Apocalipsis discoteca

por Leopoldo Estol
ilustración Matías Muzzillo

El primer viernes de marzo fui a la fiesta Cuarentena. En principio, la fiesta fue apenas un chiste que hizo el diseñador Ale Ros en voz alta en una de sus redes y que el dueño de una prestigiosa discoteca tomó al voleo. Básicamente se trataba de hacer una fiesta para gente mayor de cuarenta. En el lapso entre el chiste y la fiesta, el Coronavirus se propagó a través de la aviación comercial y los cruceros a lo ancho del mundo así que cuando este noble Flasherito llego al local bailable solamente llevaba encima sus ganas de moverse lúdicamente por el espacio y dos o tres billetes. 

Con dificultad intenté amarrar mi bici al escaso fierro que hay habilitado a tales fines, me acerco a la ventanilla y digo mi nombre. La chica revisa, le vuelvo a decir mi nombre pero no estoy en la lista. Por fortuna, dos hermosos djs franquean las puertas y anuncian mi llegada, soy en efecto, invitado de ellxs. El deber del patovica será dejarme pasar pero como él se muestra dubitativo los dos hermosos djs llamarán al patova por su nombre, Víctor, lo cual se parece mucho a un hechizo porque paso a paso ya estamos dentro.

En la entrada una enfermera con barbijo nos recibe haciendo recetas. ¿Acaso algún tipo de control sanitario? ¡Es una perfo! A Ale Ros le encanta habilitar ese umbral mágico de la noche en donde de pronto las personas mutan y se instaura otra realidad. Sus fiestas son happenings en donde amigxs y fans acérrimos compiten por quien tiene el disfraz más sorprendente. La mujer que nos recibe vende pastillas medicinales y dibuja recetas, me detengo un poco más y veo que lo que esta en venta es nada menos que viagra, a 200 pesos. Nunca tomé y siento curiosidad mas luego me asomo a la barra, husmeo la carta y pido un Bailys. El cajero (también detrás de un barbijo) me explica cuál es la medida de la bebida, lo entiendo más por las señas que por lo que dice y me entra la duda de si lo que estoy viendo no es un anticipo de lo que vendrá pero al momento de la fiesta el virus era solamente un foreign affair.

Bebo mi néctar de a sorbos y me acerco a la pista donde de a poco voy desperezando mi cuerpo, sumergiéndolo en un torrente de ritmos que lentamente empiezan a influenciarlo. Por suerte hay espacio donde estirar los miembros sin muchos resquemores, sin embargo mi cuerpo aún esta algo aletargado y le lleva un rato más abandonarse a los influjos. Mientras mi introspección busca el ritmo me ofrecen cerveza: obviamente, acepto sin más. En la fiesta se comparten los estimulantes y esa generosidad siempre abona un terreno más movedizo, desde los primeros fuegos de la humanidad el imperativo es hacer circular lo que tengas entre manos, sea alcohol o pasto prensado, potlatch para mover el esqueleto e irse a dormir más tarde.

Ahora, es el turno de Rumanians, el proyecto musical de las hermanas Castoldi que quedó en manos de Ani a quien veo aferrarse a los equipos con la confianza de un piloto de formula 1. Arranca con un intrépido techno que funciona como cuando le sacás el tapón a una bañadera llena, de repente un torbellino furioso me lleva hacia el centro de la pista y la pista esta salpimentada con decenas de personas que ¡adivinen! tienen la boca cubierta con mascarillas y más barbijos, algunos inclusive han escrito palabras sobre ellos o han salpicado de sangre sus ropas para lograr así un adecuado dresscode. El propio diseñador da el ejemplo disfrazado de mucama, lo cual si bien no habla de la epidemia, es muy pertinente y cumple con su personaje al pie de la letra cuando le lleva cerveza a los djs (ahora tocan los amados Carisma), gesto que habla de su compromiso con la fiesta. Otro desconocido ha optado por una osada protuberancia, una suerte de tumor cerebral que ha crecido con la velocidad de los hongos y varios danzarines se acercan a pedirle fotos. Violeta Mansilla también baila protegida del COVID-19 por un oportuno accesorio y la rodea su corte predilecta, les chiques de UV. Fede Baeza también me saluda con alegría, ha salido sin protección pero igual esta esplendido.

Lo encuentro a Pablo a quien no veo hace años y me ofrece fumar mota junto a él. Con disimulo hacemos una pitada aquí y ventilamos el humo como chimeneas escondidas en el bosque, cuando me quiero acordar donde estoy entro por un túnel afiebrado, atajo sonidos con el cuerpo, mis articulaciones siguen los excitantes estímulos de la noche y mi mente por supuesto despliega nuevos niveles. La insistencia con la que la enfermedad es tratada en los medios todavía es incipiente, luego vendrán las imágenes de los hospitales de Italia, la gente cantando en los balcones y la progresión de medidas de nuestro Estado para que no nos pase lo mismo pero en la fiesta el corona no está maduro como enemigo publico y todos parecemos formar parte de una gran puesta en escena: simulamos con gran realismo el ocaso pero fieles al código viejo compartimos a destajo. Es como si ese viernes la discoteca estuviese anticipando el diario de mañana. Me viene a la mente La máscara de la muerte roja, un cuento de Edgar Allan Poe y me motiva hacer el simulacro casi sin querer: basta que un pasajero de un avión haya descendido de su vuelo de Alitalia y dejado sus cosas en el hotel. Y luego respondiendo la invitación de un amigo haya decidido ir esa noche a Palermo a bailar y, como se siente excelso, derrocha no poca plata tomando tragos y dejándolos ir en el suave frenesí de la música, los famosos seis grados de separación. Ahora ya estamos todxs acostumbrados a no compartir tragos, ni cigarrillos (no es mala onda ¿para qué aclarar?) pero en esos días no había una dimensión del riesgo.

En el cuento de Poe un príncipe cerraba los limites de su reino ante el avance de la peste, corajudo y exitoso, se disponía a dar una gran fiesta. Como es de prever, en el recinto, la celebración perderá brillo ante lo convincente del disfraz de uno de los concurrentes que ha decir verdad da miedo. Mientras rememoro la fiesta y escribo este texto, me cuesta aceptar que el mate ya no se comparte, que tengo que hacer toda una pantomima cada vez que quiero saludar a alguien para no darle un beso. También siento lo fuertes que son las raíces de lo afectivo porque las primeras veces que no saludo a alguien con un beso de cachete, romper la costumbre me angustia. Lo sé: la vida es demasiado corta y esto -con un poco de suerte- sea sólo un paréntesis de privaciones, el virus de la coronita parece haber venido a recordarnos que estamos hechos de chicle pegajoso, dicen que surgió cuando una víbora horrible hizo el amor con un murciélago loco. Se revolcaron hasta el amanecer, momento en el cual el murciélago cansado, confundido y sin más semen en sus bolitas chocó contra un chino que había salido temprano a hacer deporte. No lo mordió por odio sino por desorientación, estaba volviendo a casa y de pronto apareció el oriental. “¿Viste como son los humanos? -le contaba el murciélago a la víbora la noche siguiente- Siempre piensan que los caminos que valen son los que inventaron ellos.”

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