Cuando la vida copia a Internet

por Javiera Pérez Salerno
@bicivoladora 

Nadie sacó el teléfono durante las tres horas que duró el Vivo de Instagram. Por eso, si queremos saber qué pasó esa tarde de domingo en Espacio Qi hay que recorrer las pocas pistas que quedaron: retratos dibujados de los asistentes, impresiones láser, corazones de cartulina recortados en bolsos y bolsillos o los bytes que quedaron en el pen drive mental, ese espacio donde alojamos las cosas a las que les prestamos verdadera atención. Tampoco quedó registro en ningún feed o storie destacada, otra de las premisas era no subir nada de lo que sucediera esa tarde. No fue fácil seguir la regla principal, todo dentro de ese galpón cuadrado resultaba deliciosamente instagrameable y compartible. Pero pasado un rato, se volvió  lo más normal del mundo estar caminando y charlando sin sacar ninguna foto ni estar en dos lugares a la vez, el virtual y el real, que a veces son el mismo. 

“¿Sentís una angustia alienante cada vez que entrás a Instagram pero a la vez no podés dejar de entrar? Nosotrxs también” Los carteles en las paredes se preguntaban lo mismo que muchxs de los que estábamos dando vueltas por ahí. Y en esa angustia generacional y compartida por todxs fue la base para arrancar: “Sentimos un poco de soledad y aislamiento con el uso de instagram pero también tenemos la contradicción de tener que mostrar ahí las cosas que hacemos, por eso se nos ocurrió hacer este vivo”, dice Naná (Natalia Ghergorovich) sommelier de golosinas e inventora de @estilo_nanaa, un lugar desde el que también hace videos, edita libros y lanza experimentos con las redes sociales desde hace tiempo ya. 

Hoy Instagram es central en nuestra forma de compartir, de amar, de coger, de comprar pero también de darnos a conocer y mostrar lo que hacemos. Si no está en instagram, quizá no exista. Internet reinventó lo vincular y nos impuso sus propias reglas.  Pero ¿qué pasa cuando llevamos al plano real todo eso que nos gusta del virtual? En la traducción analógica se puede volver a las fuentes, a la reconexión con el otro. A palpar, ver los trazos, la producción, los tiempos, a abrazar y besar en vivo.

De lo digital a la vida analógica.
De afuera parece una kermesse. Una mesa larga, en forma de U, donde un instagramer al lado de otro muestra lo suyo. En ese espacio pequeño y personal, del tamaño de una cartulina blanca, cada usuario expone sus maravillas diarias. Instagramers coleccionistas disponen sus objetos a la mano de los paseantes, que los exploran de cerca. Como si pasarámos rápidamente las stories, una vuelta por la kermesse dispara el panorama, una exposición de golosinas, de dibujos, de poemas, stands extraños sobre cualquier cosa, esculturas con juguetes, álbumes de fotos Kodak para recorrer, instalaciones para escuchar con auriculares, libros para hojear. “Buscamos gente que en general no expone, esas personas en las que todos los días vemos una sensibilidad especial pero que por ahí no son artistas, o no se reconocen así. Había todo tipo de usuarixs. Incluso le dije a mi mamá si quería postear, porque hace unas toallitas bordadas divinas, pero al final no quiso. La idea era que participe mucha gente y de lugares distintos”, explican las organizadoras, entusiasmadas. Como en cualquier feria, en el Vivo de Instagram todo se podía ver y tocar. Pero a diferencia de cualquier feria, el intercambio no era con dinero sino de amor:  si te gustaba algún posteo podías reaccionar dejando corazones recortados recibidos al entrar. Con post- its y lapiceras de colores posteabas tus comentarios a mano y si querías mandar un dm tenías…papel y sobre para hacerlo 😉  

Durante los “vivos” las anfitrionas recorrían el espacio micrófono en mano anunciando las atracciones de esta feria desordenada. “¡Está a punto de comenzar un vivo en el puesto de @flaviacalise!”. Y todos corrían a su espacio para escuchar un poema y “reaccionar”.  Hubo cortes de torta, degustación de mashmellows, retratos dibujados, la ceremonia japonesa del té de Malena Higashi (@ekekochi) y hasta una fiesta con luces de colores, inflables y el sorteo de un New Age comandada por @marinafages. De todo, sucediendo todo el tiempo, como en Instagram.

Además: espacios donde ponerse filtros analógicos como alas, anteojos, brillos. ¿La selfie? Un espejo donde observar el propio charme. Un muro donde hacer tus propios memes y fondos japoneses y paradisíacos para simular que estabas de viaje por el mundo (“¡Viajá! ¡No esperes a que baje el dólar!”, decía la invitación.) 

La tarde también tuvo momentos de tensión. Desde el micrófono se anunció que alguien había pedido reportar una publicación. Se cortó la música y hasta las mismas organizadoras reconocieron que no sabían cómo actuar. Decidieron recibir la queja por privado (papel y sobre) analizarla y expedirse. Pero, por supuesto, como en Instagram, nadie se preocupó por qué pasó después. 

“Para la organización era importante que no se pudiera subir ni sacar fotos, porque reafirmaba eso del lugar presente. Nos interesaba más que la gente lo viva ahí. Aunque sé que algunas personas sacaron fotos de contrabando”, dice Naná. Y este volver a reconectarse sin el celu de por medio, transformó al Vivo de Instagram como un espacio sensorial para conocerse, ver a lxs otrxs, conocer a lxs pibes y pibas que likeás y ver las cosas que te gustan de primera mano, sin mediación. Ojalá se vengan muchos Vivos más 😉 

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