Como la cigarra

por Martina Mendoza

dibujo por Muriel Bellini

Buscamos cerrar los ojos porque ver implica hacerse cargo de lo que eso nos hace sentir. 

Así entramos de a poco, con la lentitud imperceptible de los granos que caen en un reloj de arena, a un mundo que logró dormirnos con un click y llevarnos a otro espacio por un rato (o para siempre). Sin darnos cuenta terminamos hundidos en otra realidad. Esta transición se fue dando en puntitas de pie, con pasos cortos y medidos, hasta lograr invadirnos del todo gracias a la pandemia. El aislamiento masivo, no solo nos privó de nuestra libertad física, sino también de nuestro derecho a elegir vivir o evadir, ver o taparnos los ojos. Quedamos encerradxs en la virtualidad, sin segunda opción. Las distintas plataformas fueron como el lente de una cámara, un zoom: lograron acercar y amplificar los rasgos de la vida cotidiana de nuestrxs amigxs, colegas y desconocidxs, pero también la enmarcaron y aplastaron. Nos vimos obligados a pensar nuestras relaciones en dos dimensiones y con un filtro de por medio. A meternos en los espacios de intimidad de lxs otrxs y calcular cuántos libros tenían en sus enormes bibliotecas, esas que monopolizaron (indefinidamente) los fondos de pantalla; a imaginarnos cuántos de ellos habrían sido leídos y hasta envidiarles la maqueta estratégicamente ubicada detrás de sus cabezas. A escuchar (porque el sonido no tiene filtros) reclamos de convivencia por dejar los platos sucios, declaraciones de amor sin horario establecido, discusiones a todo volumen y comentarios ultrajantes a micrófono abierto. Tuvimos que vivir las experiencias artísticas sin su condimento fundamental, la presencialidad, y a ser espectadores del esfuerzo que hicieron por adaptarse a una nueva forma de manifestar y exponer el arte, como quien tantea un hueco en una fiesta para poder desplegarse y bailar al compás de los cuerpos vecinos. A ser quienes aspiramos ser, sin errores, perfectos, concisos; fuimos máquinas recién aceitadas y exentas de emoción. El mundo virtual pasó de espacio de distensión, refugio, confort y escape, a ser nuestra nueva forma de vivir y relacionarnos, una manera que antes, nos hubiese sido imposible de imaginar. 

¿Qué nos salva de esta virtualidad?

Un shock de realidad: El teatro.

Algo cambió en el aire. La gente camina más despacio y sus miradas son cálidas. Sábado a la noche en una calle de Almagro. A mitad de cuadra, una entrada angosta es alumbrada por un farol. Sobresale. La gente entra, de a una, por aquel pasillo iluminado y son recibidos por unos ojos entusiasmados que les piden llenar una hoja con datos, por protocolo. Después entran por el pasillo de paredes de pizarrón y se dirigen al fondo del patio. Algunos se quedan parados, en silencio. Otros, sentados, hay un par de sillas esparcidas por el espacio. La sensación es la del primer día de clases. La incertidumbre de no saber qué cambió pero la seguridad de que algo (o tal vez, todo) cambió. 

Cuando se apagó la luz de la sala, quedamos como si nos hubiésemos despertado a mitad de la noche después de un sueño intenso y pegajoso: en silencio y a oscuras. Un aplauso compartido golpeó contra las paredes negras y rebotó contra nuestros ojos redondos, inundados de emoción. Después de casi un año sin funciones, volvieron los teatros independientes y con ellos, la experiencia más vívida. Ir al teatro es apostar a lo palpable, lo sensorial, lo más primitivo y originario de nuestro ser. Es un  ritual, es el instante en que se unen un público silencioso y perceptivo con unos actores despojados de todo filtro, exponiendo su arte sin efectos especiales, con solo su presencia en escena.  El teatro es una risa espontánea, la sorpresa auténtica en cuerpos alertas, una lágrima que cae despacio, escalonada.

El primer teatro independiente en abrir sus puertas fue Espacio Callejón, ubicado en el corazón de Almagro (Humahuaca 3759). Una de las obras en cartelera es A Dancy, dirigida por Verónica Mc Loughin, con la actuación de Andrea Nussembaum, Aymará Abramovich, Verónica Hassan, Débora Zanolli y escrita de forma colectiva. Dancy (el personaje que nunca aparece en escena) agoniza en su casa y sus cuatro mejores amigas se reúnen para despedirla. Durante toda la obra se reconstruye la figura de Dancy a través del relato que cada una de las mujeres elabora de ella. Una comedia dinámica, rítmica y profunda, que hace volar al espectador con una trama que gira en torno a las preguntas “¿Cómo es cada uno, sino la suma de los reflejos que generamos en los demás? ¿Cómo recordamos a otro que ya no está o se está yendo?”. En la web, internet, somos, más que nunca, un compilado de reflejos, un collage de impresiones. Después de tanta virtualidad, estas preguntas se resignifican y  apuntan a nuevas respuestas porque nos damos cuenta de que somos un rejunte de fragmentos que el otro toma, no solo de la  interacción física con nosotros, sino también del diálogo virtual con el recorte que nosotros mismos  hacemos y exponemos en las redes. 

La  puesta es impoluta desde todos los puntos de vista: las actuaciones de las cuatro actrices incomodan y tranquilizan al espectador. Presenciar tan de cerca cuerpos dóciles, activos, atraviesa todos los sentidos del espectador y lo hace sentir vivo. Poder estar nuevamente en una sala, presenciando cuerpos reales, vivos, es poder tomar aire, al fin, después de tanto encierro. Hay que luchar por defender ese espacio para potenciar toda actividad  que atraviesa los sentidos y la vida para llegar a su faceta más pura, etérea y verdadera: el aquí y ahora. 

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