miércoles, julio 17, 2024
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Cuatro boleros malaqueros

por Martín Legón

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Al igual que las políticas económicas que Nación viene implementando a velocidad crucero, o sea de manera constante y uniforme, la estructura fiduciaria que supone el sello «Art Basel Cities» para la Ciudad de Buenos Aires es, ante todo, una brutal y poco justificada transferencia de recursos de un sector de la sociedad a otro. Tan sólo en lo que implicó la participación del Estado para este evento, el pliego de contratación de 2018 marca un gasto de 112 millones de pesos, unos 2 millones y medio de dólares aproximadamente, por la utilización vaga de un logo, el desarrollo de una semana de actividades artísticas y una nutrida cartera de contactos extranjeros.

De nada sirve especular qué tantos otros proyectos hubiesen sido factibles con este monto; no es del todo justo cifrar el gasto en cantidades per cápita de Jardines de Infantes ni en adquisiciones de obra al amparo del Gobierno porteño; menos  si el esfuerzo fue entendido genuinamente y desde un comienzo como inversión. Descreamos entonces de cualquier tipo de planificación maquiavélica detrás de los acontecimientos y dejemos que broten, pasado el bullicio, una serie de preguntas válidas: ¿Sirvió de algo concreto semejante esfuerzo fiscal en el contexto de un país que se derrumba? ¿Al margen de sus obras, tienen algo para comentar de la experiencia los escasos artistas locales, varios fuertes críticos de la gestión, que participaron con su capital simbólico del proyecto?  ¿Tuvo el área de Cultura algún tipo de potestad sobre la conducción de los programas o fue una entrega pasiva y a la marchanta?

Cabe aclarar que la idea de atraer turísticamente a la ciudad un remanente importante de invitados a la Bienal de San Pablo nos resulta de un parasitismo noble, sano y necesario; algo que (comprensiblemente) no sucedería en beneficio si no se contratara el aval de un curador extranjero que traccione y sume la presencia de artistas consagrados en la llanura internacional. Entendemos entonces, desde ya, que es iluso suponer que sin estos incentivos mínimos una plaza como Buenos Aires resulte atractiva a ciertos convidados.

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Dicho esto. Es difícil escribir sobre el tema porque tiene aristas que pueden herir, ser leídas como síntomas de rencor o prestarse a malas interpretaciones. Muchos son los amigos que participan de «Rayuela», los respeto profundamente con lo cual creo estar en confianza. A su vez, como artista, tengo la obligación de cuestionarme primero qué hubiese hecho yo ante una invitación tan tajante. Con esto quiero decir que no creo que el eje sea el del juicio a los actos, sino entender cómo, porqué y para qué y quiénes ciertas fuerzas se direccionan.

Las obras de artistas locales, producidas especialmente para el evento como piezas de Sitio Específico fueron por lejos de una calidad y un despliegue superior, y a su modo fueron muy generosas para con los espectadores que se acercaron a verlas en los distintos lugares del recorrido. Por el contrario, los trabajos internacionales de los artistas ArtNow transmitieron tanto desdén que parecieron dictados por teléfono y por sus asistentes. Las intervenciones de Kruger en los silos abandonados de Puerto Madero (fondo de pantalla para la presentación oficial) y el cementerio pop up de Cattelan en los bosques de Palermo sirvieron principalmente de base para absorber la extraterritorialidad del convite con sus apellidos.

Es interesante señalar que hubo dos cementerios, o mejor dicho, dos motivos semejantes pero contrastados. Gabriel Chaile, tras el confuso paso de comedia en el Jennifer Affaire, realizó también una lápida-monumento para Diego Núñez en el barrio de La Boca. Este acto da la pauta de un sentido diferencial con el cementerio para vivos que Maurizio Cattelan simplemente firmó y que hizo agua por todos lados, no sólo por exponer de forma descollante un nivel de tercerización y precarización laboral importante sino porque al parecer, y aun mediando un sospechoso concurso, no habría logrado convocar a todas las personas genuinamente necesarias para su realización. Obligada la producción del evento se habría abocado de raje al diseño de una decena de lápidas para concluir el encargo por su cuenta, y quizás esto explique la presencia de algunos nombres repetidos.

Hubo también una sucesión de conferencias inviables; destaca por su endogamia Construyendo la escena artística del mañana (Conversación abierta entre las figuras líderes del mundo del arte internacional) en el Rectorado de UNTREF, que por fuera del programa reunió a la Directora Artística de Art Basel Cities, el Director de Art Basel Américas, el Director Global de Art Basel, y el curador de Charlas de Art Basel Cities, todos moderados por Diana Wechsler. Y aunque escuchar a Kuitca siempre es una suerte y un placer, hubo una nueva entrevista si contamos la que diera a Hans Ulrich Obrist en el mismo contexto, Art Basel Cities 2017, hace menos de un año.

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En paralelo resta admitir que la escena se sintió fuertemente interpelada. En estos pocos días galerías y artistas reorganizaron sus estrategias para rascar mejor el provechoso Gallery Weekend premuim: UV contó con una curadora extranjera como parte de la promoción del cinismo autoreferencial; Isla Flotante presentó dos muestras contundentes y a tono con el espíritu del momento la exposicion de Dirty consagró el triunfo del modo Site Specific como zanahoria del evento. Lo mismo para Bianchi, Kirchuk, Robbio y Garay que hicieron una bestial puesta colectiva en un terraplén junto a las vías semiabandonadas del tren San Martín, con el mérito anexo de verse como una única gran pieza. Ambas suponemos hicieron las delicias de los turistas movilizados.

Al respecto, el derrotero del coleccionista por tantas ferias y bienales engarzadas es inexplicable. Hay un capítulo de los Simpsons (hay un capitulo de los Simpsons para todo) en el que Homero es confinado «a comer todas las donas del mundo» en la División de Castigos Irónicos del Infierno. Por lo general los condenados a esta insania promedian los 15 minutos y explotan, pero Homero engulle hasta la última dona con una sonrisa sin sorna y el diablo encargado de someterlo, que no entiende absolutamente nada de lo que pasa, no sabe cómo proseguir. Algo parecido les tiene que pasar a estos coleccionistas, si no no se explica cómo ante semejante maratón luciferina, en la que no cesan de ver sin metabolizar una infinidad de productos del arte (y donde Art Basel Cities es sin dudas un eslabón más), no desfallecen. Pregunté a un par de galeristas amigos qué tal habían resultado las visitas. Contaron que los contingentes llegaban extenuados desde el taller de un artista, que partían hacia una activación en no sé dónde para luego salir hacia otra galería sin más mediación. No se sabe bien qué se espera de esos diez o quince minutos en cada lado. Por lo visto no fueron ventas, y menos que pudieran comprender el mapeo rápido de una escena; una experiencia agotadora de sólo imaginarla.

Sobre este tema María Paula Zacharías cuestionó en el suplemento de Cultura del diario La Nación si «¿Valió la pena la inversión del gobierno de la ciudad?», a lo que responde: «En ventas, no. Los coleccionistas socializaron, recorrieron, se interesaron, pero una compra lleva mucho más que los veinte minutos que pasaron en alguna galería…». Más adelante Zacharías comenta algo que Patrick Foret, director de Iniciativas de Negocios de Art Basel, analizó sobre lo que considera fueron los «factores de impacto», en otras palabras la capitalización del concepto Art Basel Cities para Buenos Aires. «A corto plazo», dijo, «los factores de impacto son el número de charlas y clases magistrales que contribuyen a la transferencia de experiencia a la escena artística local» (el subrayado es nuestro).

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«Transferencia de experiencia a la escena artística local». Hay que reconocer que uno de los errores más notorios de quienes apostaron por este modelo internacionalista fue no haber reconocido previamente la existencia de una escena fuerte, con experiencias propias y genuinas, con sus exigencias, pasado e historia. De haberlo hecho, de seguro cada una de las partes implicadas hubiera podido aprovechar muchísimo mejor y de forma más humana semejante cantidad de recursos. Puede que la transferencia a la que refiere Patrick Foret sea, en suma, más silencio, egoísmo e individualismo, algo cada vez más notorio en la práctica.

El tono «secreto» en que sobrevoló la información durante el evento, en donde nadie supo compartir demasiado nada, es una prueba concreta de este tipo de transferencia. A pesar de las pocas voces críticas que se alzaron desde adentro del proyecto, Art Basel Cities no derramó en lo más mínimo sobre el conjunto de la escena porteña y los niveles de concupiscencia y conformismo que manejó fueron alarmantes. Es compartido que lo mejor de lo que aconteció en estos cinco días no precisaba tanta insidia y que los montos destinados a los pilares, o sea las charlas y las obras locales, fueron mínimos si se los compara con el grueso del evento. Es fundamental permitirse invitar a agentes de primera línea internacional; incluso hay que fomentarlo más. Pero con cariño hay que admitir que en este caso hubo desidia y el rol mediador de ArteBA+Meridiano en lo que refiere a la distribución de los recursos no quedó claro. Las muestras locales, realizadas con tantísimo esfuerzo por todas las partes el resto del año, no cuentan casi ni con la cobertura mediática mínima (la revista ArteBA terminó pivoteando ese lugar cada seis meses) y los suplementos de diarios y sitios especializados se mantienen sin presupuesto y a gratuidad, en tanto son los curadores y los artistas quienes terminan cubriendo críticamente las exposiciones de sus colegas. Aunque sin estos escasos gestos no habría siquiera registro en varios casos, se utiliza aquí como un ejemplo oportuno para preguntarse en qué invierte el aporte del Estado la agrupación, siendo que por lo visto organizar socialmente almuerzos y cenas no estaría devolviendo resultados. Puede parecer cruento pero es movilizador saber que el dinero y su ostentación existieron.

Con distintos argumentos se intentó igualar lo ocurrido al envío de Plataforma Arco Madrid el año pasado. Pero a mi entender la diferencia radica en los contenidos y no en las pautas. El agasajo de ser País invitado no puede declinarse sin más, y son gastos que un Estado sólido debería articular por el mero hecho de lo que representan en el protocolo. Puede esgrimirse, sí, que hubo en su momento una nula participación de las provincias en la selección oficial, pero es harina de otro costal al lado de lo que la Ciudad de Buenos Aires concilia con la firma Art Basel. O quizás no, estoy equivocado y es todo parte de lo mismo. La verdad que ya no sé. Es dificil obviar la idea althusseriana de que la cultura, en tanto aparato ideológico de Estado, no refleja sino que produce la sociedad.

Para concluir, rescatar nomás aquella idea intensa de Fran Lebowitz: no hay figura más potente y adecuada para simbolizar nuestra época que la de un «coleccionista de arte ciego». Ciegos estamos todos y puede que sea la síntesis más pura para la Era de la imagen.

 

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