Excursión al nacimiento del color

por Tani Covezzi

dibujo por Lino Divas

Debo advertir que no sé nada de artes visuales, que solo sé cuando algo me gusta pero jamás podría decir por qué. Más bien, que tengo el don de, al intentar explicar por qué una obra me conmovió, quitarle toda la gracia.

Pero caí en la trampa, porque Maia me pidió algunas palabras sobre su libro y me dijo que a pesar de tener, entre otros, al arte como objeto, este libro estaba hecho de palabras. Y yo, al recibirlo, fui y leí palabras (¡tan precisas, tan generosas!) y sin avanzar más que una o dos páginas decidí que sí, que claro, que nada me gustaba más que entrar en el diálogo alrededor de esta “pieza literaria”.

Pero, avanzando en la lectura (una experiencia que atravesé de una sola sentada) empecé a percibir los síntomas corporales del arte. Esa sensación de abismarse, de entrar en un estado de excitación estética e intelectual, de perder noción de las referencias espaciales (¿dónde estoy? ¿en Colombia? ¿en la cabeza de Maia? ¿en un diario? ¿en un collage? ¿en una obra de arte?) y ya supe que una parte de mí no iba a poder escapar de la mudez, de lo intransferible de la experiencia artística.

El libro de Maia es una experiencia, es un trayecto literario para una obra de otra naturaleza, que sucede en muchos planos al mismo tiempo. Podría decirse que el libro de Maia es una obra de arte que se lee.
Entonces, deponiendo mis armas de análisis literario y adentrándome en territorios desconocidos voy a intentar un recorrido posible, una lectura de Diario de exploración al territorio del color.

Punto de partida: una artista-investigadora o, mejor dicho, una exploradora, viaja a una residencia en Medellín, Colombia como premio por su participación en la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires. Su tema de investigación teórico-práctica es El Color. Durante la exploración lleva un diario.
Pienso en los antiguos diarios de exploradores en América y me río sola de imaginar que la Bienal de Arte Joven funcionaría como la auspiciante Corona Española, que mandaba a sus emisarios a explorar el Nuevo Mundo. Pienso en lo espectacular de la existencia de estos financiamientos actuales, que envían exploradores a traernos noticias no ya del Mundo Nuevo sino del Mundo Paralelo o del Mundo Profundo o del Mundo Invisible, como sea que podamos denominar a aquello que sólo el arte ilumina.

Nuestra exploradora pasa casi dos meses en “estado de investigación”, como ella lo nombra, en una habitación llamada Cubo X, en plena pandemia. Durante la semana abandona la habitación para visitar museos, jardines botánicos, herbarios y parques, donde entrevista a geólogos, botánicos, artistas y antropólogos. De esas excursiones nos trae información variada, como que la orquídea es la flor nacional de Colombia, que el color favorito del arqueólogo William Posada Restrepo es el rojo porque le recuerda una camisa que le hizo su madre, que las plantas en el proceso de secado pierden el color y quedan todas de un color similar, amarronado, que “Colombia es una gran fosa común con bonitos paisajes” y mucho más.

En cambio, los fines de semana son de aislamiento obligatorio, y son momentos donde la exploradora se repliega dentro de la habitación. Aparece la anotación de ideas (como las ganas de hacer un atlas de colores, un proyecto infinito y caprichoso, inspirado en Goethe) y la revisión de notas (como aquella donde Walter Benjamin cuenta que soñó con Goethe y al tocarle el codo, rompió en llanto). Aparecen recuerdos como el de la profesora de colegio que se vestía cada día de la semana de un color distinto o las aulas del colegio pintadas de colores según el estado evolutivo del alma de los niños.

Aparece también el googleo que trae información como la de que los colores de la bandera Colombiana representan al sol, al cielo, ríos y océanos, y a la sangre vertida por los patriotas en los campos de batalla.

Aparecen la lectura, la escritura de mails y aparece, también, la práctica: una serie de acciones en las que vemos a la exploradora manipular materiales (papeles, piedras, plantas, acuarelas) buscando, muchas veces, la reproducción de la experiencia de otros exploradores del color. Algunas veces estas prácticas tienen lugar en “la vidriera”, y esos son, quizás, mis momentos favoritos del libro.

La primera entrada del diario dice:

Miércoles 7 de abril:

Instalo mi taller en el cuarto de la casa al que llaman Cubo X. Hay dos mesas y una ventana a la calle que funciona como vidriera. Me entusiasma la idea de que, a pesar de la pandemia, la gente que pasa caminando por la calle pueda ver algo de mi trabajo por la ventana. Pongo mi colección de piedras verdaderas y falsas (algunas hechas con una impresora 3D, otras en cerámica).

Esta vidriera inventada captura mi atención. Hay algo romántico en esta idea de exposición para el transeúnte distraído, este juego de piedras verdaderas y falsas con el que abre el libro instala para mí un tono, entre la realidad y el artificio, que teñirá toda mi experiencia de lectura. Hay muchas ideas encerradas en esta primera acción que convierte una ventana en una vidriera: lo real y lo representado, el vidrio, el marco y la generación del espectáculo, la interpelación a un espectador, el espectador engañado.

Unas páginas más adelante dice: Me gusta que vaya cambiando y que, poco a poco lxs vecinos se vayan dando cuenta de las diferencias.

Ese público imaginario, hecho de vecinxs, me conmueve.

Después: Luego vuelvo a mi taller, el Cubo X y cambio los elementos de la vidriera. Saco los papeles de colores y pongo cuatro cartelitos rosados: uno que dice “una flor nacional”; otro con un dibujo que hice en color azul de una orquídea; uno en verde que dice “una piedra nacional” y por último, un dibujo de una esmeralda.

Las vidrieras son la oportunidad de acompañar la investigación con el montaje de pequeñas obras, que quizás podrían haber estado en una pared privada, pero que Maia decide hacer públicas, hecho que cobra otra relevancia en un contexto de encierro como lo fue el de la pandemia. Afuera, la ciudadanía en estado de alerta, adentro el arte sigue su curso pero le devuelve a esa ciudadanía información sobre ciertos símbolos territoriales.

Domingo 25 de abril:
(…) Cambié la vidriera, una vez más. Comencé a pintar sobre el vidrio con acuarela un círculo para, a futuro, hacer un círculo cromático.

Lunes 26 de abril:
(…) Ayer escribí en el vidrio dentro del círculo de acuarela: “El verde es una frontera”. Tuve que escribirlo al revés para que se lea desde la calle. (..)

La intención comunicativa de la vidriera se enfatiza. El gesto de escribir al revés para que se lea desde la calle es un gesto definitivo y lo más hermoso sucede. Cual grafiti, porque este no es el vidrio de un museo o de alguna institución donde las convenciones nos enseñan que no debemos contestarle a la obra de arte, aparece alguien del otro lado.

Viernes 30 de abril:

(…) Veo que escribieron con fibra rosa el vidrio de Casa Tres Patios donde pinté en acuarela la frase “El verde es una frontera” en relación con lo que me contó Cata en la entrevista. Debo salir afuera para leerlo al derecho y entender qué dice, pero es algo así como que “todos somos barreras y fronteras”. (…)

Esa respuesta, de tintes sociales, anticipa lo que vendrá. Para la siguiente entrada donde se mencione la vidriera la exploradora estará lejos, visitando a una amiga en el medio de la nada, en Puerto Boyacá, y las calles de las ciudades colombianas ya se habrán convertido en un campo de batalla. Las noticias de manifestaciones, combates y muertes llegan, y la vidriera está lejos.

Viernes 7 de mayo:

(…) No puedo “avanzar” en este contexto ni en este momento. Suena ridículo seguir entrevistando a colombianxs en medio de esta revuelta que ya lleva varios muertos. No tengo mi cámara, ni mis acuarelas, ni mi taller, ni mi vidriera -dónde dejé un degradé de papeles de colores colgantes-. Esas pequeñas cosas que hacía cada día. (…)

La sensación de la ridiculez del degradé de papeles colgantes habla del compromiso con la vidriera. Unas páginas después dirá:

Domingo 9 de mayo:
(…) Si estuviera en Casa Tres Patios este fin de semana hubiese puesto en la vidriera los tres colores primarios: rojo, azul y amarillo, en ese orden. Es decir, la bandera de Colombia pero al revés. Así lo están haciendo los manifestantes en la calle, indicando que la sangre, ahora, va primero.

Efectivamente, al volver:

Domingo 16 de mayo:
(…)Cuando vi la puerta de la residencia Casa Tres Patios sentí una especie de emoción de volver al hogar. Lo primero que hago es poner la bandera de Colombia al revés con papel celofán en la vidriera. Es mi manifiesto.

El vidrio que separaba la obra de la calle se vuelve poroso. No existe tal límite. Más adelante, dirá que desconfía de la falsa dicotomía entre violencia y el paraíso que Colombia podría ser sin ella. Y así es como nada está separado, categorizado, especializado en este libro. La sensación es de no saber cómo pasamos de una cosa a la otra, porque nada está lejos de nada. Porque todo, parece enseñarnos la exploradora, está ahí.

Tengo una amiga con la que íbamos mucho a ver obras de teatro experimentales. El debate más frecuente cuando salíamos de la sala era si tal o cual cosa era o no parte de la obra. Si el espectador que se había levantado y se había metido a bailar con los performers, o el ruido de un martillo de fondo, o una actriz que se quedó en blanco eran o no parte de la obra. Para ella todo siempre era parte de la obra. La obra no empezaba y terminaba en algún lugar.

El libro de Maia me genera la misma pregunta ¿la enumeración del mobiliario de su habitación en la residencia es parte de la obra? ¿la opinión de Carmen, la mujer que limpia la casa, que dice que casarse de blanco es una hipocresía, que la gente debería casarse vestida del color que consideren que es su relación, pero que es mejor que no sean colores primarios porque son muy puros, que es mejor “algo mezcladito”, es parte de la obra? ¿La caminata a ver dónde queda una librería cerrada es parte de la obra? ¿Y la teoría de los colores y la evolución de las almas de los niños? ¿Y el video que expone la exploradora a sus compañeros de residencia antes de irse, del que no sabemos demasiado? ¿Y ese yo que narra, la exploradora? ¿Cuál de todas es la obra? ¿dónde está la obra? ¿acaso sea lo que trajo de Colombia, esa enumeración de lo que le entró en la valija a la que añadiría “este diario”?

Si hay algo que este diario no tiene, a diferencia de la tradición de escritura literaria de diarios, es ensimismamiento. Nos señala todo el tiempo hacia afuera, hacia el mundo, las personas, las calles, las películas, las obras de arte, la naturaleza, los colores. Pero todo tiene como denominador común a la exploradora, y con ella a nosotros, que en la transferencia de la lectura quedamos también en “estado de exploración”. Entonces, quizás, la exploración es la obra.

Hacia el final de la estadía, la vidriera volverá a aparecer una última vez, pero esta vez como falsa pared sobre la cual la exploradora proyecta una serie de imágenes y dice: la luz llegaba hasta la casa del vecino (que en un momento salió a ver qué pasaba)

Ese fue para mí, el punto de abismo artístico total. Me vi en ese vecino. Ese vecino somos nosotros, los lectores, atraídos por una luz, achinados, que salimos a ver qué  pasa y, creyendo que estamos en la calle, tardamos unos segundos en darnos cuenta de que nosotros estamos siendo, por extensión, el cuerpo donde se proyecta la luz.


Este texto formó parte de la presentación de Diario de exploración al territorio del color el día 25 de mayo del 2022 en San Carlos de Bariloche, una tarde soleada de otoño.

 

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