La intemperie okupa

Por Elisa Palacio y Javiera Pérez Salerno

Dibujo por Lino Divas

A pocos meses del 20° aniversario de una fecha clave, diciembre de 2001, todo parece predispuesto para una vuelta emocional a ese clima de época. La reposición de Okupas en Netflix reavivó la discusión pública sobre esos años que vivimos entre la infancia, la adolescencia y la primera juventud que tanto nos marcaron. 

En medio de este revival, cae en nuestras manos La intemperie, de Manuel Alemián, una nouvelle editada por Palabras amarillas hace menos de dos meses.  A diferencia de la serie, La intemperie no cumple 21 años sino que fue escrita en plena pandemia. Pero, ambientada en la misma época y sin proponérselo, se nos manifestó como un sorpresivo y genial paralelismo por vías literarias. 

Se trata de un libro de una edición fina y de colección, tamaño pequeño casi como un pasaporte. Una novela corta pero contundente, donde se cruzan escenas realistas y cinematográficas con un prosa pícara y rítmica que vislumbra al poeta experimental detrás del novelista. Una historia de iniciación, con inocencia, gracia y un particular compromiso con el territorio, la exploración y los personajes, cualquiera que se presente: camioneros, perros, homeless, hippies arrepentidxs, paisanxs.

Correrías de dos chetos 

Ricardo de Okupas y el protagonista de La intemperie son casi el mismo personaje: dos chicos de clase media, uno de Belgrano y otro de Palermo, a los que les toca volverse adultos en una época agitada pero poco sensual: sin trabajo, sin expectativas, sin estímulos. Ricardo deja la facultad y vive tirado. El protagonista de La intemperie prueba drogas blandas y se acerca a la cultura callejera. Ambos tienen 20 años y una inocencia de departamento.  

Empujados a independizarse, los personajes parecen ver de manera más concreta y cautivante la idea de romper con la familia aspiracional de origen que intentar cumplir con mandatos cuando el futuro no promete nada. 

Quieren “tener experiencias”, salir de un presente narcótico y para eso van a tener que desclasarse: entrar en un ambiente ajeno, con otros códigos y otras reglas. Y si bien ellos están abiertos al viaje, lo hacen con el manual de comportamiento que conocen. 

En Okupas, cuando el vecino Peralta rompe la pared y une las dos casas, Ricardo reacciona gritándole que su primo es abogado y que lo va a hacer mierda. Reacciona desde la supremacía moral de la clase media, de la propiedad privada, de los contactos. Para él es su diferencial. De a poco va a ir entendiendo qué quiere decir Peralta con eso de que “acá ya hay demasiado mucho para mucho poco” y va a experimentar otras formas de supervivencia, de armar comunidad  —ya no por afinidad sino por las circunstancias— otras circulaciones del capital y otros peligros. La muerte entre ellos. 

El protagonista de La intemperie, después de pasar un tiempo pelando ajos en las sierras cordobesas, donde todavía se preguntaba por la naturaleza y el ideal de comunidad, desembarca en una Córdoba capital detonada por la crisis. Llega con plata en el bolsillo y comienza a pasar el tiempo sin un propósito. Se ubica en los sórdidos alrededores de la terminal de ómnibus, pero vive como un rey: paga una pieza modesta en un hotel de viajantes, come en parrillas. Y gasta. Gasta como si la plata no importara. Dándole el valor que podría darle un niño: una bolsa mágica en la que siempre va a haber monedas. 

Esa ingenuidad de nido tibio va a chocar, en ambos personajes, con la corriente fría de una intemperie urbana. La cosa va a cambiar definitivamente en cuanto sus correrías vislumbren que, más allá de su perímetro de clase, hay dos ciudades capitales que son máquinas de escupir personas.

El joven viajero va hacia la naturaleza, pero más temprano que tarde decide volver a la ciudad, centro neurálgico de la experiencia. No conoce Córdoba. Desde el colectivo le parece igual a Buenos Aires: barrios marginales alrededor de la terminal. Hasta que descubre el Río Suquía, y nunca sale de ese camino de sirga que para él la distingue de la capital. Desde el café donde se refugia escribe todo el tiempo en su libretita: ¿qué hacer?

El protagonista de Okupas va hacia Congreso, la calle y los suburbios y, en los momentos más álgidos de la aventura, fantasea con la naturaleza. Les propone a sus amigos viajar por Latinoamérica, como mochileros. No sale. En cambio, van a la Costanera Sur de Quilmes  —la naturaleza posible— con pescados muertos, la baja del río y olor a podrido.

Rubén Molinari, a sus órdenes y Peralta, mayor gusto.  

En todo viaje a lo desconocido hay un Virgilio que guía, personajes secundarios claves que vienen a revelar los misterios de la ciudad, la naturaleza y la calle. En La intemperie es Rubén, un homeless prolijo que probó caminos, changas y finalmente quemó las naves y se entregó al vino. Cuando la plata se termine, será él quien le muestre al joven porteño cómo se vive del otro lado del sistema. 

En el caso de Okupas, el papel de Virgilio toma muchos cuerpos. Varios personajes que se encargan de guiar a Ricardo: Peralta, como contamos, pero también su hija Clara, que lo ubica cuando le dice “para vos estas son unas vacaciones raras”, mostrándole su lugar en la historia. El Pollo, que lo acompaña en el berretín de probar cocaína pero se queda sobrio para cuidarlo. El rubio renegado que le enseña a disparar. Walter, que le hace notar que el perro también come, desbloqueando en Ricardo un nuevo nivel de registro: en este mundo todas las criaturas cuentan. Incluso el Chiqui, el personaje aparentemente más blando e infantil, es en realidad, el soporte clave de la banda de amigos, el que mantiene la casa cálida, el que cocina y une. 

La amistad, la ilusión y el aguante

Al final, todo se trata de volver a encontrar una comunidad. Un lugar de pertenencia cuando lo conocido está roto, no tiene futuro o tiene el despertador puesto a las 6:00 para ir a laburar por dos mangos. En La intemperie, la ilusión son esas Sierras de Córdoba y el paraíso hippie al que unirse, un lugar donde trabajar menos y conectar con la tierra. En Okupas, Ricardo encuentra en ese “caserón del orto“, que le entrega su familia, la oportunidad de traicionar a su origen, okupándolo y armando su propia comunidad; se convierte por un rato en ese otro (será por eso que se deja ver tirando huevos desde el balcón).  

Si desclasarse era la aventura, estos veinteañeros aspirantes a lúmpenes, se arriesgan pero sabiendo que para ellos no hay abismo sin red. Son okupas de la intemperie. El futuro de Ricardo Riganti queda abierto en la serie, pero podemos imaginarlo. En la novela de Alemián hay un juego y el verdadero final no está en la novela sino en los alrededores. Un detalle que permite poner todo en perspectiva. 

En ambas historias crecen los lazos de amistad a medida que crecen también la desolación, el frío y la violencia, hasta llegar a escenas claves: una noche filosa en un tren cordobés y la bajada a las profundidades del Docke. En estos momentos profundamente salvajes y reveladores, donde cualquier moral de clase media queda totalmente suspendida, los personajes se dan cuenta de que esas “vacaciones raras” son un parteaguas en el relato de sus propias vidas. 

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