La tarja de Potosí

por Josefina Carón y Pablo Rosales

dibujo por Ariel Cusnir

El sable corvo que San Martín compró en Londres y su exótico acero damasquino en la solemnidad de la sala. Difícil imaginar si algún cuerpo lastimó.  Sus espuelas “pampa”, producto del fluído comercio de frontera  entre criollos e indios, ¿apuraron alguna vez a su caballo?. La casaca que Belgrano mandó a hacer para Güemes cuando supo que el guerrillero no tenía un atuendo acorde a su grado militar, y que tal vez el general alternó con su poncho rojo, o quizás reservó para actos ceremoniales si es que acaso lo usó en otra ocasión que en su retrato póstumo. 

Hay objetos, de lo más cotidianos, cuyo uso situado en un determinado tiempo los convirtió en objetos de culto: el tintero con el cual se firmó el acta de independencia en el congreso de Tucumán de 1816 es un buen ejemplo; (aunque cualquier objeto del pasado va a tener poco de cotidiano para nuestra mirada. Ella preferirá la sugestión del trabajo artesanal y la nobleza material de aquellos tiempos). Pero no nos extrañaría que haya objetos atribuidos a nuestros prohombres y a nuestras promujeres cuya falta de uso haya sido la principal causa de su preservación en herencia para el patrimonio cultural. Así fue como el despojado Belgrano donó de inmediato al gobierno de Buenos Aires el objeto que nos hemos demorado en observar para este breve relato. Nos referimos a la Tarja Potosina, recientemente instalada en la sala de las independencias americanas.

Acá no estamos ante un objeto de uso, sino ante una pieza conmemorativa de los triunfos de Belgrano en las batallas de Tucumán y Salta. Antonio Dellepiane, en la conferencia que le dedica, nos aclara que tarja significa escudo e interpreta que el propio Belgrano habrá sido visto como un escudo protector del Potosí y de esa patria que entonces era la invocación a algo superior y deforme sin territorio fijo.

Es tal vez el más artístico de los objetos históricos que pueden verse hoy en  el museo. Sorprende por la exuberancia de un estilo colonial hispanoamericano que las latitudes rioplatenses no podían darse el lujo ni de producir ni de imitar.

Se trata de una pieza de orfebrería de gran tamaño que las damas patriotas obsequiaron a Manuel Belgrano en su ingreso triunfal en la ciudad de Potosí en 1813. La tarja es una gran pieza sonora tintineante y brillante si se pone en movimiento. Podemos imaginarla como un estandarte de alguna procesión profana. Cautiva el espacio que crean los elementos de distinta escala al desplegarse en el vacío y reconfigurarse en cada movimiento del espectador. Son varias capas de cintas de plata labrada entre las que se destaca el contorno litoral de centro y Sudamérica con las Islas Malvinas incluidas, como un dominio vacío y circunnavegable. Su relieve llega a la tridimensión en las borlas esféricas que representan frutos perfectos pendientes como joyas. Tiene pequeñas flores, curvas y contracurvas en ornamentos vegetales, tiene dos barcos pequeños de oro navegando en una misma línea en direcciones opuestas. Tiene pequeños escudos con inscripciones, tiene dos monedas de oro una por Tucumán, la otra por Salta, tiene al cerro de Potosí de cuyas entrañas se extrajeron todo este oro y esta plata. Tiene pequeñas figuras humanas y varias cadenitas que van uniendo distintos puntos como flechas de lectura. Abajo del conjunto, una campana. Arriba, en lo alto, la figura de un Inca, representado como se hacía entonces en Europa, con el torso desnudo y arreglos de pluma, pero sosteniendo un cetro o una lanza coronada por  un gorro frigio. Tiene también la singularidad de ser un objeto construido con las formas del arte de la colonia para homenajear a un héroe revolucionario que la viene a subvertir.

En la misma sala hay un objeto de otra naturaleza, gráfico e informativo. Es un mapa del año 1816 que en distintos tonos de grises describe ese espacio vacante que la tarja abstrae y rodea. Allí podemos ver los inmensos territorios indígenas que ocupan todo el sur y el centro este de lo que hoy es Argentina y el Chaco Paraguayo y Boliviano; al este la Liga de los pueblos libres: Uruguay, Entre Ríos, Corrientes, y al norte de las Provincias Unidas, el Alto Perú (*). En esa diversidad de patrias (y de destinos sudamericanos) es que, si olvidamos por un momento las repúblicas que tras largas guerras civiles se conformaron en la región, el proyecto Belgraniano de una monarquía parlamentaria coronada por un rey inca no nos resulta tan extraño.

En el museo los cuerpos circulan, y se detienen frente a esos objetos únicos, buscan un espacio y una posición para leer los textos, esperan el hueco para observar desde un ángulo de visión.  La tarja congrega, demanda una atención robada a otros tesoros que esperan ser vistos también y quedarán para otro recorrido. Una vez que salimos del museo, en el parque ya a través de nuestros teléfonos tenemos acceso a un mundo de imágenes, detalles, relatos, que pretendemos complete la Experiencia, pero que a la vez ya ocupan un poco el lugar de los recuerdos. En esa ancha memoria colectiva inscribimos este texto. 

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A propósito de La tarja de Potosí

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Las simbologías de la tarja remiten exclusivamente al área andina sur y central, lo que hoy es Bolivia, entonces el Alto Perú y varias de las actuales provincias argentinas del Noroeste. No remite a la totalidad de los territorios y culturas indígenas, que eran/son muy variados
Nota aclaratoria del Museo Histórico Nacional

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Este dossier se realiza en el marco de las becas Activar Patrimonio 2021 de la Secretaría de Patrimonio Cultural del Ministerio de Cultura de la Nación.

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