Coro de sirenas en la isla de tesoros

por Francisca Lysionek 

dibujo por Matías Romano Alemán

Microcentro, Oficina central de poesía, la revista online de poesía de Ceci Pavón, es una isla de tesoros. El nombre fue dado en honor a la Oficina de Poesía (inaugurada en 2019), la sede más reciente de los talleres de escritura, que Ceci organizaba hasta hace pocos años en el living de su casa. La mayor virtud de este traslado quizás se encuentra en la creación de puntos precisos en el espacio en los que la poesía puede habitar y ser habitada. Una pequeña habitación, camuflada en el enorme edificio repleto de oficinas, diseñada para su uso poético. La revista, entonces, nos sorprende con intenciones similares; compilando poemas realizados por les que asisten a su taller (que actualmente es realizado de manera virtual) se transforma en un gran nido de barro en el que aparecen pájaros con cantos de todo tipo, timbres brillantes, estilos de acá y de más allá. La apuesta es por la armonía de estas voces dispuestas de forma ecléctica. 

Algunas de estas bellas maneras, para les que ya nos consideramos habitués, empiezan a ser cada vez más reconocibles. Pienso en Violeta Sticotti, brillante narradora. Pienso en Nina Suárez, risa ritual, gesto de los dioses; o Jacqueline Golbert, que nos acerca un nuevo idioma inventado por ella que cambiará el mundo.   

A medida que la revista crece se complejiza. Una semana, Ceci avisa que los poemas que vayan a la revista, a partir de ese momento, deben ser acompañados por un dibujo del propie autore. Algunes choches, algunes pánico. Lo mismo, todes lo hacen, no vale decir “yo no sé dibujar”, porque tampoco se trata de eso. La propuesta adquiere una nueva dimensión: ut pictura, poesis. Y así empiezan a unirse palabras con imágenes.

A mediados de abril surge otra novedad: en medio del estallido de la liberación de PDFs de libros, y las fogosas opiniones de todes a les que el tema les convoca, nace Ediciones Microcentro, una toma de postura que recuerda, aunque asentada de manera más cuidada, a la de I Acevedo y su Paquete de Fe.

Los dos primeros libros de Ediciones Microcentro, ¿Es mi casa un museo o una discoteca? y Una especie de cuaderno de viajes, comparten su condición de proyectos colectivos. Guiados por la mano de Ceci, les asistentes al taller escriben poemas en conjunto en el primer caso, y realizan traducciones de Sara Nicholson en el segundo. Luego aparece Putas del vacío, traducciones realizadas por Claudio Iglesias de dos ensayos de McKenzie Wark, abriendo las puertas de la editorial al mundo teórico.

Es en este contexto que me encuentro con Yo quiero ser. Miento. Algo de ese universo, en realidad, ya lo conocía. Y cuando digo universo no sé bien si me refiero al libro o al autor Jorge Drechsler, supongo que no importa demasiado, y son cosas que suelen ir de la mano, estamos hablando un poco de lo mismo.

J.D. piensa que cuando escribís un poema, al mismo tiempo, estás invocando una respuesta. Quizás sin buscarlo -o quizás exclusivamente buscándolo-, el poema demanda siempre una voluntad de movimiento que inicia en su hechura y desemboca en una acción concreta en el mundo. No, los poemas no cambian al mundo, pero a veces nos ayudan a ver qué está pasando afuera y ver qué está pasando adentro, y en ese detenimiento, por ahí, con suerte, terminamos cambiando nosotres. El proceso debería valer para los que escriben y exorcizan, y para les que leen a otros buscando respuestas.

Yo quiero ser es un buen libro para buscar respuestas. Creo que diciendo esto estoy yendo un poco en contra de la idea de que las certezas son dañinas, y que deberíamos preguntarnos todo constantemente.

¡Concedido! Pero pequeñas verdades momentáneas -como la fuerza del aforismo- es algo que también ofrece un calor perdurable. El libro manifiesta su deseo en el título mismo. Digo que puedo encontrar respuestas porque, en realidad, la invocación -el llamado, la plegaria-, juegan a hacerse hiper-visibles. No se enturbia ni se enrosca.

No siempre sabemos bien lo que queremos. La variedad de opciones que a veces se nos presentan puede hacer difícil pensar qué tipo de persona queremos ser. ¿Queremos divertirnos o sacrificarnos por las cosas que creemos? ¿Queremos dedicarnos al lujo o al ascetismo? ¿Queremos medir el mundo o reventarlo? ¿Queremos esto o aquello? Yo quiero ser picotea con cariño distintas posibilidades de existir. Doce ideas de vivir se alumbran por unos instantes en un viaje extracorporal. Abierto a la vez que exacto, cada soneto (spoiler alert) pinta un paisaje de mujer, que es observada con una lupa única.

Creo que esta lupa -la mirada- es lo más magnético del libro. Pienso en lo que dice John Berger en el capítulo sobre el desnudo en Modos de ver:  

Los hombres actúan y las mujeres aparecen. Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se contemplan a sí mismas mientras son miradas”.

En el género del desnudo tradicionalmente “las mujeres han de alimentar un apetito, no tener sus propios apetitos”. Pero las mujeres de Yo quiero ser no aparecen reposando en colchón de plumas, portando alhajas y abanicos, entregándose al lector como espuma que chorrea. ¡No es que sean puras! Son gloriosas pecadoras retratadas con poder entre sus manos.

Cabe preguntarse -algunas preguntas que surgen rodeando algunas respuestas- qué hace a la curaduría de este libro, en qué consiste el criterio de selección. Se reúnen conviviendo, como en un coro de sirenas, mujeres admirables, que alimentan diversos tipos de fantasías. Un viaje hermenéutico en el que la direccionalidad es doble. Las identidades de ellas también nos acercan las identidades de él.

Algunas trabajan con las manos, otras viven de sus culos o de sus caderas calientes, contamos con artistas de la guerra y las finanzas. Mujeres de ahora y mujeres de antes, capturadas en momentos fugaces -como es apoyar los dedos sobre las teclas del piano-; o en el ritmo acompasado de las interminables horas que no pasan cuando una se tira trasheadamente a contemplar la vida desde su colchón. En la fugacidad del gesto se instala la eternidad de la identificación, un instante al que siempre se vuelve, como una historia pequeña que condensa una historia gigante. Es la fuerza del mito, el adorno estructural.    

En los sonetos en los que el sexo -digo las ganas de coger o ser cogido- se hace presente (Lydia Lunch, Marta Argerich) este registro se confirma. La fantasía no es una sola, sino muchas: la mujer admirada también es mujer deseada. Con un ojo delicado y otro ojo perverso, se construyen escenas de temperaturas elevadas. Generan el clima más espeso del libro, caminata lunar a través una niebla nacarada embriagadora. La factura del erotismo es vital para pensar el libro. En algún punto le otorga cierta cuota de credibilidad: acá no vemos a ningún aliade insípido.

La hechura de estos poemas es una dimensión que porta su propio peso gravitacional apabullante. El esfuerzo de desgarrar la forma del contenido siempre es vano, inconducente. Impolutos endecasílabos componen a cada soneto, regio en su estructura, y ponen a la tradición al servicio de un concepto digno hije de los tiempos que nos tocan. Los poemas se encuentran en un perfecto estado de gracia en el que, a partir de un tipo de composición consagrado y añejo, no podemos menos que sentir la alegría liviana pero compleja de estar vives en el siglo XXI.

Es digno de celebrar el gesto valiente de recurrir a la estructura del soneto para hacer resonar el ensueño. Elementos propios de este tipo de composición, como la rima y la cadencia fluida, acompañan en su ligereza al espíritu travieso del conjunto: los recursos favorecen la constancia del tono divertido, y dibujan dulces sonrisas en quien lee. Sonrisas despojadas de malicia, porque en cada poema se hace evidente que la tradición no se retoma de forma paródica o burlesca. Todo lo contrario, se percibe casi intuitivamente el núcleo de algo verdadero, y la honestidad se refuerza en cada carcajada.  

Perdí la cuenta de cuantas veces dije en voz alta en este último tiempo que este libro es la materialización de una idea genial. Cuando una tiene esa sensación no puede menos que entusiasmarse. Como testiga parcial de alguna parte del proceso de concreción de esta idea genial, pude ver cómo algunas mujeres y sus sonetas iban quedando afuera del libro (pienso en la Yegua o Violeta Parra). Pero es bueno saber que existen. A cada reina, su propia moneda.         

¿Qué embasta a este poemario en su recorrido? Por supuesto, el hilo conceptual es fuerte y claro. Yo quiero ser es, en ese sentido, exactamente lo que promete ser. Pero también es más: si todos los poemas exigen desencadenar una acción en el mundo, estas mujeres encarnan esa intención con claridad. Cada una es un acto de redención particular. ¿cuál será el preciso instrumento que pueda medir las necesidades humanas? Hay algo del corazón de la literatura (término amado que tomo de C.P.) que tiene mucho que ver con el hallazgo de lo universal en el detalle. Renovar la fábula, ubicar puntos precisos en los cuales detenerse y armar una constelación. J.D. observa con ojos redondos y una ternura plena, cada vida que se le pone enfrente con urgencia desconocida, y la entiende como un refugio. Desde sus escenarios todas arman su propio recorrido, armonizándose en la avanzada, como álbum de figuritas preciosas, colección de siluetas errantes, convivencia en casa grande. 

Revista Microcentro, oficina central de poesía: https://faxsi.info/ 
Para descargar Yo quiero ser : https://faxsit.files.wordpress.com/2020/08/yo-quiero-ser-.pdf

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

mega888