Por una pedagogía disruptiva

Entrevista por Leo Estol

dibujos por Cotelito y Muriel Bellini

LE: – ¡Hola Marcos!  Me enteré que te jubilaste después de haber estado un montón de tiempo dando clases en el Taller C. Esa cátedra de la Universidad Nacional de Tucumán, donde en algún momento los visité y pude ser testigo de la importancia que tuvo y tiene como espacio  de formación. Estando allí vi la cantidad de artistas que salieron de ese caldero. De alguna forma quiero aprovechar este encuentro para conversar un poco sobre esa experiencia.   

MF: – Qué tal Leo, claro que me acuerdo de tu visita al Taller C. Solemos registrar nuestras visitas y ahí estas vos con lo tuyo, rodeado de alumnos escuchándote. Creo que habías planteado una actividad a partir de objetos en un mesón y recuerdo que propusiste cosas a partir de esa situación. ¡Linda experiencia!

Nosotros trabajamos mucho inicialmente sobre la idea de que las capacidades creativas se pueden entrenar y desarrollar. Lo hacemos con actividades de diferentes formatos que apuntan a eso, resolver problemas de maneras distintas. Experimentar, jugar, generar proposiciones, resolver desafíos, es parte de esta cosa que llamamos prácticas artísticas. No lo hacemos desde una idea disciplinar sino más bien acompañamos a los alumnos en un camino de búsquedas. Un recorrido lleno de incertidumbres, con muchos quizás, podría ser, etc.

Luego, y en forma paulatina, van encarando un proyecto personal sustentado en una problemática dentro del campo del arte, que van definiendo en el tiempo. Todo ello acompañado por clases teóricas, críticas y lecturas que vamos proponiendo en forma sincrónica a sus prácticas. De ese modo procuramos resolver la diacronicidad entre prácticas y teóricas tan frecuente en las academias.

Tratamos de generar un espacio donde el conocimiento se construya en conjunto. Donde nadie parte de cero, todos sabemos cosas y las intercambiamos. Propiciar la reflexión, generar opiniones, etc. Para ello hizo falta deconstruir el binomio maestro-discípulo tan caro a las escuelas de artes..

Nos llevó tiempo generar una pedagogía disruptiva. Al principio no sabíamos claramente a dónde íbamos pero sí teníamos en claro que nuestra escena era incompleta – como la mayoría de las escenas de provincias –  y que la educación podría ser una herramienta eficaz para colaborar en su completamiento y dinamización (un tema largo para hablar). Entonces quedaba claro que necesitábamos egresados que se sintieran habilitados a incidir no solamente con sus producciones, sino también políticamente en ella. Descolonizar la idea del éxito personal, objetivo un tanto difícil de cumplir en un contexto adverso, y en definitiva proponer opciones a la idea de la migración como única alternativa posible. En general nuestras provincias son expulsivas y la migración es frecuentemente la opción elegida. En tal sentido pensamos que el viaje esta bueno como intercambio, pero cuando se transforma en único destino es un síntoma social que debemos atender y hacer cosas para resolverlo.

Al principio lo hacíamos empíricamente, luego leímos autores copados en diferentes disciplinas (pedagogía, sociología, antropología, psicología, etc.) y los estudiantes colaboraron mucho en ese proceso con sus propias problemáticas.

LE: – Cómo fue esa tarea sostenida en el tiempo, junto a Geli González y Carlota Beltrame, cobijando gente que por ahí está desarrollando una poética, gente que quizás esta con dudas de lo que implica ser artista, o elegir ese camino. Me decía Mumú (Lucrecia Lionti) que el Taller C siempre fue un espacio donde ayudaron a generar una suerte de confianza y una libertad muy grande. Y yo viendo desde la distancia esa experiencia veía que hay como un acompañamiento simbólico, intelectual y afectivo. Me gustaría saber tu visión de estas cosas

MF: – Sí, Leo. Algo que ayudó a estas propuestas, fue que en nuestra Facultad los talleres fueran paralelos –o sea que los alumnos pudieran optar entre varias propuestas pedagógicas, ideológicas y horarias en cuanto a las prácticas de taller. Sumado a ello, está el hecho de que a partir del tercer año los talleres son verticales. Es decir que toman los últimos tres niveles, y eso nos permitió un acompañamiento importante al punto que  llegamos a conocer a nuestros alumnos. Cumplíamos con aquello de una pedagogía colectiva y al mismo tiempo personalizada.

Creo que podríamos coincidir que enseñar arte es una de las tareas más complejas que hay. Esto es así porque suele haber una superposición de planos diferentes. No es lo mismo que enseñar ciencia o matemáticas donde el objeto de estudio está fuera de nosotros. Aquí, cada subjetividad es parte de los procesos creativos. Y esos procesos son necesariamente dialógicos.

Dicho de otra forma, las prácticas artísticas implican idas y vueltas con el campo de las ideas, sumado a las destrezas manuales, la lógica de los materiales, habilidades con herramientas, y como si fuera poco operar desde nuestra subjetividad -o sea nuestras historias, deseos y propósitos con el arte. No termina allí el problema. En lo macro debemos estar conscientes que trabajamos  en un campo donde el concepto de arte se autodefine permanentemente y que se trata de una especialidad de baja “empleabilidad”.

¿Cómo “lidiar” con todo ello y no morir en el intento?  Esta realidad para alumnos que se inician suele ser un problema y a menudo lo viven con mucha incertidumbre y angustia. Trabajamos siempre desde la idea de entender que los grupos son heterogéneos y por lo tanto necesitan acompañamientos diferentes. Un docente en arte debe desarrollar capacidad de escucha y distinguir lo propio de la otredad que implica el alumno.

De ahí los comentarios que recoges de ex alumnos que se sintieron contenidos y atendidos. Tratamos de ofrecer un servicio que sirva. (Valga el juego de palabras… jajaja.) Especialmente en esas edades tan difíciles plenas de descubrimientos, definiciones, deslumbramientos, etc.

LE: ¿Vos crees que esa experiencia de docente te transformó también a vos? Me imagino que la persona que empezó con el Taller C hace unos cuantos años, no es la misma que sos ahora. No sé, me gustaría saber algo de esta cosa de estar atravesado por un montón de procesos de personas diferentes, historias. ¿Cómo eso te cambió en algún punto?  

MF: – Claro que incidió. Felizmente incidió. La docencia también es dialógica, como el arte.

Fue algo extraño, porque llega un momento en que todo forma parte de una misma cosa. Tu vida. Un circulo donde se mueve lo propio (lo tuyo privado, etc.) y lo de los otros retroalimentándose. El trabajo (afuera) y tu propia producción (adentro). Ámbitos diferentes y al mismo tiempo en diálogo.

Esto fue uno de mis grandes aprendizajes, y desde luego uno de mis mayores placeres. ¡Crecer y ver que los otros crecen! Si no hay deseo y placer en lo que haces mejor dedicáte a otra cosa. A menudo hago referencia a la necesidad de erotizar el “aula”. Que no es otra cosa que cargarla de eso, deseo y disfrute. Porque ambas también se transmiten, tanto como la tristeza, la melancolía y la sensación de fracaso. Esto es un gran problema en la docencia en todos sus niveles. Podemos estar enseñando a fracasar sin darnos cuenta. Luego los resultados los vemos en los comportamientos sociales. Y no lo digo desde una perspectiva cristiana. Sino más bien desde una concepción más humana e integradora de la docencia. Más vital, política e inclusiva.

Retrato de Rodo Bulacio por Muriel Bellini

LE: – Finalmente quiero traer la figura de la Rodo que en este último tiempo se empezó a conocer en Buenos Aires a partir de la muestra de su obra, curada por Guadalupe Creche y Geli González, que atrajo la atención a mucha gente que no lo conocía. Sé que vos estuviste también en aquel grupo Tenor Grasso – al que él pertenecía- y me gustaría saber cómo fue tu experiencia en ese grupo, como fueron aquellos años con la Rodo laburando junto a todos esos artistas y finalmente su asesinato dando fin a todo un proyecto de vida. 

MF: – Rodo fue un alumno excepcional.  Muy talentoso y poseedor de una gran capacidad de empatizar con la gente. Un líder natural, excéntrico, disruptivo, provocador, concentrado en su producción y muy comprometido con los movimientos LGBT. Tenía una gran avidez por producir y sus etapas eran vertiginosas, se sucedían con una velocidad increíble. Admirador del pop art, sus modelos eran Warhol y Almodóvar.

Por cierto que su asesinato conmovió a toda la provincia y desde luego que la escena artística tucumana perdía a uno de sus talentos jóvenes más prometedores. A pesar de su corta edad dejó un legado muy importante que hoy está custodiado por su familia y en gran parte se expuso en la muestra antológica que comentas, Rodolfo Bulacio «Fantasía marica del pueblo».

Con él y con otros artistas formamos parte de Tenor Grasso en los ’90. Era una propuesta paródica que recogía la estética de las presentaciones de colecciones de la moda, solo que lo hacíamos desde las artes visuales. En la pasarela se cruzaban performances, pequeñas escenas, situaciones, diseño de indumentaria y prácticamente cualquier cosa. Nuestros modelos para las “pasadas” eran otros artistas, estudiantes de teatro de la facultad y muchas veces nosotros mismos. Hicimos once presentaciones y siempre con éxito de público que hacían cola para entrar. Frecuentemente tuvimos que repetir funciones porque la gente quería ver aquello. Nos divertimos mucho.

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