Contra el mito de la inspiración

Por Martín Baigorria y Joaquín Díaz

Dibujos por Fernanda Laguna

En junio de 2019 Fernanda Laguna participó de una charla realizada en el marco de un curso sobre “poesía de los noventa” en la Universidad de Buenos Aires. Poeta, artista plástica, galerista, activista social, Laguna casi no necesitaría presentación; su obra atrae la perplejidad de un público variado donde se mezclan distintas tribus, personajes y oficios. Durante el encuentro Laguna habló sobre algunas de sus actividades en Villa Fiorito, sus comienzos no literarios, la experiencia de los noventa y la situación de la poesía tras la nueva irrupción de la militancia feminista. Pero sobrevolando esas cuestiones el tema principal fue cómo romper con el gusto, personal o establecido: “todo lo que a uno no le gusta es una oportunidad. Lo que te gusta es lo conocido (…) la zona de confort de uno”. Ante esa posibilidad sería preferible una poesía similar a “un tacho de basura con huesos, restos de ensalada y papel de bon-o-bon”. Dejamos acá una síntesis de esa charla. 

Fiorito

En Fiorito somos como quince, más o menos, entre vecinas y talleristas. También tengo un localcito en un garaje, que lo abro cuando hacemos muestras. Es un espacio con todo tipo de cosas, las cosas de “el universo” (así se llama el local): hojas secas, tierra, arena, caracoles. El lugar tiene algo poético: en las relaciones entre un objeto y otro pueden surgir encuentros especiales; no es azaroso pero es como que si se conectaran por una vía no lógica. Hay de todo… Lagartijas enterradas en cajas o muñecos vudú. Hay que verlas ahí. Lo lindo es que todas se venden. Son objetos que en un negocio no se consiguen. 

El taller 

No doy talleres de escritura, doy un “taller de orientación vocacional” (yo lo llamo así). Cuando un artiste está medio trabado, busco ayudar proponiendo puntas para salir de los problemas. La idea es mejorar el ambiente de la escritura. Algunos ambientes funcionan mejor que otros. Cada persona debe encontrar su espacio. Cuando uno escribe, deja de ser la persona que es en otros momentos, deja ciertas cosas afuera, cosas operativas de la vida, para meterse en un mundo diferente. En el mundo de la literatura todo lo operativo puede ser delirante, no en el sentido de la escritura delirante, sino desde la perspectiva de cada escritura. Para llegar a ese estado uno tiene que hacer transformaciones físicas y el contexto a veces puede ayudar. Hay cosas que te pueden conectar. Los espacios te ponen en un estado particular: como puede ser poner la pc muy cerca o ponerla en la falda para escribir poesía, en vez de ubicarla en la mesa…  Y eso sirve para la escritura y para todas las artes. Hay una especie de montaje al que uno debe acceder de determinada manera. Hace falta una técnica. Digamos que ese es el chiste: cada uno debe encontrar la forma de montarse sobre ese espacio poético. Si uno ve los talleres de un artista cada taller es diferente. Y hay lugares en los que uno puede trabajar y en otros no. O el horario por ejemplo: si escribís de noche, cambia tu horario de trabajo y tenés que escribir por la mañana y ya no podés. Hay veces en que se rompió el pequeño templo. Pensás que no vas a escribir nunca más.  Esta sería igual una de las partes parte de la escritura, no es que tampoco sea todo, pero es una condición básica. 

La escritura I

En mis textos me contradigo porque cuando algo se vuelve habitual prefiero ir hacia  lo opuesto. Siempre tiene que ver con hacer algo que sería, no lo que me gusta, sino lo que quiero. Y lo que quiero realizar a veces es lo opuesto de lo que pienso. Por lo general no trabajo con el gusto. Pensar: “Ah… esto es bello, entonces…”. Trabajo con lo que quiero meter en el momento. Y lo que quiero meter a veces es un pensamiento que me molesta. 

Todo lo que a uno no le gusta es una oportunidad. Lo que te gusta es lo conocido, en cambio lo otro es lo nuevo. El gusto es la zona de confort de uno. Está buenísimo para poder disfrutar de la vida. Pero a veces para escribir esta bueno salir de esa zona y meter lo que venga. Aunque sea al menos como ejercicio para ver si se abre una puerta nueva. Y crear un nuevo gusto. Puedo leer un poema mío y decir: “quedó bueno”. Por ahí digo algo así: “quedó bueno más que qué lindo”. A veces no sé si los poemas míos son lindos. 

Los comienzos

Yo había ido a la Pueyrredón a estudiar Bellas Artes pero no tenía ningún tipo de aprendizaje. Lo primero que leí fueron los poemas de mis amigas. Eso fue todo. Yo escribía pero no pensaba que eso fuera poesía, para mí ni siquiera había un mundo de la poesía, estaba afuera de eso. Tenía poemas como ese de la hormiguita pero para mí no eran poemas, les puse “poesía” como un chiste. Pensaba que eran cuadritos, no sé, algo así y terminaron siendo poemas… En el 95 armé 10 libritos de poemas y se los repartí a diez personas.  Uno se lo di a Pablo Pérez y otro a Arturo Carrera que era amigo de él. Después Carrera llevó esos poemas a un taller donde iban Cecilia Pavón y Gabriela Bejerman. Ellas pensaban que yo era alguien falso, que era un personaje de Carrera; recién cuando las conocí a ellas me di cuenta que existía un mundo de la poesía. Y ahí dije: “yo quiero escribir también”. Después quise hacer poemas más largos. Pero siempre me salieron de esta manera… que la verdad no sé… Leo La princesa de mis sueños y me pregunto qué es esto, de dónde salió. No les encuentro un sentido. 

“El culo en el subte de la poesía”

Hay un poema que dice “voy a meter mi culo en el subte de la poesía”. Como cuando estás entre la gente diciendo “voy a meter el culo en ese asiento”. Y era porque no me salía escribir poesía. Para mí en cierto punto es como si la poesía se fuera dando: a medida que la voy haciendo se va abriendo la poesía misma. Eso es muy característico de mi escritura: abrir el poema a la fuerza. Y por ahí para poder entrar al poema hay que dinamitar. No es que las cosas funcionen siempre como si fueran una canilla, hay que traerlas. Y cuando algo no funciona puede servir lo opuesto. Por eso hay que meter el culo en la poesía. Aunque algo esté mal, aunque incomode, lo voy a meter. Entonces por ahí esa frase me hace romper algo con el gusto. Dejo de pensar si algo queda bien o mal, etc. Es un poco como ir a la guerra: yo ya estoy adentro del poema con granadas y pistolas. 

La escritura II

Lo que leía estaba afuera del sistema de la poesía. Después cuando entrás más en ese tema, ves que hay diálogos con otras situaciones, con otros poemas, pero no es que tuve que deconstruir la poesía para poder escribirla. Mis primeros poemas tienen mucho de visual. Algunos eran la transcripción de cosas que me pasaban, situaciones en la playa o los poemas de los palitos… Y en otros yo podía tener una idea para un cuadro: por ejemplo, alguien pasaba corriendo, lo trataba de pintar y no podía, entonces lo escribía y así conseguía el cuadro que quería. Como si el poema fuera medio cuadro también. 

Publico casi todo lo que escribo. A veces en el momento no me parece, pero siempre hay algo bueno en alguna parte del texto. Si hay un pedacito bueno, vale. No me importa si el poema no es bueno. Hay una imagen que me encanta: ¿viste cuando uno levanta la mesa y tira todos los huesos en un plato, restos de ensalada, papel de bon-o-bon, etc.? Me gusta que mis libros sean así: como un tacho de basura con poemas adentro. Y que haya algunos buenos y otros no, o que a mí no me gusten tanto. Pero los pongo igual porque si hiciera una selección perfecta –que también podría hacerla– no me gustaría. Me agrada esa cosa de rejunte, casi de improvisación, que tiene que ver con la inmediatez y con lo residual. 

Sobre los noventa

Dentro de la poesía de los 90 era bastante raro el tema. La gente me tomaba como una especie de…, no sé, preferían reírse y decir cosas… Yo creo que no se tomaron en serio mi poesía. Igual no es para tomársela en serio. Con Cucurto sí había una apreciación. Pero otros poetas no lo podían creer. Y la verdad pienso que en algún punto tenían razón y eso era lo bueno. El tema es que la poesía que yo hacía no era tomada como una posibilidad, sino que era algo freak para ellos. 

Tengo un poema que es bastante crítico sobre la literatura de los noventa. Porque creo  que fue una literatura bastante dura con las mujeres; hay que buscarlas con lupa para ver dónde están. En un punto es eso: si nosotras no hubiéramos hecho la editorial Belleza y Felicidad y no hubiéramos puesto andar esa otra literatura por ese lado, hubiéramos desaparecido de la escena. Porque la escena era –y no lo juzgo-  absolutamente de varones. Y obviamente, a los varones les interesan cosas de varones. No les interesaba, no les parecía bueno lo que escribían las mujeres. Yo tuve mucho contacto con poetas varones, pero no les interesaba la poesía hecha por las mujeres. Cuando hablo de varones no hablo de todos los varones sino de ciertos lugares de poder. No es una cuestión de hombres contra mujeres. No me interesa en sí la poesía de las mujeres; yo cuando digo “terminaron los 90” pienso en un gesto hecho más que nada para completar. Sí me parece importante el ingreso de otras literaturas que estaban silenciadas. 

Editorial Belleza y Felicidad  

La editorial funcionaba así: escribíamos a la mañana y publicábamos a la tarde, en el día. Los textos se fueron modificando al hablar de una necesidad, de referirnos al hoy. Por eso los textos tienen algo de inmediatez, tipo Facebook, tipo posteo, que son para ser entendidos por alguien en el momento. Por eso decía: las prácticas que uno hace influyen en los poemas que uno escribe. Ahora se impuso la idea de publicarse uno mismo. Antes te tenía que publicar alguien. Eso es un cambio inmenso en términos prácticos. Yo pude hacerme mi camino porque tuve mi propia editorial pero muchas mujeres no. 

Copiar y crear

Cuando era chica hice una primera muestra. La idea era de copiar cuadros de otras personas. Me atraía hacer eso, más allá de que no pudiera tener el reconocimiento de los demás. Nadie podía decir que era creativa porque copiaba y eso me liberaba de cierto ego. Y además me gustaba que la gente no pudiera felicitarme. Me decían: “¡Qué lindo!”, como si me quisieran consolar. Pero nunca estaba el comentario: “¡Mira la idea que tuviste!”. Pero claro: no había idea porque era una copia. Esos son los gestos que me llevan a crear cosas. Por ejemplo, no quiero que sea una novela buena, sino divertida. Después no necesito que me digan que es una novela buenísima. Si decís “me cagué de la risa”, estoy chocha.

La infancia 

No sé, hay una cosa demasiado literal sobre el tema de la infancia… No es que yo tenga una fascinación con eso. Al menos no es la infancia literal sino más bien un modo de ver las cosas. Soy adulta y veo. Mi casa está llena de peluches sentados en los sillones pero no es que sea infantil: es más bien ser una mezcla de vieja y adolescente. Si puede haber una cosa adolescente de decir “pedo”, “pis”; cosas que igual todo el mundo dice. Es más: no me gustó la infancia ni la adolescencia. Rescato las cosas de bebé, los muñequitos pero también me gustan cosas feas, más de señora grande. Cuando hice mi primera muestra en el Rojas, el curador vio mi carpeta y dijo: “esta no sé si es una vieja gagá o está completamente loca”.

Contra la inspiración

Estoy en contra de la idea de la inspiración. Eso de estar ahí esperando la imagen de la paloma mensajera. Para mí la escritura se relaciona con la imagen de meter el culo y probar y probar. Por eso es tan importante suspender la idea de lo bueno y lo malo. Por eso hablo de meter el culo: es un acto, no hablo de sentarme a escribir, sino que voy a escribir con el culo. Porque el tema de lo bueno y lo malo es como estar frente a la barrera esperando un tren que nunca pasa: aunque no haya tren no cruzas la barrera. Por eso me parece positivo que se abandone la idea de la inspiración. De una persona se dice que es artista cuando crea un camino que no existe. Y eso puede abarcar tanto el lugar donde trabajas, dónde te movés, qué escribís, con quién te relacionas; uno tiene que crear todo eso. No existe una forma de escribir… Tiene mucho de interés propio e impulso, más que esperar tener la suerte de escribir bien. 

Feminismo y machismo

Siempre me pareció que mis poemas no eran exactamente feministas. Si una está atravesada por el machismo, hay que ponerlo. Porque uno siempre es mucho peor de lo que cree ser y tampoco es algo tan malo; uno es eso también: una mezcla de todo. Tengo un poema que se llama Una mujer como yo. Es una mujer que no puede salir de su casa y se cuestiona. Parece medio machista el poema: se pregunta si tiene sentido que le den un tiempo para pensar si no sabe qué pensar. Y después termina reivindicando ese no pensar como  algo bueno. Pero sí, hay muchas cosas del machismo adentro de mis textos. Esas cosas deben entrar también. 

Entre poesía y relato

A veces escribo con la mente, no con el corazón. Escribo con la mente desorganizada. Por ejemplo, tengo un poema sobre la periodista. Son imágenes, símbolos, arcanos de algo que no sé qué son. En la poesía hay que ir para abajo, escribir y cada tanto un enter y bajar-bajar. Y eso es poesía. Si lo escribo para el costado es narrativa. Así divido la escritura. Hay algunas que son narraciones y con el enter lo hago poesía. 

En las novelas voy para adelante. Me pasó una vez que escribí una novela que se llama Sueños y pesadillas. Me decía ¿qué me pasa con esto? No puedo avanzar. ¿Viste como en los sueños, que te persiguen y no podés caminar? Empiezo a leer y estaba toda en pasado. Le había escrito una introducción hacía mucho tiempo. Pero no me daba cuenta de que estaba en pasado. Me agotaba y me parecía que no había forma de ir para adelante. Entonces la transformé toda en presente. El presente es fundamental para ver, para avanzar. Es como que yo voy siguiendo a los personajes un poquitito desde atrás o directamente desde el presente. Y me divierto mucho. Busco que sean novelas de entretenimiento. Ni siquiera son muy diferentes unas de las otras. Me gustaría escribir mucho y que sean como algo popular. Quizás para reírse. No me importa si son buenas. A veces son una mierda pero me encanta. Me gusta que sean una porquería. 

La escritura y las artes

Para mí la literatura tiene más que ver con el taller en Fiorito por ejemplo. Eso es lo más literario. Y la parte artística es más como ‒no sé‒ paja con pincel. Es muy diferente. No lo pienso; es algo mecánico. Trato de que sea fácil, que no se complique. En cambio con la poesía estoy sufriendo siempre. Y eso es lo loco: yo relaciono la imagen del poeta con la del emperador o la de la reina. La reina cuando está sin su traje, está en la habitación sin maquillaje, va al baño, hace caca, se limpia, sale; viene el hijo y le dice “salí de acá”, etc. Pero cuando debe ocupar el lugar de reina tiene un traje y una investidura. Y todos sus movimientos cambian, pasan a ser otro tipo de movimientos. Antes sin traje hacía así [levanta un brazo] y llama el colectivo. Pero después hace lo mismo con el traje de reina y enviste a un soldado o a una soldada. Se convierte en otra persona. Y cuando uno escribe pasa lo mismo: uno posee otro tipo de movimientos. La tristeza en el mundo real es algo que te hace sufrir, es un abismo. Pero la tristeza cuando está en manos del poeta o de la reina pasa a ser algo dulce o bello. Y entonces las sensaciones que podemos tener frente al mismo estado de tristeza se vuelven otra cosa con la poesía. Yo a eso lo llamo  la “realidad cis” ‒la tristeza con el dolor tal cual se percibe‒ y la “realidad trans” es la realidad del poeta, transmutada, donde la tristeza se puede volver algo bellísimo y puede hacer sentir una sensación totalmente diferente. Y así con todo: podés tener un corte de luz en tu casa y si escribís se puede convertir en estrellas o en un montón de cosas más. Esa es la “realidad trans”, transmutada. Estas cosas del arte las uso en Fiorito para solucionar los problemas que mencionaba antes: vemos qué es lo que en cada caso te traba ‒la cosa utilitaria‒ ya sea porque no tenés plata o por otro tema y tratamos de solucionarlo de una manera más delirante. 

Uno se monta en otra realidad cuando escribe, en una realidad más del modo ser que del modo hacer. Se puede tener un termo para calentar y servir mate, pero un termo en la poesía puede ser un cohete o cualquier cosa. Vos en el mundo de la poesía agarrás el objeto y le podés sacar sus cualidades funcionales, las llenas con otras cosas: el sol puede ser un hecho científico o ser una margarita o una manta. Algo puede transformarse en cualquier cosa. Mientras que en la realidad física, donde las cosas son vistas según para qué sirven, todo es más limitado. 

El presente de la poesía

Ahora hay una democratización de la poesía. Triunfó la expresión por sobre la calidad. Eso me parece que está bueno. Eso se ve ahora en las lecturas de poesía. La gente piensa menos si esta re bueno, si me gustó o no, etc; no hay una búsqueda de un canon. Es algo loco; no sé si se va hacia algún lado con todo esto pero en este momento es algo nuevo. Hay mucha gente que escribe y es más abierto. Eso lo asocio a ciertas prácticas, a una actitud. Creo que está naciendo otro tipo de literatura, algo que no se sabe qué es todavía. Algo vinculado a la práctica poética. Porque la lectura de poesía influye en la poesía. Por ahí la poesía ya no sea más un libro, por ahí es otra cosa. 

Todo eso se vincula con el ingreso de las mujeres en la poesía: si vas a una lectura hay un montón de mujeres. Ese fenómeno ayudó a crear una perspectiva distinta; como si en realidad, después de los noventa, recién ahora la escena se completara: se divide y se completa incluso de manera anárquica, como si fuera el ingreso de las perdedoras que supieron pasarla bien. Eso trae una poesía diferente, que enriquece a todos. Por ejemplo, en el caso de Luciana Caamaño, ella canta, hace algo performático, escribe, usa cosas de internet. No es tanto el sistema lo que rescato, sino la idea de que la poesía es un todo, un chorro que arrastra muchas cosas, que no se limita al hecho de escribir. 

La otra vez fui a un festival que se llama Poesía De Acá, en Mar del Plata, organizado por un grupo de chicos y chicas que lo hacen sin ningún recurso. Era una fiesta, como la liberación de lo bueno y lo malo. Siempre hay alguien que dictamina qué es lo bueno y lo malo; pero está buenísimo que no haya esa necesidad, está muy bueno salirse de eso. Después alguien escribirá una reseña y dirá si es bueno o malo. Pero eso no tiene por qué ser el punto de partida de la escritura: pensar si uno escribe algo bueno o malo.

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