Ese tiempo que tuvimos por corazón

por Agustina Pierres

dibujo por Fernanda Laguna

Terminé el libro de Marie, y una parte de mi no quería terminarlo nunca. Nunca quiero terminar de leer este libro, dije varias veces. Como cuando ella dijo: no podré irme nunca de la escuelita.

Digo el libro de Marie, porque la siento cercana. Aunque una sola vez la vi de carne y hueso. Muchas otras la vi a través de una pantalla. Pero la siento cercana porque ella también durante un pequeño tiempo fue mi maestra de escritura.

Imaginé las clases en la escuelita con algo de confianza, como si realmente estuviera ahí en el aire. Imagino clases en las que «una magia» (solo la que conocemos y de la que hacemos uso las maestras) hace que un sentido se dibuje en el aire y todes nos sintamos como conducides por un cuento.

Las palabras disfrazadas con las que logramos ejercer una autoridad que a veces parece imposible, tener guardapolvos para pintar que nunca jamás nadie usa, la necesidad de una siesta o silencio profundo después del encuentro, sacar fotos y que todo el mundo vea lo que estamos siendo, sentir orgullo por esos momentos compartidos, el “no” siempre acompañado de un “sí”, son algunas de las experiencias y los trucos de magia, devenidos en herramientas del enseñar, que no están en los libros y que Marie logra describir con detalle y ternura.

Una aprende, porque ve a otra maestra hacerlo, o porque prueba e inventa cada día, cada tarde, mañana o instante compartido. Llorando mucho, suspirando otro poco, emocionándose con cada letra nueva, con cada dibujo, con cada pregunta, y también durmiendo. Y en ese descanso tratando de reparar el desgaste emocional que significa implicarse en la enseñanza. Y también hay muchos momentos en los que no sale esa genial intervención que hace que todo mantenga la calma o el sentido. Y es muy cierto que una lo aprende como en cualquier otro oficio: mirando, haciendo, poniendo a prueba. No tiene mucho sentido leerlo, o si lo tiene, cobra fuerza cuando se pone en práctica ese hacer.

La forma de hablar de la narradora debe tener un nombre que no conozco, pero sé que me llenó el alma y la panza de una ternura infinita, que no se puede explicar.

Leyendo en viajes en tren, en el mar y en el colectivo, estirando cada página, volviendo a leer varias veces, leyendo en voz alta a maestras amigas, esta historia dibujó un arcoíris entre el corazón de una maestra y otra maestra.

“¿Viste cuando algo es demasiado?» Pregunta la contratapa… me sentí colmada de tanta ternura que varias veces al terminar un capítulo, abracé el libro como si en ese gesto pudiera también tener a Dylan entre mis brazos, sentir el inmenso amor del abrazo de un niñe, en el que es imposible distinguir quién repara algo porque yo siento como si me estuviera reparando un poco mi corazón.

Me maravilla la posibilidad de nombrar lo que es tan difícil de explicar. Algo de esa maravilla es la habilidad que vamos construyendo les docentes para entender las necesidades de cada momento que compartimos, captar cualquier cosa que pasa, que escapa de lo que podemos llevar pensado para la clase. De eso poquito que llevé o de eso poquito que hay disponible, siempre intentamos crear un mundo, hacer una resta, preguntarnos por la historia, la humanidad y el universo entero.

Nunca había querido abrazar un libro. Pero ese abrazo surgió sin pensarlo, casi involuntariamente. Tantas veces intento nombrar lo que me pasa siendo maestra y siento que no puedo. Pero una vez una maestra me enseñó a: “amar esos dos renglones que pudiste escribir”. Y esa maestra es Marie Gouiric.

Cada giro poético de Marie, es un homenaje a nuestrxs alumnxs y a nuestros sentires maestrxs, tan contradictorios como hondos, una luz anaranjada que todo lo embellece en el disfraz que inventamos para sobrevivir.

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