Animales enfermos

Por Catalina Aldama

Dibujo por Lino Divas

Con todos lxs humanxs confinados, reclamar el territorio urbano les tomó pocos días. Familias enteras de jabalíes en Roma, ciervitos en Nara, un puma en Santiago de Chile, delfines y patos en los canales de Venecia. Los animales rehabitando las ciudades vacías ofrecían postales, a primera vista tiernas, inquietantes si se las miraba mejor. Era como presenciar nuestro propio funeral o, peor, ver la vida que sigue pulsante sin nosotrxs. Puso en evidencia, también, que a excepción de la ferocidad domesticada de gatitos y perritos (y otras mascotas menos habituales), la convivencia en la ciudad entre humanxs y animales era, cuanto menos, complicada.

En el zoológico de Luis “El Búlgaro” Freisztav no hay nada de doméstico y, sin embargo, sí tiene mucho de urbanidad. Sus animales exudan un salvajismo insalubre y maniático, el de una vida de supervivencia en un hábitat que no es el propio: aquel de la ciudad, el lugar de nadie y de todxs por excelencia. Perros raquíticos de pelo ralo y ojos desorbitados, embalsamados en plena contorsión espasmódica; monos de colmillos peligrosos, rumiando encorvados su desconfianza; sapos enormes, sobrealimentados a basura y barro; peces de río marrón (pirañas, palometas y sábalos) rugiendo entre dientes y; serpientes amaestradas, contoneando sus cabezas por encima de sus cuerpos enroscados.

El montaje y la curaduría son un acierto. Los animales se exhiben agrupados por especie en un afán de orden enciclopédico o, tal vez, para evitar que se coman entre sí. El despliegue a lo largo de la sala del Fortabat se extiende con un altar de cada lado: a la derecha, una tríada de monos que parecen haber sido entrenados para el engaño, a la izquierda, se impone la presencia de un buitre de basural, que aguarda con paciencia al primero en caer. 

La materialidad de los animales es precisa. La cerámica está reservada para peces y reptiles. Superficies pulidas y otras más rugosas dan variedad a la colección de anfibios: cerámicas con y sin textura, con y sin esmalte, con y sin colores vívidos. Los especímenes terrestres, en cambio, llevan la imperfección de la cartapesta con paja, astillas de madera, restos de aserrín o algún otro material similar que le dan un acabado áspero. El buitre y su cuerpo de bolsa de polietileno aspirada son la imagen espectral que completa este bestiario mórbido.

Los animales en la ciudad están descolocados. Y la desgracia no es que vivan mal, abandonados al cemento. Eso es lo esperable, después de todo, la ciudad no fue concebida por ni para ellos. Lo verdaderamente espantoso es que no tengan donde volver. Que los sapos no tengan sus humedales, los monos sus selvas, los peces su río. Si hasta el momento lo que lxs humanxs habíamos creado como oposición a la “naturaleza” era la ciudad, ahora es ese no-lugar que es la tierra arrasada, el río seco, el riachuelo podrido, el bosque quemado. 

El animal enfermo somos nosotrxs.

La exposición EL BÚLGARO. Luis Freisztav, se exhibió en la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat hasta el 27 de febrero de 2022. Con la curaduría de Guadalupe Fernández y el montaje de Roberto Fernández.

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