El vértigo de lo lento

por Dalia Cybel

dibujo por Lino Divas

Ni bien atravesamos la doble puerta vidriada de la Fundación Santander, enclavada a metros del Parque Lezama, las obras de Mónica Millán nos abrazan. Los sentidos se agudizan para recibir esa cálida estrechez. Se trata de un abrazo mullido, envolvente. Un abrazo que recuerda el arrullo de un poncho tejido en pleno invierno.

Dentro de la muestra, que comparte el espacio con la sala de conferencias del banco, la mirada podrá juguetear entre los textiles colgados, las mantas apiladas y las esculturas de barro, copiadas a mano por la artista de los Tacurú, hormigueros de la zona de Misiones. Tras uno de los paneles se distinguen pequeños objetos cocidos que sobresalen de la pared como enamoradas del muro. Estos son llamados “cositas” por la artista, en referencia a las “cosas” creadas por el artista plástico Rubén Santantonin, co autor de la resonada “Menesunda”.

Las obras que se exponen en la muestra “Guyra ka’aguy/ Pájaro Salvaje” podrán visitarse hasta el mes de noviembre en Paseo Colón 1380. Curada por María Laura Rosa, la exposición trabaja con los textiles de las tejedoras del pueblo paraguayo Yataity del Guairá, considerado la cuna del tejido y el encaje Ju. La actividad de la comunidad comprende todo el proceso: desde la siembra del algodón hasta los telares manuales que permiten hacer los encajes y piezas bordadas. “La permanencia de la artista en el pueblo y sus viajes por la región la llevan a creaciones en donde los reinos mineral, vegetal y animal son protagonistas. Sus obras muestran el atento contacto con la naturaleza de las sierras Ybyturuzú, las orillas del río Paraná o el monte de su Misiones natal”, explica Rosa en el texto de sala. 

“Pájaro salvaje” es un manifiesto sobre la libertad. Sus imágenes combinan la minuciosidad de la naturaleza con la fragilidad de la vida. Tapices con dibujos y relieves, tramas con silencios y sonidos, formas abigarradas y limpias. Figuras orgánicas y geométricas se complementan entre sí.

El recorrido de la muestra está pensado en consonancia con las siluetas ondulantes del Río Paraná. Para Mónica Millan los textiles son la marca de algo lento, pausado y minucioso. Un trabajo procesual, un tiempo dilatado a contrapelo de la contemporaneidad. Los textiles traen aparejados la noción de comunidad, un espacio de reunión, un motivo de encuentro, una manera de compartir la ancestralidad heredada. 

El textil como una cosmogonía de historias. En los tapices que tejió con la comunidad, Mónica hace convivir la minuciosidad del bordado, heredado de su madre y abuela, con partes dibujadas. De esta manera Millán busca romper las categorías del arte hegemónico, tanto en la jerarquización de la técnica manual, como en el borramiento de la autoría única. “Las tejedoras se funden en un paisaje de especies trepadoras, insectos, anfibios, mariposas, victorias regias. La luz del pueblo aparece en las suaves gamas de grises, casi evanescentes, que transmiten lo sagrado del lugar”, puede leerse.

Cómo opuestos complementarios a los textiles se le suman formas geométricas de colores lisos o tramas. Este guiño a la historia del arte atraviesa las piezas, sin perder el diálogo con su propia época. Ramas y flores, plantas y hojas, se sobreponen con rectángulos y cuadrados. Un orden inestable, biológico, donde la geometría y la naturaleza se integran como dos lenguajes amigables.

La superposición de tramas y el estudio del color aparecen en todas las obras pictóricas expuestas, la más antigua de ellas realizada en 1982. Además, la muestra cuenta con una serie de pinturas y dibujos en grafito de hijas y nietas de tejedores, dónde se reflejan imágenes cotidianas de los pueblos. Con este gesto Mónica insiste en desmarcarse de la noción aurática del artista como creador único y su obra original. Su manera de documentar la biología circundante tiene influencias de la naturalista británica Marianne North, a quien se puede ver citada a través de su libro en una vitrina. En sus viajes North documentó minuciosamente el ecosistema y fue fuente de inspiración para los trabajos de la época. 

En una televisión pequeña se transmiten algunos videos donde se documenta del proceso del tejido, las entrevistas que realiza la artista para conocer mejor a los tejedores y tejedoras, su quehacer. Aparece “El vértigo de lo lento”, tal como se llama la obra.

En una cartografía de saberes, Millán deja que se infiltren en su obra los conocimientos primigenios. “Soy un pájaro muy salvaje y me gusta la libertad”, puede leerse en un bordado de 2021. En él sobrevuelan colibríes y mariposas. “No temer nada salvo lo desconocido en un mundo de maravillas y misterio. ¿Resucitan los muertos?”, dice la última obra. El vértigo de lo lento se desliza por las aristas del paisaje, se refleja en cada obra, haciéndonos sentir otro ritmo, hipnotizante y espeso, que viene latiendo desde las orillas del Paraná

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