Antiguo sonámbulo

por Gaspar Núñez

Dibujo por Mariano Martínez

Agustín González Goytía es un artista y DJ que pinta como quien mezcla vinilos o que canta y compone como la tintura penetra en sus lienzos. En Álbum, su reciente muestra en Pasto Galería, se entrega de lleno a lo que pensábamos que él esquivaba o, más bien, se acercaba con recelo: la pintura. Ahora aborda grandes telas decididas a colmar el espacio. Sin objetos que vengan de más lejos que los rincones que alcanzan sus manos en el taller.

Estas pinturas de Goytía indagan sobre algunos de los hechos más sospechosos y desopilantes de la historia de Tucumán, su ciudad natal. Redescubren y se inscriben en una larga tradición subterránea que hace de esta provincia la cuna de lo utópico. Entendiendo la utopía no como la mera fantasía irrealizable ni como la promesa de un futuro mejor, sino, ante todo, tomando su sentido más simple: un emplazamiento sin lugar real. Desde sus comienzos, antes de que Tucumán sea Tucumán, cuando fue Ibatín en el primer emplazamiento de la ciudad, ya llevaba implícita esta connotación. Ibatín, etimológicamente, significa “lugar donde se es feliz”. 

La primera imagen que se registra de Tucumán es el icónico dibujo de Guamán Poma de Ayala, quien desde Perú y en base a relatos pomposos reconstruye una ciudad resguardada por gruesos murallones y castillos. A partir de ahí, son muchas las oportunidades en que la provincia sirve de depósito o recipiente de la fantasía, un lugar de este mundo pero fuera de todo lugar posible, donde viajerxs, pensadorxs, artistas, escritorxs pueden montar y dar sita a sus imaginaciones. Un lugar donde se vuelca el disparate, lo utópico. Desde la declaración de la independencia política que reunió a los congresales en la casa histórica en 1816, hasta Perón que en 1947 elige el mismo lugar para anunciar la independencia económica que cada vez parece más lejana. O cuando se proyecta el inmenso complejo universitario en el cerro San Javier, que sería un foco educativo para toda Latinoamérica, pero que la tierra decidió tragarse con la más insoportable lentitud, dejando un gigantesco esqueleto de cemento inacabado.

El pintor porteño Ezequiel Linares repitió en cada oportunidad que Tucumán es el Macondo argentino y Sarmiento que es el jardín de las Hespérides; otrxs dijeron que es el Edén de América o, más comúnmente, el jardín de la República. Y esta lista resumida podría engrosarse.

Pero las pinturas de Agustín no persiguen una simple utopía o la mera oda -la maximización de cualidades épicas o sobresalientes-, sino que rastrean y reúnen aquellos fragmentos disonantes de la historia de Tucumán. Desempolva pequeños ruidos y fugas de un realismo mágico: un antiguo dibujo perdido de Ignacio Baz en que una fuente descolla al final de una increíble alameda, imagen que aún se discute si pertenece a la imaginación del propio artista o si comparte fidelidad con otros documentos que describen la calle arbolada. También, algunos retratos de la Jarra de Ibatín, orfebrería europea saqueada por nativos, luego recuperada y robada siglos después para ser vendida en España, donde se halló en el catálogo de una casa de subastas. En otras, retoma los fondos fotográficos del estudio “Luz y sombra”, enormes telones en los que Abud y Margarita Bachur retrataron a la sociedad tucumana durante casi un siglo.

Goytía permanece en la antesala de la fantasía, con un ojo abierto entra y sale del sueño. Como un historiador desencantado de los papers, se entrega a la vigilia.

Si el álbum apela a un ordenamiento lineal para facilitar una idea acabada o total de los fragmentos -como así la ciencia historiográfica, la ideología política y la utópica-, Agustín pareciera ir en sentido inverso. Acá no hay fotos a lo largo de las páginas en un cuaderno ni canciones que se suceden unas después de otras en un disco. Las imágenes van y vienen como fantasmagorías. Aparecen y reaparecen, como sus sonidos se parchan y funden con límites difusos. Imagina y habilita escenarios en que los pedazos dispersos de las utopías soñadas por otrxs en diversos tiempos puedan convivir. Las disloca y surce. 

Cuando unx pregunta por la fecha de alguna de sus obras, siempre la respuesta es inespecífica, de un tiempo laxo y distendido. Sus pinturas muestran múltiples capas hechas en diferentes instancias, muchas veces con perspectivas contradictorias o espacialidades discordantes superpuestas y el procedimiento nunca es claro ni lineal.

Podríamos preguntarnos qué hacen tal cantidad de referencias a un tiempo y espacio lejanos en una muestra en Av Paseo Colón. Pero es esa esquina de Parque Lezama en que la ciudad eligió demoler la Escuela Taller del Casco Histórico y optó por toneladas de cemento para la extensión del metrobus. Una transformación que mata la fantasía y que Agustín disputa recuperando volutas, ribetes, decoros y texturas. Integra los marcos a la pintura misma; los pinta para que las telas no tengan nada accesorio. Y, sobre todo, para que la obra no se recorte del espacio que la circunda. Pinta los marcos como trampantojos de un falso límite para que el afuera entre en la obra y viceversa.

Agustín es el historiador sonámbulo que esperábamos, deambula con sus ojos entreabiertos y sólo rescata detalles elegidos por el gusto y la fascinación.

Álbum, muestra individual de Agustín González Goytía con curaduría de Leandro Martínez Depietri en Pasto Galería.
Inauguró el 10 de julio y se puede visitar hasta el 30 de julio de 2022, coordinando cita previa.
Av. Brasil 171, 15-20hs

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