una artista de “la belleza de los otros”. Ticio Escobar dice que el arte popular y el arte experimental no son tan diferentes: El último cuestiona un concepto restrictivo del arte, el primero también. Los dos cuestionan las convenciones. Maresca es un poco una artesana experimental: la amante del montaje de la fiesta popular religiosa, colectiva, con función social y función sensible. La del montaje para la foto, pero sobre todo la artista del desmontaje: cuanta menos ropa mejor. Maresca para Juan es una artista “entre”. Entre Perlongher y Pizarnik, entre Marcia y Gumier, entre la isla y las sierras, entre Villa Gesell y San Telmo, entre los 80 y los 90, entre monja y puta, entre el vigor y la ternura, entre artista de la textura y artista  conceptualoide (o una artista conceptual de la textura). Es una artista que cabe en un hueco o, mejor dicho, que forma un hueco entre generaciones, entre amistades, entre instituciones. El hueco sería lo que contiene por casualidad, lo que por deforme llega a ser guarida o refugio. Maresca es una artista del hueco, y el hueco mismo podría ser esa larga y permanente teoría de la amistad que es la vida y obra de Maresca y de la que Juan hace un teatrito con su libro. El hueco tiene que ver con usar una cosa para hacer otra. Juan usa la biografía para otra cosa, también usa a Maresca para otra cosa. La idea del “al revés”, que puede aplicarse a muchas cosas en Maresca: alquimia al revés, conceptualismo al revés, existencialismo al revés, carnaval al revés, menemismo al revés, enfermedad al revés. Si el libro fuera un guión, podría empezar con una escena de Maresca diciendo: “en el 73 era una tonta”. Parece una obra de Iuso pero Juan encuentra la frase en boca de Maresca, en un video que hizo Adriana Miranda. 

El libro se amarra en otros dos: Gumier y Jacoby. Jacoby y Gumier sirven para mirar a Maresca: los tres se entregan al presente. Parece algo común a todxs, pero no lo es. De Jacoby aparece una de sus series más raras “Cinetismo fácil para un mal momento”, una serie que podría ser un tanto maresquiana, cuando le imprime un humor carnavalesco a la frialdad de un Le Parc. De Gumier cita lo que muchos no se animan a decir: “el Arte Puto”. Dice: “que expliquen qué es ese arte y que digan si creen que el arte se ha putizado”. Me encanta. Aparece una definición de curaduría que nunca había escuchado: curar es convertir la artesanía en arte, o al revés. “Teoría de los sótanos”, uno de los títulos más lindos dentro del libro, es una mini-teoría de cómo armar grupos sin nombre, sin la necesidad de tener que llamarlos de un modo o de otro, sin miedo a disolverlos. Es también una teoría del ambiente, del ambientar y de la ambientación. 

Aparece la pregunta: ¿qué del punk? El punk de Maresca es el de Alberto Heredia, un loco del enchastre y la pornografía: “Los verdaderos punks no se disfrazan, sobreviven más allá de la General Paz, marginados en serio”, dice. Suena un “Sea marginal, sea un héroe” de Oiticica mezcladito con un “Sin disfraz” de Virus. Juan habla del enigma de la fiesta, y desde las primeras páginas se instala más bien un “fin de fiesta”. Jacoby diría que “hubo fiesta porque algo se quebró”. Ana López define muy bien el punk en el libro: “no nos venía bien nadie, éramos un asco”. Punk es no tener centro, el libro gira todo el tiempo alrededor de la “no centralidad” de Maresca, la dispersión es lo que con el tiempo la convierte en centro de algo. Centro es lo que dice de Batato María Moreno, que Juan cita: “con solo mover la reposera instala la metafísica”. El centro pasa a ser lo que no se identifica y es bisagra de algo. Es el “no me sale, pero quiero”. Maresca como hada de “las cuerdas del frenesí”. “El poder del demonio reside en la partes privadas de los hombres”, decía un manual de brujería del siglo XII. Maresca pasa de monja a bruja que juega con los trocitos de carne que quedan pegados a los cajones de los muertos. Marta Dillon contó que cuando salió el librito de poemas de Maresca, en 2006, los editores omitieron el poema lésbico “Quiero morir entre tus tetas”. Pensé que también sería un lindo título para el libro de Juan. Le agradezco a Juan, el de los datos raros, que haya contado que César López Claro, un artista extraño de Azul, vivió en el Marconetti (o en el Narconetti). 

El arte de Maresca, dice Juan, se compone de su capacidad de mirar y caminar. Esto se podría aplicar al arte de Juan, también. En la Maresca de Juan: lo más importante es la cosa. En la Maresca de Juan: lo más importante es “darlo todo”. En la Maresca de Juan: el estilo NO está en el centro. La Maresca de Juan es: “la del trabajo con los objetos de la banquina (de la vida y) del arte”. La Maresca de Juan es la misma que imaginó El Búlgaro: la piquetera. 

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