Coordenadas efímeras de los vientos

De la redacción de El Flasherito

Dibujo por Leopoldo Estol

Está sentado en su casa frente a la computadora un poco aburrido haciendo mil cosas a la vez. Llega un email que rompe la inercia invitándolo a partir. Lo que a él más le gusta es el fragor, sentirse parte y orbitar. La invitación tiene que ver con eso.

Cuando viaja al mar, hay dos festivales teniendo lugar, poesía y cine, razón por la cual estará aclarando periódicamente a personas que se encuentra por la calle a cuál asiste, si bien por momentos piensa que está ahí por el mar. Por la forma grandiosa y accidentada en la que la ciudad se sumerge de pronto en el océano.

Ahora está en un trencito de la alegría dando vueltas por el centro de la ciudad junto a otras personas de Mar del Plata, Jujuy, Corrientes, Tucumán, Rosario y Buenos Aires. Cuando baja del vehículo festivo, va directo a meterse al mar, piensa que el mar le da algo: ¿frescura?, ¿vitalidad? No encuentra la palabra adecuada pero su jopo se transforma y fragua gracias a los insistentes rayos de Sol. La poesía sale a la calle. Observa como un señor canoso de buen temple, un poeta grande, toma un megáfono frente al Torreón, lee y recibe aplausos. Todas las personas son invitadas a leer.

Al rato atraviesa unas cuadras céntricas, un lobby y sube unas escaleras. Mira subida al escenario a una mujer joven con ojos chiquitos y pelo decolorado. ¿La conoce? Ella cuenta algo de Mar del Plata desde una coordenada afectiva, dejando los manuales a un lado, revolviendo el gen de sus afectos: ¿existirá otro tipo de escritura? Una notación biográfica con empalmes cinematográficos.

Por la noche, una chica se pone un traje fucsia, parecido al que usan los surfers pero más sensual y más ridículo. Habla sobre el deseo. También lo hace otro chico con ritmos divertidos, recita sobre sexo y sobre estigmatización y dolor. Un tercer chico aprovecha los intersticios para improvisar, parece ser amigo y también puede ser un estafador, no queda claro.

Al día siguiente muchas mujeres leen desde un balcón. No lo hacen todas juntas sino que por turnos. Hay algo presidencial en el gesto, abajo los cuerpos receptores se ordenan en un sistema más hedonista, menos comprometido, abarcando un jardín con mallas, lonitas, hormigas y abejas.

Ahora un grupo de personas se sienta cerca del césped y debate sobre cómo hacer revistas pero sobre todo cómo costear imprentas. Postulan la dificultad de hacer cosas grupales y también la importancia de la elongación social que pareciera una inteligencia adaptativa a escenarios super cambiantes. Dado el matiz federal del encuentro, se señala con ahínco que en el microcosmos porteño es más fácil conseguir plata, el grupo reconoce que la plata es importante pero más -sugiere uno de los disertantes- las ganas de hacer revistas (o festivales). 

Una chica de Rosario le dedicó un texto a su padre, un chico de Corrientes lee como si dijera secretos al oído, viajar para él es también descubrir el mar. Hay otro chico que viene de Jujuy, sus palabras suenan extrañas. Quizás no es el sonido, son los nervios, tanta gente respirando el mismo aire. Es mucho lo que sucede en poco tiempo y hay límites: hay que comer y de tanto en tanto hay que reservar un rato de silencio para sí. Después aparece un librito del poeta jujeño con sus textos en una mesa cercana, lectura para los días que vendrán.

Hay dos personas que cantan y tocan la guitarra. Se turnan. Arranca ella con ímpetu, dos canciones, sigue el chico con otras dos canciones. La ensalada melódica proyecta una alegría intensa. La audiencia sentada en el piso del salón canta el estribillo, vino tinto trucho, una y otra vez, vino tinto trucho. La cantora toma el mic de nuevo, es muy muy joven y tiene tanta confianza. Él no puede evitar pensar en la mamá de la cantora a la que también escuchó alguna vez en esa misma ciudad, en otro lugar llamado Mundo Dios. Piensa en qué fuerte es la vida, cómo algunas formas harto personales pueden ser transmitidas, como para que una mamá y una hija canten y ambas lo emocionen. Como para que la mamá muera y la hija no la pierda sino que aún la lleve en su voz.

Se zambulle en el mar, se encuentra con colegas que no veía y descubre nuevas voces. Siente entonces una coordenada efímera que lo atraviesa y lo une a esas personas. La poesía no son las palabras, ni los libros sino esa sensación, ese viento fuerte que junta a las personas, las irradia y las cuida.

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El Festival de Acá tuvo lugar viernes 19, sábado 20 y domingo 21 de noviembre, es gestionado de manera bastante libre e histriónica por 3 poetas, Rocío Fernández, Luciana Caamaño y Flavia Garione. Poetas con la capacidad de decir las tres al unísono el nombre de sus invitadxs, reírse y vociferar entre lectura y lectura para que las personas que charlan en la vereda vuelvan a entrar al recinto.

Hacer un festival implica pensar las casas y las formas de moverse. Dónde dormirán las visitas, dónde se reunirá la tribu y cómo hacer frente a los costos que implican los traslados (que son los proveedores de acentos distintos). 

El Festival de Acá nucleó de manera intermitente a María del Mar Rodríguez, Guillermina Romero, Carlos Fratini, Fernanda Mugica, Anabel Anzorena, Fabián Iriarte, Alfonsina Brion, Cristian Monti, Gabriel Reches, Antolín, Nina Suarez, Mariana Suozzo, Francisca Lysioneck, Lucas Olarte, Lara Falconi, María Minucci, Mariana Garrido, Revista Humedal Barroco, El Flasherito Diario, Revista Segunda Época, Julia Enriquez, Sofía de la Vega, Noe Valdez, Ezequiel Alemian, Franco Rivero, Paola Santi Kremer, Daiana Henderson, Federico Leguizamón, Waki y Toki, Marilú y Juan Jose Souto.

Este sábado 4 de diciembre tendrá lugar el Festival Rural de Poesía de Lobos y el Festival de Poesía de Bahía Blanca, nos vemos ahí.

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