El ocio punk

Por Flavia Garione

Dibujo por Leo Estol

Quién quiere estar un poco mejor
ya probé las drogas de rigor
televisión, internet y nuestro viejo grabador.

Loquero, Era un día perfecto

Hago una búsqueda en el cementerio de blogs enterrados, estaciones experimentales de escritura en la que muchxs nos conocimos: videoclips, fotos con una estética medio flogger, plaquetas de poesía, textos, cartas, poemas, comentarios. Se anuncia una lectura en un café que ya no existe cerca de la peatonal de Mar del Plata: 18:00 hs. puntual. Inmediatamente se me vienen a la mente fotogramas de películas, como si fuera una ciudad de fantasía atravesada por un núcleo mediático, cinematográfico: Carlos Menem bailando en un programa de verano en 1990; los balnearios de Punta Mogotes; el canastero de la costa que supuestamente escondía dólares y drogas en su interior; Luciana Caamaño, una poeta, performer y editora de Mar del Plata, trabajando como extra para una película argentina estrenada en 1998. Hace poco la encontramos completa en YouTube y pudimos congelar el momento en el que la cámara enfoca a Pablo Echarri y a Luciana cuando aplauden a los lobos marinos en las gradas del Aquarium. Al mismo tiempo, hoy escroleo Instagram y veo una publicación de unas chicas. Se manifiestan en ese mismo lugar con carteles que tienen fotos de delfines y llevan como consignas: “quiero ser libre” y “la crueldad no es entretenimiento”. Y de repente, se me mezclan las temporalidades y los espacios: Amelia Bence interpretando a Alfonsina Storni en una película de 1957 con José Marrone vestido de mochilero en el casino a finales de los ´70. En la película sobre Storni, Amelia Bence habla con poemas. Alguien le pregunta algo cotidiano como “¿Querés un café?” y ella le contesta: “Huye hacia los bosques,/ vete a la montaña; límpiate la boca;/ vive en las cabañas”. 

Qué hermoso si pudiéramos hablar con poemas, pienso. Parece un poco artificial el tono declamatorio altisonante de la Alfonsina de la película, que hacia el final deja una carta en un hotel y se hunde en las playas de La perla ¿Lxs poetas hablarán con poemas? ¿La ciudad se mete en los poemas o los poemas se meten en la ciudad? Otra película sobre Mar del Plata se llama Sombras en el cielo (1964). Un director, un actor y una actriz se encuentran en una especie de triángulo amoroso y deben filmar una película en la ciudad, quizás en sus años dorados y más imponentes a nivel edilicio. Es la clásica película dentro de la película. Resulta un poco pretenciosa, apuesta todas las fichas a convertirse en una muestra de la Nouvelle vague de factura nacional. Sorprende, da ternura aristocratizante. Es un registro documental de un lugar que ya no existe. Aparecen las mansiones que se encontraban frente a playa Varese, el casino, el faro, el cine Ambassador, la rambla de Bustillo casi nueva. La mayoría de esas casas ya fueron demolidas o se convirtieron en restaurantes de comida rápida. La ciudad se encuentra en una especie de cambio desenfrenado hace tiempo. Se habitan las periferias, los bordes, y viene a vivir gente de todo el país. Quizás, atraída por el trabajo en la temporada –cada vez más magro–, o la búsqueda de un futuro mejor cerca de las olas. El mar como salida de cierto encierro que imponen los territorios nacionales. Ayer alguien me dijo: “el mar nos iguala a todxs ¿Algo así como la muerte y el carnaval? Podemos no tener nada pero al final nos terminamos encontrando en la orilla del mar, solo vestidxs con una malla y unas ojotas. Algo tan simple como eso, se filtran las diferencias”. 

Yo también, como muchxs, vine a vivir a Mar del Plata en el 2003. Aunque en realidad no importa cuándo me vine a vivir a Mar del Plata exactamente. Mis padres escapaban de las esquirlas de la crisis que nos había azotado en el 2001; y la utopía rural de la casa con diez pinos trabajó en la mente de una familia que habitaba la zona oeste de la provincia, para dejar de ser una canción y construir realidad, nuevos proyectos de vida. Las películas que vemos, las canciones que escuchamos y los poemas que leemos construyen realidad todo el tiempo, como ladrillos. Es posible que ahora seamos espectadores de otro éxodo: de las grandes ciudades hacia las costas y los campos. Desde que vivo acá, cientos de personas que no son de Mar del Plata viven, de repente, en Mar del Plata. Mar del Plata en invierno. Hay un poema de Fernanda Mugica que dice: “donde todo porteño tiene un departamento y una ex/ mardelplata endogamia, sectaria y pelotuda/ mar del plata humedad hongos y cáncer/ mar del plata una garcha, pero a la noche refresca”. El paraíso prometido, un tren de la alegría un poco dark llamado deseo. Puelches y moluches, jesuitas y conquistadores. 

Juan de Garay escribe un poema sobre Mar del Plata en el siglo XVI. Desde el océano ve la Barranca de los lobos y dice: “es una galana costa y va corriendo una loma llana de campiña sobre el mar”. En 1865, Patricio Peralta Ramos (antepasado de Federico) adquiere treinta y dos leguas cuadradas. En 1880, se publica otro gran poema: “El reglamento de baños” en el que se establece que se encuentra terminantemente prohibido bañarse desnudo. En 1886, en la primera oleada de turistas, Paul Groussac escribe sobre Mar del Plata en su viaje intelectual. En el 2008 descubrimos que Leónidas y Osvaldo Lamborghini tuvieron una casa en Mar del Plata y nos dirigimos hacia su fachada, como si se tratara de una procesión religiosa. También en Mar del Plata nace Rosario Bléfari (1965) y estudia en la biblioteca un joven Ricardo Piglia.

En 1996, la televisión argentina comienza a trasmitir el programa “La movida del verano” conducido por Juan Alberto Mateyko. Tocan Ricky Martin, Enrique Iglesias, Emanuel Ortega y “El Potro” Rodrigo, entre muchxs otrxs. En los canales locales aparecen publicidades de Norbert Degoas que quieren vender yerba mate para adelgazar. La industria de la diversión se encuentra a toda marcha, el turismo como la despolitización de las masas. En realidad estoy dando un gran rodeo, porque no resulta fácil hablar de la poesía en Mar del Plata sin nombrar todo lo que nombré. Me gustaría pensar que la poesía existe como contramarcha de lo mediático, el exitismo, la televisión (aunque ahora esté en completa decadencia), lo peor de Internet. Y sin embargo, usa como materiales y administra al mismo tiempo todas esas cosas. Para Ricardo Lester, amigo, editor, Mar del Plata posee una identidad bastante marcada por lo independiente, la autogestión y la autoedición desde siempre: “una identidad medio punk”. Piensa que cierta poesía que se escribe en la ciudad está asociada a bandas como Loquero y Los Caballeros de Pedro Juan (Santiago Menna, su cantante, murió en el 2021). Una actitud medio “hosca” con ofertas de expresión cultural o artística que no funcionan mucho fuera de la ciudad, que se terminan materializando por la fuerza de las ganas, de querer hacer igual. 

La secretaría de cultura municipal pareciera estar más enfocada en la industria del entretenimiento de enero que en el arte de la ciudad. Durante años han desfilado funcionarixs desinfladxs que convocan artistas y luego les clavan el visto, o pergeñan verdaderas truchadas culturales con estrafalario sello institucional. Del mismo modo, anuncian premios que nadie cobra o se depositan tres años después. Por eso, es cierto, florece la autogestión por todas partes. 

El primer Festival de poesía, de acá fue en el año 2007 y reunía algo así como poetas de otros lugares; poetas que eran estudiantes o docentes vinculadxs a la Universidad; y poetas un tanto malditos reunidos en torno a la figura de René Villar y la SADE.  En un principio fue organizado por Gastón Franchini, Andrés Gallina y Matías Moscardi, pero luego Moscardi siguió solo. En las ediciones siguientes el grupo organizador sufrió distintas variaciones. Se sumaron a través de los años: Luciana Caamaño, Florencia Guarco, Camila Vaisman, Lautaro Burket, Rocío Fernández y Fernanda Mugica. Yo me sumé en el 2011 y pude advertir cierto cambio temporal: de la mesa con la jarra de agua al micrófono, la performance y cierta proyectos artísticos experimentales que vinculan poesía, sonido, videopoesía y arte plástico.

En relación al malditismo, Luciana Caamaño recordó que, a principios de los años ́2000, René Villar armaba sus cigarrillos con papel de diario, y que él y su grupo hacían un evento llamado “Poesía a la carta”. Estos poetas dejaron poca obra, algunos de ellxs, los más grandes, son mayoritariamente pre-internet. Sin embargo, algunos blogs recogen textos dispersos que todavía pueden leerse. Según el poeta y editor Gastón Franchini, algunxs de estxs poetas poseen una pulsión entre romántica y autodestructiva. Muchxs de ellxs ya murieron, de grandes o debido a muertes trágicas: René Villar, Agustín Vispo. 

Es posible que por esos años cierta impronta renovadora haya venido de la mano de un evento organizado por la poeta, docente e investigadora, Ana Porrúa. Su título fue “La última ola: poesía argentina reciente”. Allí leyeron poetas locales y provenientes de otras ciudades: Fabián Iriarte, Gastón Franchini, Marcelo Díaz, Mario Ortiz, Anahí Mallol, Fabián Casas, Fernanda Laguna, entre otrxs. El flyer advertía: feria de libros y revistas independientes, mesas de lecturas, videos, mesas de debate, performances, música y jolgorio. Puede pensarse, después de varios años, que esa exaltación de la juventud y de la poesía como práctica reflexiva –circulación de materiales, mesa de debate sobre la misma escritura– proponen cierto halo de novedad, de frescura. Es notable que, efectivamente, los festivales funcionan como plataformas de corte que visibilizan ciertos modos de leer y de escribir, a la vez que revelan una serie de tonos, más o menos contemporáneos, a través de la escucha. 

A partir de este evento y otros que le siguieron fueron apareciendo, con distinta duración y alcance, una serie de editoriales independientes con propuestas bastante disímiles entre sí: Dársena, Goles Rosas, Sacate el saquito, Luz mala, Honesta, Centro y fuga, Hinvisible, Puente aéreo, La bola editora, Fortuna ediciones. Algunas de manufactura artesanal y dedicadas solamente a la poesía; otras, desarrollaron un trabajo mixto: entre la narrativa, la traducción y el ensayo. Con Florencia Guarco y Matías Moscardi fundamos en el 2014 Luz mala ediciones para poder traducir poesía norteamericana que nos gustaba y que creíamos no circulaba demasiado. Pusimos doscientos pesos cada unx y así pudimos sacar nuestro primer libro: una selección de poemas del Paterson de William Carlos Williams traducidos por Matías. Unos años después, con Florencia fundamos Honesta aunque sólo duró cuatro plaquetas. En algún momento había que dar un salto tecnológico al Indesing y como resultado la editorial de cartulina murió para siempre. Por esos años, Lara Falconi junto a Sofía Ferrari formaron Centro y fuga ediciones. Si bien manejaban una fuerte impronta artesanal, ampliaron cierta noción de textualidad y editaron poemas, imágenes, dibujos, fragmentos del libro de quejas del museo de arte contemporáneo MAR. Las plaquetas circulaban en eventos de poesía como 39° bajo cero. Eran bastante festivos y una vez en la Biblioteca Popular Juventud Moderna terminó con botellas rotas y pogo. 

A estos eventos se sumaron artistas plásticos como Pedro Argel, Oscar Mauro, Mauro Agustín Cruz y Nahuel Agüero que habían fundado la galería Le putit frente a la estación de trenes. En el 2014, Luciana Caamaño organizaba lecturas a coro, y más tarde fundó junto a Laura Gutiérrez el centro de arte contemporáneo Alaska. Allí se realizaban lecturas de poesía, performances, fiestas, piñatas, guisos, talleres y hasta una cascada de papel crepé hecha por Fernanda Laguna. Mundo dios, centro de arte y residencia del puerto, también funcionó como lugar de irradiación artística y poética, y por ese tiempo, artistas de ambos lugares adquirieron cierta frecuentación. Por otro lado, en el 2013, comenzaron a realizarse otros ciclos de carácter más cultural, como, por ejemplo, La prosa mutante. Nicolás Alcetegaray, uno de sus fundadores, cuenta que desde el comienzo la idea fue “que lea el que quiera y tenga ganas de difundir su arte”. Por su escenario circularon poetas, actores y hasta clowns. En otro orden, Mariana Garrido y Gabriela Gutiérrez organizaban ciclos de poesía como El fuego Austral en un hostel de la ciudad, que luego derivó en un evento muy interesante llamado Voy a dormir. Consistía en invitar a poetas para que leyeran desde una cama apenas iluminada en un hotel de La perla (cerca de donde estuvo por última vez Alfonsina), ahora convertido en el espacio de arte Bua. En 2017, Nicolás Pedretti, Lara Falconi y María Minnucci conformaron un grupo de lectura de poesía contemporánea que se llamaba William Randoms Williams y se reunían a leer en el club Tri. Cada encuentro se anunciaba a través de un flyer dibujado por el mismo Pedretti y se proponía la lectura de un libro completo.

A partir del 2016, comenzaron a realizarse los EliCSyR. En un comienzo, eran reuniones organizadas por estudiantes de Letras y de otras carreras. Iniciaron sus actividades en las aulas de la Facultad de Humanidades y más tarde migraron hacia la Fundación CEPES. Tom Rodriguez, Noelia Molina y Camila Urresti comentan que los unió la necesidad de generar un espacio para la lectura y difusión de la poesía local. Al mismo tiempo, en sus eventos podían apreciarse intervenciones de artistas y músicxs, feria de editoriales y talleres de poesía gratuitos. Fernanda Mugica y Larisa Cumin siguen organizando “La silla invisible”. Cuando empezó, se hacía en el comedor de una casa y lxs poetas leían, efectivamente, sentadxs en una silla invisible. En algún momento se pedía pizza y también se tomaba cerveza.

Si bien todo lo que menciono parece una deriva un tanto caótica, coincido con Lara Falconi en que algo de esa efervescencia poética comenzó a apagarse en el 2015, con el advenimiento del macrismo. Varios espacios, como consecuencia de la crisis económica, cerraron sus puertas. El mundo virtual proliferó aún más. Algunos grupos de artistas y poetas que habían podido concretar ciertos proyectos colectivos se dispersaron. Al mismo tiempo, el movimiento feminista cobró dimensiones inesperadas y ocupó las calles como nunca antes. En algún sentido el arte cambió o tuvo que cambiar y ese mundo, más arraigado al siglo XX, fue abandonándose poco a poco. El año 2020 no fue la excepción. Los ciclos de poesía, los festivales y los eventos artísticos se trasladaron a la virtualidad como consecuencia de la pandemia. No fue el caso del Festival de poesía, de acá que enarboló una especie de bandera de la presencialidad y no se pudo ajustar al molde de la trasmisión en vivo. La última edición se realizó en noviembre del año pasado y contó con poetas, músicxs y artistas de todo el país. Con suerte y viento a favor volverá a realizarse en noviembre de este año. 

En cierto sentido comenzaron a escucharse mucho más las voces de las chicas. Emerge, quizás, una poesía de carácter urgente. Hay una idea de activar y de salir a la calle pero también de conectarse, hacer redes a través de Internet. La poesía nuevamente se adhiere a nuevos soportes y plataformas para circular, afincarse o pasar desapercibida.

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