El refugio y su secreto

por Victoria Papagni
ilustración: Francisca Amigo


Existe una premisa que afirma que el artista socializa su trabajo. De lo contrario, entra en la categoría de amateur, hobbista, pintor de domingo. Pero definitivamente, no es un artista contemporáneo. Micaela Piñero es
hija de artesanos que fueron excluidos del sistema del arte. Su abuelo era florista. Su mamá aprendió de él a trabajar con las flores naturales y secas. Hacía láminas con flores disecadas y acuarelas que su papá enmarcaba en el taller. 

La artesanía es un saber práctico heredado, nos habla de una tradición. En los 90 la manualidad, la sensibilidad del bricollage con técnicas mixtas y labores culturalmente asociadas y restringidas a las mujeres y al hogar fueron apropiadas y reivindicadas, incluso con cualidades curativas como el arte terapia de Marcelo Pombo. El combo arte/artesanía también es problematizado por artistas más jóvenes, como es el caso de Valentín de Marco: orfebre y artista contemporáneo. Él trabaja con cruces históricos entre movimientos artísticos, más precisamente el minimalismo, con técnicas e imaginarios que remiten a territorios locales específicos. La aproximación que hace Micaela es mucho menos analítica: incorpora la factura artesanal de manera orgánica, con la fluidez con la que alguien habla su lengua materna

Tiene una relación profundamente sensorial e intuitiva con los materiales, de mucho respeto. Habla de una memoria cognitiva que la ayuda a manipularlos y a alterar sus estados. Vidrio, metal, madera, hierro, tela, pintura acrílica, óleo, tiza: “Versatilidad con mis manos”. Es muy lindo escucharla hablar de su manufactura. La alquimia de los materiales, esa transformación dirigida de un estado a otro para lograr una nueva forma, es análoga a la transformación interna que implica realizarlo. Para Micaela, producir es un evento transformador. 

La relación de hogar que mantiene con su trabajo es producto de una filiación directa. Sábanas rotas por el uso, remendadas con tejidos metálicos con punto cota de malla. Escribir en el cuarto, coser con las palabras. Marosa Di Giorgio decía que la cama era su lugar favorito en el mundo porque adentro se sentía un capullo. Micaela dice: “Me gusta estar sola porque nadie me ve y hago mis cosas favoritas nada me preocupa pinto cocino lavar me aburre escribo 1000 palabras por día”. 

Pero el nuestro es un quehacer público. Una actividad en donde el otro es ineludible, absolutamente necesario. Exhibir/se es tomar riesgo. Es tomar postura, ubicarse en un lugar, aunque eso pueda cambiar después. Es un manifiesto momentáneo. “Los artistas somos gente vulnerable que repara en algo que es muy genuino, y tomamos un riesgo enorme al generar algo que lleva nuestro nombre y de lo que nos hacemos cargo”, dice Diana Aisenberg en su libro más reciente. En un momento frágil, la red de afectos no excluye efectos negativos. ¿Por qué exhibimos? Si se estaba tan bien.

Mahō shōjo es el subgénero animé de las chicas mágicas. Las protagonistas guerreras antes del combate atraviesan una transformación que les confiere sus herramientas de batalla, cetros de poder. Espadas, dijes, amuletos, armaduras permeables y palabras azules. Micaela nos propone un sistema de defensa. Una utilería de ritual a disposición, para quien quiera también protegerse. Al final de la batalla, está el refugio. Y su secreto: la creencia muda en todo lo que se hace hasta el final.

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